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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

Queridos lectores

El equipo de DOZE Magazine, tras cuatro años y medio en el sector editorial, se despide de todos vosotros entre sonrisas y lágrimas. Lágrimas porque dejamos de informaros diariamente y sonrisas porque esta experiencia ha sido una de las más gratificantes de nuestras vidas.

Corren tiempos difíciles y las oportunidades para seguir a flote son tan escasas que hemos decidido paralizar este proyecto para embarcarnos en otros cuya viabilidad sea, valga la redundancia, viable.

Queremos agradecer a nuestros lectores el apoyo incondicional y el cariño con el que nos habéis arropado durante todo este tiempo, y a todos los profesionales que han hecho de DOZE un medio de información cultural de calidad. 

 

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

“He llegado a la conclusión de que soy dibujante”

Definición alternativa de “culo inquieto”, Juan Díaz-Faes (Oviedo, 1982) es licenciado en Bellas Artes, investigador en Creatividad Aplicada, carpintero, cocinero, ilustrador, director de un documental, cofundador de la editorial Ultrarradio e impulsor de The Music World of Mouth (MUWOM), una agencia creativa que desarrolla proyectos integrales y acciones puntuales de música para marcas.

Todo esto se descubre a lo largo de una extensa entrevista en la que Díaz-Faes también charla de sus trabajos de cómic, un ámbito donde ha firmado colaboraciones para obras colectivas ( Mortland, Transdimensional Express, Hundlebert Syndrome ), un tebeo individual ( Leónido Lemmy ) y su obra más importante hasta la fecha, Éxito para perdedores (Astiberri), autobiografía ilustrada del guionista y empresario David Cantolla.

DOZE Magazine: Una frase rescatada de tu cuenta de Twitter: “Ayer soñé con El Tío Berni, no me preguntes por qué. Íbamos por una ciudad europea, callejeando rollo James Bond y viendo gente tomar café”.
Juan Díaz-Faes: Ha sido una cosa extraña, porque me llevo muy bien con Alberto, pero no nos vemos muy a menudo y tampoco he leído nada suyo recientemente. Coincidimos en enero en el Festival de Angoulême y luego no nos volvimos a ver hasta tres o cuatro meses más tarde.

DM: ¿Qué tal en Angoulême?
JDF: Me llevó Astiberri, pero el año que viene iré como invitado, porque Éxito para perdedores se va a publicar en Francia dentro de unos meses.

DM: ¿En qué editorial?
JDF: Dargaud.

DM: ¡Hostias!
JDF: La gorda, sí. Que el libro se publicara en el extranjero no me sorprendió demasiado, porque el tema es bastante universal y podía funcionar en muchos países, pero que lo compre Dargaud… David y yo no dejamos de ser un par de desconocidos.

DM: ¿Cómo reaccionas cuando te dicen que Dargaud había comprado ‘Éxito para perdedores’?
JDF: La verdad es que no me hago mucho a la idea, porque es la primera vez que me van a publicar fuera de España y, por otro lado, Dargaud me sigue sonando a “Hollywood”.

DM: ¿Cómo entras en contacto con David Cantolla?
JDF: La gente de Yorokobu quería hacer una entrevista en cómic, porque lo habían visto en una revista argentina y les había gustado la idea. Pensaron en un personaje que resultara apetitoso y, después de darle unas cuantas vueltas, salió el nombre de David. Estuve en la charla, tomé apuntes, saqué fotos y lo plasmé todo en un par de páginas.

David ya tenía la idea de contar su historia en cómic y había pensado en algunos dibujantes, pero ninguno acababa de convencerle, porque tenían un estilo demasiado infantil, o demasiado realista, o demasiado cercano a la estética de los videojuegos… En esas aparecí yo, dibujé la entrevista y el resultado le gustó mucho a David, tanto a nivel gráfico como narrativo.

Por aquella época yo sólo había trabajado para prensa y Ultrarradio llevaba pocos meses en movimiento, así que mi bagaje en el cómic era prácticamente nulo. Además, tengo unas carencias muy tochas como guionista, porque siempre me enredo y al final no cuento nada. Entonces apareció David y me propuso la opción de dibujar una obra larga, un tren que no podía dejar escapar.

Mi vida es muy normal y nadie de mi familia ha sufrido una enfermedad grave, es decir, no tengo historias trágicas para hacer mi propia novela gráfica. Sin embargo, tenía muchas ganas de trabajar en un proyecto grande, de esos que ocupan un año entero de tu vida. Los trabajos para prensa te los encargan de un día para el siguiente, así que doce meses de curro representaban una opción muy atractiva. Me habría gustado documentarme e investigar mucho más, pero luego, con las prisas, no me quedó más remedio que ir a la práctico y centrarme de lleno en contar la historia.

DM: ¿Cuánto tiempo llevas en Yorokobu?
JDF: Desde el principio. Trabajaba dando clases de dibujo en el Liceo Francés de Madrid, pero lo dejé porque no me daban plaza fija y me exigía mucho tiempo. De repente me encontré con un montón de horas libres, así que me puse a dibujar como loco, a un ritmo de tres o cuatro ilustraciones diarias. Más o menos por esa época abrí mis cuentas de Twitter y Tumblr, pero no porque estuviera muy interesado, sino por insistencia de Roberto Carreras, uno de mis compañeros de MUWOM.

Un buen día, Roberto me recomendó para ilustrar un artículo. El trabajo tenía que estar listo a la mañana siguiente, pero llegué a casa a las once de la noche y todavía no sabía de qué iba la historia. Era para un medio impreso y ya sabes la ilusión que hace el papel, sobre todo cuando estás empezando. No iba a ver un duro de todo aquello, pero me daba igual; eso sí, mi novia me echó una bronca de las gordas, porque llevaba varios días currando a tope, casi sin descansar, y encima me daba por coger un encargo sin contraprestación económica.

El caso es que ese artículo era para Yorokobu. Me lo curré mucho, les gustó y al poco me escribió Mar Abad para preguntarme si quería hacer más. Por supuesto, yo dije que sí, porque estaba haciendo varias ilustraciones al día y si una se publicaba en papel, mejor que mejor. Luego Yorokobu empezó a crecer, salió la colaboración en Ling, la revista de Vueling… Y hasta hoy.

DM: ¿Cuándo diste clase en el Liceo?
JDF: Hace cuatro años. Tenía 26 y trabajaba algunas horas sueltas dos o tres días por semana, pero por mucho que te paguen, con eso no da para llegar a fin de mes.

Empecé a dar clase con muchas ganas, porque había hecho un doctorado en creatividad y quería aplicar esos conocimientos, pero luego perdía mucha energía con los chavales. Mis clases no consistían simplemente en llegar y soltar el rollo, sino que invertía mucho esfuerzo para que mi hora fuese muy creativa desde un punto de vista racional y consciente. En esa época también trabajé de cámara de televisión, y me agotaban más dos horas en el colegio que siete en el plató.

DM: ¿Para quién trabajaste en televisión?
JDF: Para la productora de Cifras y Letras, donde estuve cinco años. Después de Saber y ganar, es el programa que más años lleva en antena. Es casi como trabajar de funcionario en la tele.

DM: ¿Cómo promovías la creatividad entre los alumnos?
JDF: Hice Bellas Artes, una carrera muy divertida y en la que te lo pasas muy bien. Además, apruebas sin muchos problemas. Pero claro, luego terminas y te das cuenta de que no tienes ni puta idea de nada. Me lo había pasado pipa, sabía cómo usar las manos y había leído muchos libros sobre historia del arte, pero nada más.

