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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

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DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

Heroísmo quinqui y cine de barrio

Al comienzo de la película Alemania, año cero (Germania, anno zero; Roberto Rossellini, 1948) una voz en off predicaba solemne que la sociedad era la definitiva responsable de los desastrosos sucesos que se iban a contar en aquella historia, sucesos que sucedían a la destrucción de la ciudad de Berlín tras la Segunda Guerra Mundial, filmados en escenarios reales y que consiguieron lo que se proponían: agitar conciencias.

Pues bien, en España no sólo tenemos una película dedicada a este tipo de denuncia, sino un género en sí mismo, toda una categoría temática en la que se ensartan como pinchos de carne marinada más de veinte títulos, películas genuinas que marcaron, con una muesca de dolor y vergüenza, a la sociedad de su momento.

Bienvenidos al cine quinqui.

Se puede iniciar uno en el recorrido por esta tendencia cinematográfica tomando para merendar la primera de las aportaciones, a cargo de José Antonio de la Loma en 1977: Perros callejeros arranca con una voz en off muy similar a la que se oía en el prólogo del film de Rossellini, una advertencia o aviso para navegantes de que lo que se narra es consecuencia de lo que hay:“Un problema de todas aquellas personas que sufren los males de un incremento de población acelerado y sin control, de una sociedad lanzada por la pendiente de la vida fácil, del lujo y del exhibicionismo…”

Eran los años setenta pero la harina parecía servida desde el mismo costal si pensamos en los tiempos actuales.

A Perros callejeros le siguió Perros callejeros 2. En busca y captura (1979) y Perros callejeros 3. Los últimos golpes del Torete (1980) de modo que, amigos de lo bizarro: estáis de enhorabuena si queréis completar vuestras vidas con esta sarta de caspa y despropósito cinematográfico, saborear la saga completa os dejará satisfechos, pero hay más donde escoger y, sí, de mejor calidad.

Sin duda, Perros callejeros es la más digna de las entregas, por lo fresco de sus personajes principales: actores que muy probablemente no hacía más que interpretarse a sí mismos, chavales que provocaron más de un disgusto y complicación al director, cuando decidió localizarlos para las otras dos partes de la trilogía (algunos estaban muertos y otros cumplían condena entre rejas, era de esperar) y bien merece el esfuerzo de sentarse a verla hasta el desenlace.

¿Acaso alguien tiene curiosidad por saber qué es lo que cuenta? Buena pregunta: las (des)gracias de un puñado de desgraciados con bastante gracia en el suburbio barcelonés del pantalón de campana con tiro prieto desde la ingle (benditas modas nos contemplan…). Los chicos “malos” roban coches y tiran de bolsos, se benefician a las novias de otros y son perseguidos por algunos "maderos tiernos" y otros que no lo son tanto.

En lo que respecta a las otras dos piezas de esta colección, Perros callejeros 2 y Perros callejeros 3, disfrútenlas por lo que son y alégrense por recuperar con ellas expresiones caducas como “¿No lo pasas chachi?” o “Mira que eres bonita y estás bien hecha. Me pasaría contigo toda la noche. Palabra”. Poesía pura a pie de calle.

La aventurera periodista de la tercera entrega le suelta al protagonista aquello de que “sin ser guapo, eres el tipo más varonil que me he echado a la cara” y se queda tan ancha y honda en sus reflexiones de mujer profunda. Brutal.

Conviene no escapar a las secuencias de mayor tensión que coronan la saga, tremendas persecuciones en Seats y Renaults de los de antes, haciendo “caballitos” a dos ruedas de algunos, o las conversaciones telefónicas entre el cuerpo de la Policía Nacional y los muchachos, que parecen extraídas de un número en vivo de Miguel Gila –y digo esto con todos mis respetos hacia el fallecido maestro de la trinchera-.

Pero el género no termina aquí, puesto que con la novedad se fue creando tendencia. Eloy de la Iglesia llegó para tomarse más en serio aquello de contar desgracias sociales y lo hizo de modo soberbio con El pico (1983), a la que siguió El pico 2 (1984), con algo menos de fuerza y la misma negatividad.

El pico tomaba como telón de fondo el conflicto político en el País Vasco y las turbias relaciones entre padre e hijo para hablar de la heroína y de las vidas que fueron cayendo por su consumo en los años ochenta. Con menos coñas que la trilogía de José Antonio de la Loma, estas dos entregas dejan en el espectador un poso amargo y negativo y lo agitan desde las tripas, lo cual nunca está de más que se haga.

La estanquera de Vallecas (1987), también de Eloy de la Iglesia, se tomaba a cachondeo la situación inicial con que arrancaba la obra de teatro en que se basaba (un suceso real, con diferente desenlace encontrado en el periódico por su autor, José Luís Alonso de Santos) y brindaba al espectador otro ejemplo de delincuencia, en este caso familiar y contra una mujer mayor pero en absoluto desvalida. Las memorables conversaciones calentorras entre José Luís Manzano y Maribel Verdú (cuya voz por entonces, era doblada por otra actriz) hicieron historia y tal vez sirvieron de inspiración a nuestro querido Bigas Luna para crear aquél encuentro entre Penélope Cruz y Javier Bardem durante Jamón, Jamón (1992). Aunque sean odiosas, a veces las comparaciones convienen.

Con Deprisa, deprisa (1981), Carlos Saura vino a sumarse a la moda del retrato descarnado del macarrismo suburbano. Viajes a ninguna parte y unas juventudes destrozadas por el consumo de heroína.

Por aquello de destacar el buen plantel de actores de otra de las cintas de la época y el género, evocamos Todos me llaman gato (Raúl Peña, 1980) y El Lute: Camina o revienta (Vicente Aranda, 1987). En la primera, Rafael Álvarez “El brujo”, Verónica Forqué y Francisco Algora tejen una trama bastante desoladora, en la que un delincuente que salta por los tejados de Madrid es perseguido por un policía.

Por su parte, El Lute confirmó a Victoria Abril como una de nuestras mejores actrices de todos los tiempos, en la piel de una gitana con piel curtida por el trabajo y los dolores de un día a día bien jodido, casada con Eleuterio, alias “El Lute”, el delincuente al que interpretaba Imanol Arias, con algo más de sangre que lo que lleva años contando en cierta serie interminable de televisión.

Mucho cine quinqui hay para degustar a quienes les tiente la oferta. Aquí una lista con los títulos esenciales de entonces que no obstante, no termina ahí.

Porque en años más recientes, ha habido casos de películas que han rendido homenaje a este fragmento no tan pequeño de nuestra historia del cine. Barrio (Fernando León de Aranoa, 1998) escogía a tres chavales de un barrio indefinido de la periferia de Madrid, que recordaba bastante a San Blas (parcialmente, se rodó allí) para ilustrar sus sueños perdidos y su risa floja en calles y supermercados con música demasiado macarra y demasiado alta para convivir con ella. Una joya de película que a más de uno nos cambió la vida para siempre.

Y lo mismo le pasó al cortometraje premiado en Tribeca Film Festival del año 2002, Bamboleho (Luís Prieto) que, casualmente, soltaba a uno de los tres actores protagonistas de Barrio, Eloi Yebra, por los tejados de Barcelona para robar y hacer otras tantas cosillas con un colega marroquí y una muchacha española. La historia se inspiraba en la novela El barón rampante (1957) de Italo Calvino, pero es evidente que acepta más lecturas de tipo quinqui.

Porque este descalabro caló no muera nunca, desde aquí les animamos a conocerlo un poco mejor, que nunca es demasiado tarde.

Texto: María López Villarquide