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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

Queridos lectores

El equipo de DOZE Magazine, tras cuatro años y medio en el sector editorial, se despide de todos vosotros entre sonrisas y lágrimas. Lágrimas porque dejamos de informaros diariamente y sonrisas porque esta experiencia ha sido una de las más gratificantes de nuestras vidas.

Corren tiempos difíciles y las oportunidades para seguir a flote son tan escasas que hemos decidido paralizar este proyecto para embarcarnos en otros cuya viabilidad sea, valga la redundancia, viable.

Queremos agradecer a nuestros lectores el apoyo incondicional y el cariño con el que nos habéis arropado durante todo este tiempo, y a todos los profesionales que han hecho de DOZE un medio de información cultural de calidad. 

 

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

Criaturas celestiales

Los cachorros, a veces, son el vehículo perfecto en la autovía del cine para transportar las miserias del ser humano adulto en su relación con los demás. Los niños son la inocencia porque aún no han vivido lo suficiente como para conocer aquello que sus mayores ya saben.

Si un adulto comete un delito, se le persigue y castiga, se le obliga a pagar por ello con mayor o menor severidad dependiendo de la cultura, el país, el estado o la ley que lo contemple. Un niño que hace el mal, debe aprender a no volver a hacerlo cuando un adulto le haga comprender las consecuencias de ese acto. Cuando lo entiende y lo razona, lo aprehende para sí y entiende lo que sucede.

Ante la duda, si un pequeño acusa a un mayor de un delito, la sociedad defenderá al menor, al inocente. Cuando un niño es consciente del poder que tiene frente al adulto por ser prejuzgado inocente, entonces puede pasar a convertirse en un tirano.

Cuánto bien ha hecho el cine de todos los tiempos para contar esos momentos en los que un niño ha caminado por la cuerda floja de la credibilidad adulta, cuando se le ha tomado por demonio sin serlo, o cuando ha sido protegido hasta sus últimas consecuencias por personas que no dejaban de ser, realmente, sus principales víctimas ¿Repasamos?

En cartel se encuentra estos días la danesa La caza (Jagten, Thomas Vinterberg, 2012) una cinta que explora las consecuencias siniestras del primer desengaño amoroso de una mocosa algo fantasiosa. Como bien ilustra el título, las imaginaciones y los enfados de la chiquilla acarrean una auténtica persecución de la víctima inocente, en este caso el adulto, la presa.

En el año 2008, John Patrick Shanley adaptaba a la pantalla su obra de teatro Etapa de duda: Una parábola con la película La duda (Doubt). Philip Seymour Hoffman, Meryl Streep y Amy Adams se pasaban entre ellos la “patata caliente” de acusar, desmentir, proteger y ayudar a un alumno de un colegio sobre el que se cernían demasiados interrogantes, en su relación con el padre Flynn (Hoffman).

El caso del clásico de Harper Lee tan bien ilustrado por Robert Mulligan en cine con Gregory Peck a la cabeza del reparto, Matar a un ruiseñor (To Kill a Mockingbird, 1962) se servía de los niños para transmitir ese momento de revelación que acompaña a la pérdida de la inocencia, cuando se descubre que el ser humano a veces no se comporta como debiera en su respeto hacia sus semejantes (que lo siguen siendo aunque tengan la piel de otro color).

Y si entre inocentes estamos, qué mejor ejemplo que la cinta de Jack Clayton de 1961, ¡Suspense! (The Innocents), que se columpiaba entre la obra de teatro de William Archibald The Innocents: A new Play (1950) y el novelón de fantasmas por excelencia de Henry James, Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw, 1898). Muchas veces se ha hecho de aquella historia una película, pero con el trasfondo escabroso de esta, con su complejidad y sin caer en lo obvio en ningún momento, ninguna. Los niños como almas incorruptas que sin embargo son testigos de atrocidades y vicios más que subidos de tono, cometidos por dos adultos antes de pasar a mejor vida.

Regresando a los niños en los colegios internos y su mala leche, existe otra obra de teatro de Lillian Hellman (recientemente representada en Londres por las estupendas Keira Knightley y Elisabeth Moss en una producción de Ian Rickson) que trata a su manera las ganas de jorobar al personal de una monstruosa niña, alumna de una escuela regentada por dos mujeres solteras. En pantalla fueron Shirley MacLaine y Audrey Hepburn dirigidas por William Wyler: La calumnia (The Children’s Hour, 1961) quienes daban la cara ante rumores infundados, que luego no lo eran tanto. Una brillante exquisitez de las de antaño.

Y luego están los enanos que son más diabólicos que otra cosa, los pequeños demonios que le usurpan a uno el sentido común y lo arrastran a cometer actos malos malísimos. Aquí la palma se la lleva Demian, el pequeño con el cogote tatuado de La profecía (The Omen, Richard Donner, 1976) con el que se desataban los males y las catástrofes de las escrituras. Terrible.

Del mismo palo, los ojitos azules de Macaulay Culkin en El buen hijo (The Good Son, Joseph Ruben, 1993) no eran más que un señuelo para atraer a las almas incorruptas, una falsa señal de bondad que acababa delatando el bueno de Frodo (perdón, de Elijah Wood… es que era tan pequeñito entonces). El chaval jugaba con ballestas y planeaba la mejor forma de asesinar a su hermano y a su madre con tanta habilidad, que casi era mejor plantearse el dejarlo “solo en casa” otra vez.

Existe otro ejemplo con un poso más dramático y menos malvado en lo que atañe a los pequeños de la casa, pero que se apoya en ellos para ilustrar esos problemas e inseguridades de la falta de madurez del adulto. Little Children (Juegos secretos, Todd Field, 2006) además de tomar la novela de Flaubert, Madame Bovary como leitmotiv, propone tres historias personales acerca de tres posibles maneras de que la edad  infantil interfiera sobre la edad adulta. Los angelitos inocentes como escudos defensores, coartadas o ejemplos a seguir por hombres y mujeres hechos y algo torcidos.

Después de todo ¿Quién puede matar a un niño? (Narciso Ibáñez Serrador, 1976).

Texto: María López Villlarquide