Estaba en aquel momento medio adolescente y pensé que me tenía que venir a Madrid, pero no sabía para qué. No tenía muy claro lo que me gustaba y, de hecho, en aquella época pintaba más que dibujaba. Al final tiré por la calle del medio y decidí seguir con los estudios, y entonces llegó la segunda pregunta: ¿Otra carrera o un doctorado? El doctorado, no me preguntes por qué, parecía la mejor opción.

Había tenido muchos conflictos en Bellas Artes. Por ejemplo: una amiga mía, muy bajita, se dedicaba a pintar cuadros enormes de estilo expresionista. Yo le decía: “¿Expresionismo alemán? Esos pintores procedían de un contexto muy jodido, así que era normal que se expresaran de esa forma, con cuadros muy agresivos. Pero tú vives de puta madre, tus padres te están pagando las pinturas… ¿Por qué haces un cuadro enorme como si estuvieses loca?”. Tenía muchas dudas sobre la parte real del proceso creativo y... No sé, supongo que en Bellas Artes te conviertes más en filósofo que en otra cosa.

Total, que me vine a Madrid para hacer el doctorado en Creatividad Aplicada, que tenía una parte de psicología, otra de educación y una última de Bellas Artes. Me metí mucho en el mundo de la creatividad y leí varios libros sobre técnicas para fomentarla; de hecho, fue la hipótesis que planteé en mi tesis: la creatividad se puede enseñar y aprender, y en ese proceso influyen factores genéricos, ejercicios y estrategias. Como eso estaba relacionado con la educación y yo estaba dando clase en el Liceo, decidí aplicarlo con mis alumnos.

Les daba clases de dibujo, pero también de creatividad; quería que aprendieran a usar la cabeza al mismo tiempo que la mano, que pensaran por qué hacen las cosas. Les retaba a evitar los procesos automáticos, a dibujar cosas que nunca habían dibujado, a que abandonaran el hiperrealismo, a que cambiaran los formatos… Al final, la gente siempre dibuja lo que sabe dibujar, porque a los cinco años desarrollamos la memoria visual y dejamos de pensar, así que el dibujo se convierte en una técnica pura.

"Shave", historia corta de Juan Díaz-Faes.

DM: ¿Crees que una persona puede aprender a ser creativa?
JDF: Por supuesto. La Teoría de las inteligencias múltiples, de Howard Gardner, defiende que todos tenemos ocho inteligencias: musical, espacial, geográfica, interpersonal, intrapersonal… Todos los seres humanos tenemos esas ocho inteligencias, pero cada uno tiene una inteligencia más desarrollada que las demás. Si a un niño con una capacidad musical innata se le estimula desde la infancia, entonces tienes a un genio en potencia. Todo el mundo puede tocar la guitarra, pero el que tenga una mayor habilidad musical aprenderá más rápido y de una forma más natural. No es que todos seamos creativos, sino que tenemos la capacidad de serlo; pero claro, hay que echarle horas y currárselo.

DM: O sea, que todo consiste en entrenar.
JDF: Y en ser consciente. Suele decirse que todos, de pequeños, somos mucho más creativos, porque al no tener un criterio definido sobre cómo son las cosas, las hacemos como las pensamos. Luego nos enseñan a actuar de una determinada manera, nos autolimitamos y acabamos realizando procesos automáticos. Por eso se supone que la gente mayor es la más inflexible, porque llevan toda una vida acotando sus posibilidades creativas.

Durante el doctorado di clases para ancianos y les enseñé a ser creativos, es decir, que fueran conscientes de su propia creatividad. La creatividad tiene dos factores principales: que sea nuevo y que tenga valor, porque algo no es bueno por el simple hecho de ser nuevo. Salir a la calle en pelotas es nuevo, pero no aporta nada. Si no tiene valor, no se considera creativo; es locura, imaginación o fantasía, pero no creativo. Finalmente mi tesis dio resultado, porque incluso los propios ancianos me reconocieron que habían mejorado su capacidad para hacer cosas nuevas.

DM: ¿Por ejemplo?
JDF: Unos pocos conocían tebeos como El Príncipe Valiente o El Jabato, pero yo les llevé ejemplares de Arrugas, Persépolis, Epiléptico, alguno de Charles Burns... En definitiva, historias humanas y de fantasía, porque eso les ayudaba a entender que había otros formatos. También les grababa música, les ponía películas modernas, les daba una cámara y les pedía que echaran fotos a todo lo que les gustase en el camino de casa a clase… Eso es creatividad consciente, pensar y analizar lo que te rodea.

Por otra parte, también defiendo la hipótesis de que la persona creativa tiene mayor calidad de vida; no es más optimista, porque eso suena a autoayuda, pero se lo pasa mejor con lo que hace y sabe explotar mejor sus capacidades.

DM: Has dicho “autoayuda” y parecía que mentaras a la bicha.
JDF: No me gusta nada ese concepto, porque tiene una connotación un poco regulera. Un libro de autoayuda es como un best seller, que casi nunca suele ser un buen libro.

DM: Aunque se venda como rosquillas.
JDF: Sí, pero yo busco una forma pura de mejorar las capacidades, no que se vendan muchos ejemplares de mi libro. Ojalá que mi obra tenga la mayor difusión posible, pero no necesito que la gente me reconozca por la calle. Quiero que mi mensaje llegue por su calidad, no por la estrategia de marketing.

DM: ¿Has pensado alguna vez en dar seminarios o cursos sobre creatividad? ¿Te gustaría convertirlo en una parte más de tu trabajo?
JDF: Me atrae la idea. No digo que la gente necesite ser creativa, pero en una época como esta me parece positivo. A mí las cosas me van bien porque soy creativo, pero también porque he currado muchísimo y he tenido suerte. En todo caso, creo que una escuela de creatividad podría ser muy interesante.

Supuestamente, en Primaria te enseñan las cosas básicas: algo de matemáticas, de lengua, a hacer deporte… Sin embargo, no te enseñan a pensar, y es necesario educar en ese hábito a las nuevas generaciones para mejorar nuestra calidad de vida, desde la situación política a los programas que vemos en televisión.

Así pues, claro que me gustaría ser profesor de creatividad, porque me permitiría plantar semillas a nivel social; la gente necesita ser más flexible, no enfadarse tanto por las cosas, no ser tan derrotista… Y sería tan importante educar a los niños como a las personas adultas.

Gracias a Éxito para perdedores me han invitado a dar un par de charlas, en la Universidad Autónoma y en el IED, y para prepararlas he tenido que recurrir a mis antiguas investigaciones para la tesis, la cual abandoné hace cuatro años porque era incompatible con el trabajo. La charla del IED, a la que asistieron jóvenes de entre veinte y 25 años, me ha devuelto definitivamente las ganas de retomar el contacto.

DM: ¿Y la que diste en la Autónoma?
JDF: Era sobre el negocio editorial y me llamaron porque soy uno de los fundadores de Ultrarradio, aunque al final terminé soltando mi ‘speech’ sobre creatividad.

DM: ¿Qué reacción notas en la gente cuando hablas sobre creatividad, te miran con interés o con cara de “este tío parece un chamán”?
JDF: Veo mucha receptividad. O eso creo. Me miran con una sonrisa y, cuando acaban las charlas, siempre vienen unos cuantos a darme las gracias. La idea que intento transmitir es muy parecida a la de Éxito para perdedores: tenemos que hacer cosas y pasarlo lo mejor posible.

