Quiero que mi hijo falsifique las notas
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- Categoría: El gibón corrupto
- Creado en Lunes, 30 Abril 2012 13:19
- Escrito por Carlos Yuste

Está demostrado que se compra con la emoción y no con la razón. Es decir, yo entro en una tienda de ropa y veo un jersey beige que me encanta, es la emoción quien manda la orden de cogerlo y llevarlo hasta la caja.
Una vez obedecida la orden de la emoción, entra la razón, que inmediatamente argumenta en mi interior, que yo necesitaba un jersey de ese color como el comer. El camino de la emoción es el que trabajan las marcas que luego se hacen grandes, las demás, recorren el del 2x1 o el 50% de descuento. Es por eso por lo que en publicidad no usamos tanto la realidad sino la metáfora o la ilusión. Sin embargo, dormimos con la conciencia tranquila porque usamos esta forma de mentir legitimados por nuestra intención de emocionar, ilusionar y hacer soñar. Un chicle cuyo sabor es una explosión de miles de naranjas o un coche con el que te conviertes en la propia carretera, no son exactamente verdad, pero nadie se siente mal por ello, e incluso nosotros, las marcas y sus clientes agradecen disfrutar de esa ilusión. Pero la emoción como legitimación de la mentira no es territorio exclusivo de la publicidad, basta con pensar en los Reyes Magos. Baltasar y Cía son el producto, todos los padres son la agencia y los niños los clientes.
Les mentimos y ejecutamos la mentira lo más finamente posible dejando hasta nueces pasas para los camellos. Y nadie se siente mal por mentir porque nos amparamos en la ilusión de nuestros hijos. Por eso, cuando un niño miente a su padre con las notas, no deberíamos enfadarnos, sino disfrutar de la emoción del falso sobresaliente y, por supuesto, no deberíamos recriminarle su acto, pues lo hace en aras de nuestra ilusión.
Autor: Carlos Yuste













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