DM: Sobre todo en una situación de crisis como la actual.
JDF: Muchas personas están montando ahora sus propios negocios y la gente lo achaca a una cuestión de necesidad, pero “creatividad” equivale a “resolución de problemas”. ¿Que no consigo trabajo con el método clásico? Pues voy a crear uno nuevo.

Nadie es consciente de su propia creatividad. Puedes decir “yo no hablo inglés”, pero nunca puedes decir “jamás aprenderé a hablar inglés”. No te pido que seas Steve Jobs, sino que hagas pequeñas cosas creativas que te resulten atractivas.

DM: ¿Qué papel juega la suerte en los casos de éxito?
JDF: El libro con David me salió por una cuestión de azar: yo estaba ahí. Eso lo decía Picasso: “Que las musas me pillen trabajando”. La suerte no existe si no tienes la preparación adecuada, porque no es suerte que hoy me salga un trabajo en Rusia, sino que sepa hablar ruso; si no estoy preparado, no tengo la suerte de que me propongan el trabajo. Y sólo estás en el momento oportuno cuando te preocupas constantemente por mejorar; si te quedas tirado en el sofá, muchísima suerte vas a necesitar para que surja algo bueno.

DM: En Bellas Artes te dedicabas sobre todo a la pintura.
JDF: Como todo el mundo pintaba, pues yo también.

Nota del periodista: en este momento llega el camarero y Juan Díaz-Faes pide el que será su sexto café del día: “Creo que hoy voy a trabajar mucho…”.

DM: ¿Estaba mal visto el cómic en la facultad?
JDF: Sí, pero yo tampoco sabía que el cómic pudiera ser un medio de vida. De hecho, no lo veía como algo marginal porque, en realidad, no me preocupaba en absoluto.

Con algunos amigos monté un fanzine, Doctor Panceta. Era fotocopiero a tope, costaba 120 pesetas, nos lo compraban los colegas y lo hacíamos por la risa, porque aquello no tenía ningún valor estético, creativo o de contenido. Dicho esto, en aquella época no era consciente de la situación del cómic profesional. Es como si me preguntas por la cocina peruana: sé que no hay muchos restaurantes en Madrid, pero no me pongo a pensar si están marginados, a pesar de que alguna vez haya comido en uno de ellos. A mí me ocurría lo mismo con el cómic y, hasta hace poco, no me planteaba si eso podía ser una profesión, si tenía todo un mundo detrás, si había gente apasionada…

DM: Casi todos los dibujantes cuentan la misma historia, que dibujaban desde pequeños y que su ilusión era hacer historietas. Tú, en cambio, llegas al cómic muy tarde.
JDF: He sido profesor, operador de cámara, director de un documental, entrenador de natación, socorrista… Salvo el tema del agua, que era mi otro perfil cuando vivía en Asturias, siempre me dediqué a hacer cosas muy relacionadas con lo artesanal, lo artístico o lo creativo, pero el dibujo no me lo tomé en serio hasta que me quedé sin trabajo.

Sin embargo, no tardé mucho tiempo en recibir buen ‘feedback’ de la gente; no de mi madre o de mis colegas, sino de personas desconocidas que me felicitaban por mis dibujos. Eso ocurrió hace unos tres años y, hasta ese momento, nunca me había planteado la opción de ser dibujante profesional.

DM: Y claro, tampoco tuviste ese momento clásico de los doce años en el que lees un cómic que te sacude por completo.
JDF: Para nada. Mis recuerdos de cómic son dos: porno y Mauro Entrialgo. A Moebius no lo leí hasta hace siete u ocho años, así que te puedes hacer una idea de mis cuentas pendientes con el cómic. Se podría decir que mi edad comiquera ronda los 17 años: conozco los clásicos, pero me falta mucho por leer. Lo malo es que no tengo tiempo.

Para empeorar la situación, yo era el típico que decía: “¿Cómic americano? Bah, eso no me interesa”. El resultado es que no había leído Watchmen hasta hace unos meses, y ahora estoy pidiendo consejo a algunos colegas para que me digan títulos imprescindibles. El manga, en cambio, sigue sin interesarme demasiado, aunque hay algunas cosas que sí me han gustado mucho, como Akira. Siempre he tenido películas de anime, pero porque eran dibujos, no porque me interesara el estilo japonés.

En mi casa había algunos números de Cimoc, porque los traía mi tío, y de El Papus, porque mi padre solía comprarlo. Pero vamos, nunca dije “Quiero ser Ivá”, aunque su estilo me gustaba mucho. En el colegio ganamos un concurso de preguntas y respuestas, y el premio era un viaje a Bélgica. Un día mis compañeros me pidieron que dibujara a un tío follando, así que hice al Maki. El caso es que me pillaron y, como además era un colegio de monjas, me castigaron sin ir al viaje.

DM: Teniendo en cuenta todos los cómics que aún te faltan por leer, ¿se puede hablar de autores que te hayan influido?
JDF: Hay veces en que me siento fuera de lugar. Por ejemplo: hace poco estuve con David Rubín, que tiene unos conocimientos amplísimos, y yo no conocía a la mitad de los autores que nombraba.

Cuando viajo a casa, me hace gracia ver la estantería donde guardo los cómics que leía de pequeño; hay tantas cosas diferentes que es imposible apreciar ninguna preferencia clara. Me gustaban mucho Javi Rodríguez, que ahora es mi amigo; Germán García, que sacó Tess tinieblas, y David López, a quien conocí hace unos meses. En todo caso, ninguno fue un tótem para mí.

Por otro lado, el hecho de no tener grandes referentes puede ser algo positivo. A la hora de hacer Éxito para perdedores, mis maneras de dibujar y de narrar no han estado condicionadas por ningún género, sino que tienen una influencia mucho más potente de la televisión o el cine. Siempre pienso las escenas con dos cámaras y mantengo el plano, y si quiero que se vea toda la situación, hago un plano general a la altura de los ojos del espectador. En cambio, nunca te voy a dibujar planos cenitales, perspectivas muy locas al estilo del cómic americano o superlíneas cinéticas del cómic japonés. No bebo de ningún lado en especial, y eso tiene su parte buena y su parte mala.

DM: Has desarrollado un estilo propio y, lo más curioso, en apenas dos o tres años.
JDF: Pero aún no lo identifico como mío; salió tan de repente que todavía no lo he interiorizado. Me gustaría tener más tiempo para investigar, pero el trabajo en MUWOM es muy exigente y, además, casi todo lo que dibujo se publica, así que tampoco tengo mucho margen para improvisar o hacer pruebas.

José Domingo, por ejemplo, tiene libretas y libretas llenas de dibujos, porque siempre está con un lápiz en la mano. Compartimos piso en Salamanca, donde estudiábamos en la misma facultad, y somos muy amigos. Su dibujo de aquellos años no se parece absolutamente nada a lo que hace ahora, porque le ha dedicado muchas horas. A veces echo eso de menos, porque a lo mejor he conseguido algo reconocible en muy poco tiempo, pero es como el cocido hecho en una hora, que nunca está igual de bueno que si lo haces en siete.

Empecé a dibujar Éxito para perdedores sin tener muy claro lo que iba a hacer. El archivo de bocetos, por ejemplo, sólo tiene un documento: doce caras distintas de David. Ya te digo, me faltan muchas horas de vuelo, por más que a la gente le guste mi trabajo.

DM: ¿Eres muy autocrítico?
JDF: Trato de ser honesto y sincero, y siempre lo hago todo al máximo de mi capacidad. En Éxito para perdedores invertí nueve meses, pero compaginándolo con la empresa, así que nunca me ponía a dibujar antes de la una de la madrugada. Sé que el cómic podría estar mejor hecho, pero es lo mejor que pude hacer con el tiempo de que disponía. Javier Olivares dice que no puedes ser un virtuoso en todos tus trabajos, sino que hay momentos en los que debes ser efectivo y no tratar de demostrar lo bien que dibujas.

Estoy en una etapa en la que no me queda más remedio que ser práctico, pero me gustaría tener más tiempo para abandonarme al dibujo y ver lo que pasa. Cuando estaba con el libro, los fines de semana me tenía que pegar maratones de diez páginas, porque de lunes a viernes sólo podía hacer dos o tres cada día. Por un lado me alegraba, porque eran diez páginas menos para terminar, pero por otro me sentía mal, porque no había dejado reposar el guiso hasta que hiciera “chup, chup”.

Colaboración de Juan Díaz-Faes para "Transdimensional Express".

DM: Antes hablabas de la sinceridad y la honestidad, dos conceptos que Rubín también menciona mucho en sus entrevistas.
JDF: Pongamos el caso del moderneo. Los modernos son necesarios cuando son generadores de esa modernidad, pero luego están los que se suben al carro porque les apetece comprarse unas gafas de pasta.

En la carrera tuve compañeros que no pensaban en el contenido, sino en la posible salida comercial de sus obras; es decir, hacían cuadros que se pudieran vender, algo que no me parece nada sincero. Además, siempre discutí mucho con mis profesores, porque no nos enseñaban a encontrar nuestro propio camino. Me decían: “Tienes que ser visceral”, y yo pensaba: “Pero si soy más bien analítico, ¿por qué tengo que ser expresionista o abstracto?”. Muchos alumnos no se daban cuenta de que su trabajo artístico estaba condicionado, que no era realmente sincero, y es algo que me molestaba mucho, porque se trata de algo tan íntimo que nunca debería ser falso.

Tras acabar el cuarto curso de la carrera, me fui de vacaciones a Oviedo. Mi casa está al lado del campo de fútbol y el mismo día que llegué se jugaba un partido importante; si el Oviedo ganaba, subía a Segunda B. A mí el fútbol no me gusta, pero la entrada era gratis y no tenía nada que hacer, así que me puse una camiseta azul y tiré hacia el estadio. Durante la primera parte estuve con los Symmachiarii, que son los ultras del Oviedo, y en la segunda me cambié de sitio y me puse con los viejos. Es decir, pude observar dos formas muy distintas de animar y me lo pasé bien con las dos: una era más de gritar, mientras que la otra consistía en insultar con el puro en la mano.

En quinto me marché de Erasmus, pero no me lo estaba pasando muy bien y decidí terminar el curso en Salamanca. Era el último año y tenía que hacer el trabajo de fin de carrera, así que propuse la experiencia del partido de fútbol y… ¿Te he dicho que en la facultad se llevaba un rollo muy filosófico?

DM: Algo has comentado hace un rato.
JDF: Propuse un trabajo sobre la fragilidad de las tribus urbanas y se me ocurrió hacer una fiesta-experimento. Tenía un amigo DJ y le pedí que me preparara una sesión con música hortera: Oliver y Benji, Los Pitufos, La abeja Maya… y todo eso mezclado con bases y scratch.

Mientras tanto, en Valladolid iban a derruir una fábrica de gaseosa y pedí que me la dejaran un par de días. La fiesta consistía en un concierto de DJ De Risa, que era yo. En esa época también hacía algunos trabajillos de carpintería, para sacarme unas pelas, y me curré una mesa de mezclas de madera; hice camisetas y las vendí todas; tiraba los discos al aire y luego fingía que los pinchaba; me llevé unas orejeras de oso panda y me las puse como si fueran cascos; compré gominolas y un colega las iba regalando como si fueran droga...

Era todo muy falso, pero la mitad de la gente no lo sabía y muchas personas lo vivieron como un concierto normal. Bailaban, escuchaban las letras, se reían… Un rollo bastante artístico, pero me sirvió para demostrar la falsedad intrínseca que hay en un montón de situaciones que vivimos de forma cotidiana.

DM: Puro condicionamiento mental.
JDF: La gente sabía perfectamente que las gominolas no eran droga, pero se dejaban engañar. En muchas tribus urbanas también ocurre ese proceso de autoengaño: “No soy gótico, pero me visto así para integrarme con mis amigos”.

Todo esto me trae de nuevo al cómic y a la necesidad de ser honesto, que es justo lo que hemos intentado en Éxito para perdedores. Te animamos a arriesgarte porque es lo que hemos hecho David y yo en nuestras carreras profesionales; cada uno de forma distinta, pero el mensaje es el mismo: tienes que ser sincero en lo que haces, porque eso revierte en una mejora de tu trabajo. Y para desarrollar mi estilo, voy a fijarme en todo aquello que me guste de verdad.

DM: ¿Y qué te gusta de verdad?
JDF: Ahora estoy viendo mucha cartelería cinematográfica y publicitaria de la década de los cincuenta, pero también trabajos actuales de varios artistas ingleses y estadounidenses. Está volviendo la serigrafía, con tintas superpuestas y sin líneas de contorno. Me encanta Mcbess, que estéticamente es maravilloso y tiene unas referencias musicales muy atractivas. Y luego trato de buscar una modernidad algo más underground, los Juarmas de Nueva York.

DM: Juarma es muy grande.
JDF: Una vez estuve de viaje en Granada y quedamos en un bar muy mítico donde ponen canciones de Reincidentes, La Polla Records y ese tipo de grupos. Estaba esperando y de repente apareció él, con un jersey de lo más formalito porque venía de currar. En el momento me quedé pilladísimo, pero esa anécdota demuestra que tu forma de contar historias no tiene por qué representarte en absoluto.

DM: ¿Salen muchos dibujantes de Oviedo?
JDF: Soy más asturiano que ovetense, porque no me identifico mucho con los valores de mi ciudad. En todo caso, no hay un núcleo potente de artistas. He tratado de buscarlos por mi trabajo en la editorial, pero no existe una escuela que aglutine a autores con estéticas o narrativas similares.

Asturias, en general, y Oviedo, en particular, no tienen una gran cultura de cómic. De hecho, creo que Éxito para perdedores no ha aparecido en ningún periódico de mi ciudad. Y es raro, porque este tipo de obras siempre son muy socorridas para las páginas de cultura, sobre todo cuando el protagonista es asturiano. A Alfonso Zapico, que es de un pueblo de la cuenca, le cuidan un poquito mejor, pero a Javi Rodríguez, que también es de Oviedo, no le hacen mucho caso.

En sus cómics, Zapico suele hablar de la cuenca y de su pueblo, y eso enlaza de nuevo con lo de ser honesto. Hace unos meses publicó en su blog una serie de dibujos en los que hablaba de héroes socialistas, de las elecciones en Asturias, de los conflictos mineros… Él puede hablar de todo eso porque lo ha vivido en primera persona, pero si yo intentara hacer lo mismo quedaría como un mentiroso, porque me he criado en una ciudad muy cómoda y en la que nunca me faltó nada.

DM: Pero el problema de la minería ha afectado a todo el Principado.
JDF: Mi abuelo era minero y en Asturias hay pocas familias en las que algún miembro no haya trabajado en la mina, pero lo que quiero decir es que yo no lo sufrí directamente. Tampoco podría hacer una obra como Epiléptico, porque no tengo ningún hermano que sufra esa enfermedad.

Me gustaría que existiera una relación más afín entre Oviedo y mi carrera de dibujante. Mi madre trabaja desde niña en la librería Cervantes, que es la más grande de la ciudad, y nos invitaron a presentar el cómic, pero al final no pudimos organizarlo. Con Oviedo no he recibido ese ‘feedback’ vinculado a mi obra, aunque tampoco lo pido, porque sólo he publicado un par de tebeos. En todo caso, me resulta extraño que el cómic apareciera en El País o en El Mundo, pero no en El Comercio o en La Nueva España. ¡Me están obligando a ser madrileño! (risas).

DM: Y eso que ejerces de asturiano: ahí está la letra ‘Cachopo’ que creaste para ‘Éxito para perdedores’.
JDF: Me encanta el cachopo. No es más que un puto San Jacobo, pero tiene una liturgia y una cultura alrededor que lo convierten en algo muy especial. He creado cuatro tipografías y todas tiene un nombre parecido: Cachopo, Cachopino, Cachopaza

En mi familia todos somos muy bajitos, porque en Asturias sólo hay dos opciones: o eres un minero loco de Acción mutante, o eres un paisanín pequeño. Mi tatarabuelo, en cambio, medía 1,90 metros y era famoso porque se dedicaba a cazar osos con un cuchillo. Él también se llamaba Juan Díaz-Faes, pero todo el mundo le conocía como Xuanón de Cabañaquinta: Xuanón porque era muy grande y Cabañaquinta, porque era de ese pueblo. En Éxito para perdedores, en la secuencia de la fiesta en el ático de Nueva York, el cazador se llama Juan de Cabañaquinta, porque me apetecía meter ese detallito asturiano. Y el barco del maestro Yan se llama Raposu, que en bable significa “zorro”, porque mi tío tiene un barco con ese nombre. Nunca reniego de mis raíces asturianas, aunque como dibujante no me sienta muy asturiano.

DM: Los asturianos caéis simpáticos.
JDF: Y eso es bueno, aunque también tiene una parte mala: estamos un peldaño por debajo de Galicia, País Vasco y Cataluña, tres comunidades a las que sí les han reconocido ciertas características culturales propias y cuyas lenguas tienen carácter oficial. Nosotros seguimos peleando para que el bable tenga la misma consideración.

DM: Tenía entendido que los grupos que reclaman la oficialidad del bable son bastante pequeños.
JDF: Sí, pero a mí me parecería bien, porque nuestro nacionalismo es un nacionalismo simpático. La gente del resto de España nos ve y piensa: “Míralos qué majos, tan contentos ellos con Villa y Fernando Alonso”.

DM: Y Melendi.
JDF: No, Melendi no. Melendi fuera. No es asturiano.

DM: Volvamos a ‘Éxito para perdedores’. ¿Cómo entra en escena Astiberri?
JDF: David y yo fantaseábamos: “Cuando tengamos las veinte primeras páginas, se las enseñamos a Astiberri”. Conozco a Javichu, uno de los editores, porque nos presentó Borja Crespo y habíamos salido de fiesta una cuantas veces. Sin embargo, nunca le había dicho que yo era dibujante, porque no me parecía oportuno.

Un día le comenté a Borja que tenía entre manos el proyecto con David; se lo enseñé, le gustó un montón y llamó a Javi para que se reuniera con nosotros. Javi y yo nos escribimos por email para hablar del día y la hora, pero él no tenía ni idea de que aquel Juan era el mismo con el que había estado de copas. Cuando llegó a la cafetería, se quedó a cuadros: “¡Eras tú!” (risas). A nivel personal, me gustó ser humilde y no gastar el comodín del contacto.

DM: ¿Sólo le enseñasteis el proyecto a Astiberri?
JDF: Nosotros decíamos “Vamos a entrarle a la guapa”… y la guapa dijo “sí”. Les enseñamos cuarenta páginas que, estéticamente, te permiten ver la evolución del cómic. Nunca hice bocetos, sino que dibujaba directamente lo que luego saldría en el libro; se aprecian las dudas que tuve al principio, porque no tenía un estilo demasiado formado ni sabía cómo afrontar una historia de 300 páginas.

En fin, que Astiberri vio las cuarenta páginas, nos dejaron libertad absoluta y nos pidieron que mandáramos la mitad del libro cuando estuviera lista. Pero claro, la mitad eran 130 páginas. ¿Y si no les gustaban, y si me curraba 130 páginas y luego me pedían que cambiara el rumbo? Por suerte, todo salió bien y la experiencia fue muy divertida.

David había trabajado con muchos dibujantes, pero nunca como guionista en un proyecto de dos personas; él está acostumbrado a producciones audiovisuales en las que hay cuarenta tíos dibujando, o series de televisión con mogollón de guionistas y animadores. Lo nuestro fue un proyecto más íntimo y en el que, además, surgió la amistad. Porque David es muy filosófico para esas cosas: “Antes de empezar a trabajar, tenemos que conocernos, ser amigos, porque esto es un viaje que vamos a hacer juntos. Venga, vamos a emborracharnos”.

DM: Generar afinidad.
JDF: Exacto. No valía el rollo de: “Tú te pones y dibujas mi historia”. Era un proyecto conjunto en el que yo aportaba al guión de David y David aportaba a mis dibujos. Se formó una relación de trabajo muy interesante, porque él está muy liado con sus empresas y yo siempre ando metido en muchas cosas distintas. Salía de la oficina, llegaba a casa, cenaba con mi novia y a eso de la una, cuando ella se iba a la cama, yo me ponía a dibujar hasta las tres o las cuatro. Hacía un par de páginas, se las mandaba a David… ¡y él me contestaba a los diez minutos! Fue una manera curiosa de trabajar, pero creo que enriqueció el libro. De hecho, en la edición digital hemos incluido los correos que nos mandábamos.

David nunca había hecho un guión de cómic y yo le aporté muchas sugerencias: le decía cosas que podíamos cortar o añadir, sorpresas que podíamos intercalar en la historia, maneras de desarrollar la trama…

DM: A pesar de que tú tampoco te consideras un gran guionista.
JDF: No soy un gran generador de historias, pero entiendo los guiones y la narración se me da bien. Por trabajar de cámara de televisión, tengo mucho lenguaje narrativo audiovisual. David me daba las piezas y yo le ayudaba a estructurarlas. Y él, a su vez, me aconsejaba posibles cambios para mis dibujos. Es decir, que fue un proceso muy rico, porque no éramos un guionista y un dibujante currando por separado, sino que cada uno influyó mucho en el trabajo del otro.

Detalle de "Leónido Lemmy"

DM: ¿Y David nunca tuvo la tentación de escribir un libro? ¿Tenía muy claro que ‘Éxito para perdedores’ debía ser un cómic?
JDF: David tiene una mente de empresario de la hostia. Hace las cosas por pasión, pero también sabe extraer la parte práctica. Él pensaba que esta historia llegaría más lejos en formato cómic que en formato libro, porque libros hay muchos, pero este tema no se había tratado en las viñetas. Por otro lado, un libro sobre empresa sólo lo leerá gente interesada en las empresas, pero un cómic sobre empresa lo leerá gente interesada en las empresas y también los aficionados al cómic. David siempre piensa en ampliar, en llegar a más gente.

DM: Pero el cómic en España no tiene una gran difusión.
JDF: No, pero la gente que consume cómic suele ser bastante fiel. Los aficionados al manga o al cómic americano no son los que más fácilmente llegarán a este libro, pero los lectores de Astiberri suelen confiar muchos en los criterios de la editorial y en las temáticas que trabaja. Y dentro del mundo de los empresarios, David preveía un interés por el formato cómic, que siempre resulta más agradable de leer que un tocho de 500 páginas sobre teoría económica.

DM: Acostumbrado a hacer trabajos más cortos y puntuales, ¿cómo afrontaste una historia de 280 páginas?
JDF: Usé la misma estrategia. David me enviaba veinte páginas, pero yo no pensaba que fueran veinte páginas, sino veinte ilustraciones de una misma temática. Recibía el capítulo, calculaba el número de páginas, le enseñaba los bocetos a David y, cuando me daba el visto bueno, me ponía a dibujar.

Como estaba acostumbrado a la rapidez por mi trabajo en prensa, cada página me podía llevar una hora u hora y media. Nunca afronté el trabajo como si fueran 280 páginas, sino que fui añadiendo capítulos y meditando el desarrollo de la trama. Tampoco teníamos ninguna experiencia previa, así que empezamos a trabajar y un día, de repente, llegamos al final; no éramos conscientes de la continuidad que estábamos generando en la historia.

Nota del periodista: Juan Díaz-Faes se mira las manos y comenta: “Siempre las tengo sucias de trabajar. Y del futbolín, que ahora hemos comprado uno para la oficina”.

DM: Entre otras cosas, ‘Éxito para perdedores’ sorprendía por el uso de dos tintas y por la predominancia del color verde. ¿A qué respondían esas elecciones?
JDF: Hay dos factores: en primer lugar, porque creo que el color sólo debe usarse cuando aporta algo a la historia, y en segundo, porque David quería que fuese en color. Eso me suponía muchísimo más curro, porque tenía que pensar en color. Sabía que el personaje de David funcionaba mucho mejor con la cara blanca, así que combiné el blanco y negro, más potente, y el verde, que le da una coherencia a todo. Probamos el rojo, pero era demasiado violento; el amarillo se quedaba demasiado apagado; el azul no acabábamos de entenderlo… Al final dimos con el verde turquesa, que mucha gente ha interpretado como el verde del dólar, aunque nunca fuera nuestra intención.

La edición francesa del cómic va a tener billetes en la portada, porque allí son mucho más literales y la portada española les parecía demasiado evocadora. Sin embargo, David no quería que el libro quedara asociado al dinero, sino a la humanidad, a una historia contada de corazón, y eso provocó bastante conflicto. Hice una propuesta, recreando la famosa escena de American Beauty, en la que David aparecía tumbado en la cama mientras le llovían billetes. Pero entonces David dijo: “Mi objetivo nunca fue ser millonario, sino dedicarme a lo que me gustaba”. Se me ocurrió dibujar una montaña de dinero y David ahogándose en ella, para mostrar las dos caras del éxito, pero a Dargaud no le gustó y tuvimos que regresar a la de American Beauty. A David aquello seguía sin convencerle, porque parecía un tipo feliz cuando el dinero, en realidad, le habría provocado muchos quebraderos de cabeza. ¿Solución? Mantuvimos la portada de American Beauty, pero David aparece con la cara seria.

DM: Hace poco comentaste en tu blog que, después de mucho tiempo, habías vuelto a dibujar en papel. ¿Por algo en especial?
JDF: Por dos razones. Por un lado, ahora estoy colaborando con Susanita's Little Gallery, donde vendo algunos originales: una parte es para mí, otra para la galería y una tercera va a asociaciones benéficas dedicadas a niños. Al ser originales, no quedaba más remedio que volver al papel.

Original de Juan Díaz-Faes para Susanita's Little Gallery.

Por otro lado, hay un motivo bastante más vergonzoso. Con mis publicaciones en Ultrarradio o con Éxito para perdedores, de vez en cuando me tocaba hacer una sesión de firmas. Lo malo es que nunca había firmado, así que las primeras veces aquello fue un desastre. Si había una cola de cuatro, todos salían perdiendo; si la cola era de quince, los tres últimos eran los únicos que se llevaban algo más o menos potable. Había perdido la mano analógica.

La primera vez que me pasó fue con un ejemplar de Leónido Lemmy. Recuerdo que incluso pedí perdón por anticipado: “Lo siento, pero voy a hacer unas firmas malísimas”. Les tenía que explicar que había perdido toda la habilidad manual, que no sabía trasladar lo digital al papel. Y de Leónido Lemmy sólo tuve que firmar unos cincuenta o sesenta ejemplares, pero cuando salió Éxito para perdedores ya fueron unos cuantos más. Al final le volví a coger el truco y hasta coloreaba los dibujos, pero los pobres que llegaron de los primeros… Bueno, lo importante es que ahora las firmas me salen más o menos bien.

DM: Vanos a retrotraernos a 2010, cuando ganaste el concurso de cómic Ganorabako con un tebeo llamado ‘Barcos’.
JDF: Terminé la carrera en 2005 y no volví a dibujar nada de cómic hasta que salió Mortland, una obra colectiva que fue el primer título de Ultrarradio. Había perdido el hábito de dibujar y, además, seguía sin tener un criterio adulto, porque hasta entonces sólo había hecho las gamberradas de Doctor Panceta.

Con Mortland me lo pasé muy bien y mi colaboración gustó a la gente. Además, me pilló en esa época de dibujar a todas horas, así que me animé a hacer nuevas historias. Soy consciente del analfabetismo comiquero que tenía en ese momento: en Mortland propusimos un formato de seis viñetas, dos columnas por tres filas, y estuve varios meses dibujando con esa misma estructura. Era tan inocente que ni se me ocurrió la posibilidad de cambiar la disposición de las viñetas.

Luego me fui soltando y dibujé dos historias: una de boxeo, en la que el verdadero protagonista es el árbitro, y otra inspirada en mi trabajo para el doctorado. Trataba sobre un chico al que le encanta la música y que decide montar un grupo, The Ships (Los Barcos).

En aquella época trabajaba en Cifras y Letras, pero nuestra temporada sólo duraba seis meses y siempre tenía mucho tiempo libre, así que empecé a presentarme a concursos. Participé en el Injuve 2010, donde me dieron un accésit, y en el Ganorabako, que organizaba la Casa de Cultura de Basauri. Además del primer premio, recuerdo que en ese concurso también me llevé mi primera crítica; alguien se metió en un foro y escribió: “Vaya mierda de dibujo, lo hace mejor mi primo de tres años”. Lo leyó mi madre, que en ese momento estaba empezando a usar Internet, y no veas lo que tuve que insistirle para que no contestara y lo dejara correr.

DM: Ese par de reconocimientos, el Injuve y el Ganorabako, ¿son los que finalmente te ganaron para la causa del cómic?
JDF: A veces me pongo a pensarlo: dedico mucho tiempo a MUWOM y siempre estoy liado con Ultrarradio, pero, al mismo tiempo, con Éxito para perdedores he logrado un pequeño reconocimiento y cada vez me escriben más marcas para que les haga trabajos de ilustración publicitaria. ¿Qué pasaría si dibujara a tiempo completo? Pero bueno, tampoco sé si me lo puedo permitir, porque ahora tengo estabilidad económica, tiempo libre por las tardes… El dilema consiste en ser racional o aventurero, pero de momento gana la primera opción, porque la situación actual no invita a muchas aventuras.

No hago las cosas pensando en los premios, pero este año me nominaron a Mejor Autor Revelación en el Salón de Barcelona y eso me ha dado confianza. Si sólo me dedicase a dibujar, igual en 2012 habría publicado tres tebeos. En el cómic sólo invierto un treinta por ciento de mi tiempo, pero me está dando unos resultados aceptables y eso hace que me plantee el “y si…”.

DM: En un premio del Salón intervienen muchos factores, pero el hecho de estar nominado ya implica un reconocimiento por parte de los lectores y de la propia industria.
JDF: Después de haber hecho tantas cosas, he llegado a la conclusión de que soy dibujante; en todos los ámbitos, sea cual sea el proyecto, siempre intento meter un toque de dibujo.

Por otro lado, soy consciente de que es muy difícil vivir del dibujo. Puño me dijo el otro día que sólo conozco la parte bonita del cómic, porque me puedo permitir el lujo de involucrarme únicamente en los proyectos que me interesan de verdad; pero si sólo hiciera tebeos, al final tendría que coger encargos de ilustración.

DM: Cuando recibes la nominación en Barcelona, ¿qué se te pasa por la cabeza?
JDF: Soy poco expresivo por naturaleza, pero lo de Barcelona me hizo mucha ilusión. Los premios anteriores habían estado muy bien, pero a esos concursos me presentaba yo, mientras que lo de Barcelona es algo que te llega porque una serie de profesionales considera que debes estar ahí.

Me enteré de la noticia tras un día de curro agotador; estaba en casa de mi primo y nos tomamos tres gin tonics para celebrarlo. Pero no fui consciente de verdad hasta la mañana siguiente, cuando se anunció de manera oficial y empezaron a entrarme emails, llamadas de teléfono, peticiones de entrevistas…

Además, ha coincidido que este año había muchos buenos amigos entre el resto de nominados: Rubín, Álvaro Ortiz, Corominas, Néstor F… Con Néstor tengo muy poca relación, pero muy intensa, porque me identifico mucho con él. Estuvimos juntos en el Salón de Getxo y la última noche, durante la fiesta de despedida, nos fuimos de la discoteca y nos metimos en un bar de viejos que había frente a nuestro hotel. Nos pusimos a hablar y a tomar cañas, y al final nos recogimos a las tantas.

DM: Néstor ha hecho multitud de cortos y no esconde que es un apasionado del cine, mientras que tú has rodado un documental, ‘Eremita Stew’.
JDF: Al margen de la familia y los amigos, lo que más echo de menos de Asturias es el mar. Empecé a surfear con doce años y no paré hasta los 18, cuando me fui a la universidad. El surf es algo muy visceral, una droga; ahora surfeo de vez en cuando y lo paso fatal, porque he perdido mucha práctica, tengo menos resistencia…

Lo del documental se me ocurrió durante la época en que trabajaba de cámara: como no podía surfear, mataría el gusanillo grabando escenas de surf. Se convocó un concurso para nuevos realizadores en Oviedo y no me lo pensé: la autenticidad del surf en un viaje por Marruecos, demostrando que no todo son chicas guapas, helicópteros y motos de agua, sino que hay un surf de serie B que es el que hace la mayoría de la gente. Pero vamos, no era más que una excusa para irnos a surfear a Marruecos (risas).

Me dieron el premio, pero la dotación económica no daba para sufragar todos los gastos del viaje y el material, así que tuve que buscar patrocinadores. Como para entonces ya trabajaba en Vueling, los billetes nos salieron gratis, pero me comí una cantidad de marrones… Las canas que tengo son de aquellos meses. Fue la primera vez que me estresé de verdad, porque tuve que encargarme de toda la producción.

Tuve un follón gordísimo con la Embajada de Marruecos, porque no nos querían conceder los permisos para rodar. La chica que me atendió odiaba a los españoles: “Sólo queréis salsa rosa”. Y yo le contestaba: “Señora, que sólo quiero grabar un documental de deporte”. Total, que me acabó diciendo que no íbamos a entrar en su país. Ahí me cagué, porque ya había gastado todo el dinero en el equipo y, si no grababa el documental, tenía que devolver la pasta. “¿Qué no voy a entrar a tu país? Mira, no sólo voy a entrar, sino que también voy a grabar todo lo que me dé la gana. ¡Y sin permiso!”.

Por si fuera poco, luego tuve que organizar a los surferos, que son todos colegas míos y a cada cual peor: uno perdió el avión, el otro no sé qué… En la aduana nos hicieron firmar la típica tarjeta en la que especificas los motivos de tu viaje: teníamos que poner que éramos estudiantes de una escuela de cine, pero mis colegas escribieron cosas como "bailarín de danza contemporánea", "criador de vacas" o "rey de España". ¡Serán cabrones! 

DM: Pero al final entrasteis en el país.
JDF: Sí, y fue una experiencia muy guapa. El documental se estrenó en el Festival Internacional de Cine de Gijón 2011 y lo cierto es que gustó, porque luego se movió en algunos festivales de surf. Pero vamos, para mí no es más que una experiencia, un recordatorio de que pudo hacer muchas cosas y no aburrirme nunca.

DM: ¿Por qué has tardado casi un año en colgarlo en Internet?
JDF: Me dijeron que no lo publicara, porque así podía tener más vida en el circuito de festivales. ¿Quién va a pagar una entrada de cine si lo puede ver en el ordenador de casa? El caso es que me olvidé por completo del documental, pero hace un par de meses me escribió uno de los patrocinadores y me preguntó si ya se podía subir a la Red. Soy un desastre.

DM: ¿Cómo surgió la posibilidad de colaborar en They Draw & Cook?
JDF: Es la iniciativa de Nate Padavick y Salli Swindell, una pareja de Estados Unidos. A mí me gusta mucho la cocina y, de hecho, durante un tiempo trabajé de cocinero. Víctor Romano, que también vivió en Salamanca con José Domingo y conmigo, me envió el enlace al blog de They Draw & Cook, porque estaban pidiendo recetas ilustradas. Envié una y les gustó mucho, hasta el punto de que la publicaron en un libro junto a las recetas enviadas por dibujantes de todo el mundo.

DM: ¿Dónde trabajaste de cocinero?
JDF: No sé en qué cojones estaría pensando. Tenía 16 años y quería aprender inglés, así que aproveché un programa del Principado que te buscaba trabajo en el extranjero. Me mandaron a un festival macrobiótico en Southampton; bueno, al sur de Southampton, en un monte.

Todavía no sé muy bien cómo lo hice, pero al final di con el sitio; lo malo es que llegué el día de antes y me recibió un hippy enorme que vivía en una furgoneta llena de mierda. No había nadie más. El tío me señaló una tienda de campaña en mitad del prado y me hizo señas como para indicarme que yo tenía que dormir allí. Me pasé toda la noche acojonado, con la linterna encendida, escuchando ruidos rarísimos… Era la gente que venía al festival, pero eso no lo descubrí hasta la mañana siguiente.

Y respecto al trabajo de cocinero… ¡Yo no sabía qué hostias era aquello de la cocina macrobiótica! Me decían: “Pon esto a hornear durante veinte minutos a 180 grados”. Pero claro, no me enteraba de nada y la comida se terminaba quemando. Recuerdo que pasé mucha hambre, porque no había nada carne. Comía como un loco, pero no me llenaba nunca.

DM: Hablemos de tu papel en Ultrarradio: eres uno de los fundadores.
JDF: Fundadores somos seis: Davín, Puño, Mireia Pérez, Nicolai Troshinsky, Óscar de la Mata y yo. Quedábamos a tomar cañas, hablábamos de cómic… y al final creamos la editorial. Empezamos sacando tebeos mudos: Mortland, Transdimensional Express y Hundlebert Syndrome. Davín y Puño pusieron más energía al principio, mientras que ahora somos Mireia y yo quienes estamos elaborando el cuarto número de la serie muda. Además, acabamos de meter a tres nuevos autores, Buba Viedma, La Criatura y Jose JaJaJa, y eso nos va a dar impulso para pensar más proyectos. De momento no lo hacemos por dinero, pero la cosa está yendo muy bien. 

Colaboración de Juan Díaz-Faes para "Mortland".

DM: Además de tus colaboraciones en la serie muda, en Ultrarradio también publicaste ‘Leónido Lemmy’.
JDF: Descubrí los cómics infantiles de la colección Mamut, de Bang Ediciones, y quise hacer un tebeo para enseñárselo. Así surgió Leónido, la historia de un mono en mitad del desierto. Dibujaba una página al día, sin guión, y cuando llegué al final me di cuenta de que aquello no tenía ni pies ni cabeza. Se lo mandé a la editorial y me dijeron que les había gustado, pero que tenía un gran problema: no era ni infantil ni adulto, porque se mezclaban contenidos para niños con otros para mayores.

No quería que se quedara metido en un cajón, así que lo sacamos en Ultrarradio. Lo malo es que apenas le dimos difusión y nos lo estamos comiendo con patatas. No me siento muy identificado con ese tebeo, porque no pasa de ser un ejercicio, pero me permitió descubrir el cómic largo.

DM: ¿En qué está trabajando ahora mismo la editorial?
JDF: Acabamos de publicar Fantasías extraordinarias, que incluye seis relatos escritos por La Criatura e ilustrados por Puño, Jose JaJaJa, Buba Viedma, Bravú, la propia Criatura y yo. Además, el pasado fin de semana organizamos la segunda edición del Maravilloso Encontronazo de Autoedición (MEA2) y tenemos entre manos unos talleres de cómic que, de momento, van muy despacito.

DM: ¿Y a título individual?
JDF: Me gustaría hacer un cómic, pero no dispongo de tiempo. Como te decía, estamos organizando el nuevo número de la serie muda, que ya tiene un buen elenco de autores confirmados: Néstor F., Álvaro Ortiz, Víctor Romano, José Domingo, Albert Monteys, Manuel Bartual, Alexis Nolla, Mireia… Queremos sacar tres cómics mudos al año, porque nos sirven como escaparate internacional y están funcionando bastante bien. De hecho, los dos primeros números ya están agotados y del tercero quedan muy pocos ejemplares.

DM: ¿Cómo surgen los cuadernos para Ling?
JDF: Llevaba un tiempo trabajando en la revista, donde ilustraba artículos para la sección Ciencia infusa. De vez en cuando les tiraba la chinita: “Me mandáis a un destino y os dibujo un cuaderno”. Mi idea consistía en evitar las rutas turísticas y buscar la vida típica de la ciudad, una sensación de realidad. No sé muy bien qué les dije, pero compraron la idea y ahí sigo: cada mes elijo un destino y hago un viaje de dos o tres días. Antes dibujaba mientras paseaba, pero caí en la cuenta de que me perdía muchos detalles y ahora recurro a las fotografías; intento que el estilo sea lo más realista e inmediato posible, así que dibujo directamente, sin bocetos, como si el trabajo estuviera hecho en mitad de una plaza.

DM: Todos los cuadernos están traducidos al inglés…
JDF: Me los traducen.

DM: A pesar de tu experiencia en el festival macrobiótico.
JDF: No aprendí una mierda (risas).

DM: En todo caso, no debe estar mal eso de que te paguen un viaje al mes.
JDF: Es muy divertido y estoy conociendo toda Europa, pero a veces también es una putada, porque siempre tengo mucho trabajo acumulado.

DM: Has estado en Copenhague, San Sebastián, Pamplona, Munich, Fuerteventura, Madrid, Barcelona, Londres, Milán, Estocolmo, La Coruña… ¿Existe la posibilidad de que todos esos cuadernos se recopilen en un libro?
JDF: Lo estamos estudiando. Tenemos cuarenta destinos firmados y no llevo ni la mitad, pero creo que de ahí saldrá un material que merecería la pena publicar. Si ese proyecto saliera adelante, me gustaría reescribir los textos y añadir algunos detalles que dieran como resultado una guía más completa. En todo caso, el gran reto será mantener el mismo estilo de dibujo durante tanto tiempo.

DM: Y MUWOM, ¿de dónde sale?
JDF: Cuando trabajaba de cámara rodé unos cuantos anuncios con mi primo, que está más relacionado con el mundo audiovisual, y también hicimos algún corto de animación con mis dibujos. Trabajos pequeñitos, en todo caso. En esas salió la posibilidad de currar con Hombres G, a quienes les hicimos una campaña de promoción.

Mi primo trabajaba en una empresa con Roberto Carreras y entre ambos dieron forma al Plan B, lo hablaron con Carlos Jean y empezamos a moverlo. Luego entró Ballantine’s y tuvimos difusión; más tarde llegó El Hormiguero, que nos dio más difusión, y por último apareció Coca-Cola, que fue el pelotazo. Nuestro trabajo para Coca-Cola consiste en pensar proyectos y campañas de corte musical, con cantantes jóvenes, mucho movimiento en las redes sociales, otros medios de distribución… Un nuevo mercado que está empezando a funcionar. En la empresa somos 25 personas y, por nuestra procedencia, le damos mucho peso a todo lo audiovisual, que es el departamento en el que trabajo.

Sacamos nuevos artistas y les llevamos los asuntos relacionados con la contratación, la comunicación, la imagen… Ahora, con una artista que se llama Electric Nana, mi departamento se está encargando de aportarle valor cultural y se nos ocurrió la serie de vídeos Nana wanna know, donde ella queda con Borja Crespo y habla de cine; con Virginia Díaz y habla de radio, o conmigo para hablar de cómic.

Mi idea para la empresa es que, más allá de una discográfica, se convierta en una plataforma de difusión cultural. En el caso de Nana, al no ser una artista muy conocida, apostamos por añadir esos contenidos complementarios que enriquecen su figura.

DM: ¿No os da miedo que el mensaje principal (Nana es cantante) pueda quedar difuminado?
JDF: No, porque ella no va a dejar de cantar.

DM: Pero ya sabes lo curiosas que son las redes sociales: de repente, a la gente le gusta más ver a Nana en esas charlas que cantando una canción.
JDF: Pues para allá que iremos, no pasa nada. Lo importante es que se conozca a Nana y potenciar su perfil, que es el de una persona inquieta, culta, viajera, currante… Nuestra aportación es el impulso que podamos darle. 

DM: Para ir terminando, ¿cuál es el nuevo proyecto que tienes con David Cantolla?
JDF: No será una secuela de Éxito para perdedores. Hay mucha parte de la vida de David que se nos quedó en el tintero, desde que se arruinó y hasta que recibió el BAFTA por Pocoyó, pero no queríamos ponernos pesados.

Tenemos dos cómics en marcha: uno seguirá el formato de Éxito para perdedores, con píldoras del maestro Yan y un tono más teórico, y el otro es la historia de un emprendedor estadounidense.

DM: ¿Por qué no habéis seguido contando la historia de David?
JDF: Porque él es un tío muy vergonzoso y nunca quiso ser el protagonista del libro. Además, quería ampliar las temáticas y hablar de muchas cosas distintas, no sólo de su vida. El quid de la cuestión reside en el antetítulo: “El Kung-fu de los negocios presenta…”. A partir de ahí, podemos hacer todas las historias que se nos ocurran.

DM: O sea, que esta serie puede durar…
JDF: Hasta el infinito.

Texto: Julio Soria