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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

Queridos lectores

El equipo de DOZE Magazine, tras cuatro años y medio en el sector editorial, se despide de todos vosotros entre sonrisas y lágrimas. Lágrimas porque dejamos de informaros diariamente y sonrisas porque esta experiencia ha sido una de las más gratificantes de nuestras vidas.

Corren tiempos difíciles y las oportunidades para seguir a flote son tan escasas que hemos decidido paralizar este proyecto para embarcarnos en otros cuya viabilidad sea, valga la redundancia, viable.

Queremos agradecer a nuestros lectores el apoyo incondicional y el cariño con el que nos habéis arropado durante todo este tiempo, y a todos los profesionales que han hecho de DOZE un medio de información cultural de calidad. 

 

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

De qué hablan cuando hablan de correr

Mucho se corre últimamente. Mucho sale la gente a los parques y a los asfaltos a darle a la zapatilla ergonómica, con cámara de aire y articulación extra soft, mucho y bien. O no tan bien, pero se da el pego, que postureo lo hay en cualquier sitio y hacer running no es la excepción.

Decimos que se extiende por la población una fiebre corredora importante, se escucha música acorde al ritmo cardíaco de cada uno, se patalea y se transpira para ir quemando las calorías de sobra, para no pensar en nada o para reflexionar sobre lo que, de otra forma y en cualquier otro contexto, parece que no se centre uno.

Y ¿cómo enfoca el cine esto de las carreras y los maratones? Pues de diversas formas, ya se sabe: películas hay que dedican su metraje a describir con pelos y señales las angustias y sufrimientos que un atleta desarrolla a lo largo de su entrenamiento; otras rozan de pasada el aspecto profesional de la cuestión y se limitan a ambientarse en el campo de la carrera, la zancada libre y el trote jamonero. Para todos los gustos.

Hablaremos entonces de aquellos casos en que el cine ha tendido una mano a las huídas o persecuciones tomando el tren de San Fernando (ese que es un poquito a pie y otro andando… pero rápido).

¿Alguien ha olvidado La soledad del corredor de fondo (The Loneliness of the Long Distance Runner, Tony Richardson, 1962)? A su protagonista, aquello de soltarse a correr para canalizar sus frustraciones y angustias le venía de perlas y hasta le llevaba a encontrar una motivación en la vida y una opción vital por la que decantarse.

Porque filmar al actor que se desplaza como alma que lleva el Diablo no es ninguna broma. Hay que saber cuándo y cómo seguir con la cámara al intérprete que se mueve, mejor con estilo que sin él, en una carrera hacia ninguna parte, pero siempre pareciendo que va a llegar. Eso sin mencionar el trabajo que supone para el pobre actor que, al igual que cualquier otro tipo de escena, ésta probablemente tenga que repetirla varias veces hasta que el realizador quede satisfecho.

El juego estético que sugiere la visión de un grupo de muchachos a zancada suelta se explotó alegremente en Carros de fuego (Chariots of Fire, Hugh Hudson, 1981) el gran clásico del espíritu olímpico y el amor del atleta por competir y superarse.

La canción original de Vangelis para aquella película le valió un Oscar, pero poco sirvió para inspirar a los muchos corredores y corredoras que vinieron después. Poco que compararse con la que sí es tema fundamental de todo aficionado al running que se precie: “Eye of the Tiger” (Survivor, Scotti Brothers Records, 1982) compuesta expresamente a petición de Stallone para su Rocky III. Nada mejor para exprimirse un pelín y currarse la resistencia en esto del entrenamiento en carrera.

Pero lo importante a la hora de ver corriendo a los personajes de una película, es que nos creamos que tienen prisa, que se están esforzando en ir rápido y alcanzar la meta cuanto antes. No siempre se dan casos de runners profesionales, sino más bien gente que va apurada, casi siempre porque la persiguen.

Algunos momentos inolvidables de estas características son los que nos ofrecieron Nicolas Cage en Arizona baby (Raising Arizona, Joel & Ethan Coen, 1987) con una media en la cabeza y a trote limpio por la carretera, por no ser pillado robando un paquete de pañales; o Griffin Dunne en Jo, ¡qué noche! (After Hours, Martin Scorsese, 1985) al quien ya no le podían hacer perder más dinero ni más medios de transporte público.

No nos olvidamos de Graham Chapman en sandalias y escapando de la horda de fanáticos que lo confunden con Jesús (el de Nazaret) en La vida de Brian (Life of Brian, Terry Jones, 1979) y tampoco se queda corto Ewan McGregor en Trainspotting (Danny Boyle, 1996) que aunque la película cuenta con varias escenas memorables, aquella en que el flacucho yonki se escapa junto a sus colegas por la calles de Edimburgo, hasta se escogió para el tráiler:

Pensando en corredores más curtidos, aparece Dustin Hoffman huyendo de un dentista nazi en Marathon Man (John Schlesinger, 1976) y claro, como está en forma (casi) no le pillan; o Michael Fassbender luciendo todo su potencial y su buen par de piernas por canalizar su energía de otra forma que fornicando, en Shame (Steve McQueen, 2011).

Y también nos viene a la memoria la figura barbuda de Forrest Gump (Robert Zemeckis, 1994) cruzando los Estados Unidos, porque una vez que había comenzado, ya no podía parar.

En nuestras pantallas también tuvimos un corredor bastante estiloso: Zoe Berriatúa interpretaba a Martín, un chaval que se pateaba las barriadas de Madrid imitando a sus ídolos africanos de atletismo y se enamoraba de la debutante Elena Anaya, en África (Alfonso Ungría, 1996).

E igual que Martín, el personaje al que interpretaba Franka Potente en Corre Lola, corre (Lola Rennt, Tom Tykwer, 1998) no se tomaba un respiro en el tiempo que duraba la historia, ambientada en Berlín y contada en diferentes tomas, como por diferentes puntos de vista y posibilidades.

Lo mismo le pasaba a Rudy Youngblood como Yaguar Paw, el maya trotón protagonista del film Apocalypto (Mel Gibson, 2006).

Y aunque no corrían estrictamente, sino que se dedicaban a bailar día y noche sin apenas descanso, los personajes de Danzad, danzad malditos (They Shoot Horses, Don’t They?, Sydney Pollack, 1969) se dejaban las rodillas, los muslos, las pantorrillas y los talones por un poco de comida y una buena cantidad de dinero en caso de que ganaran aquel concurso de baile en plena Gran Depresión.

Y nos quedaremos con la duda de saber si a Jennifer Lawrence le dieron el Oscar este año por las carreras que se pegó junto a Bradley Cooper en El lado bueno de las cosas (Silver Linings Playbook, David O. Russell, 2012). Lo que se dice desarrollo interpretativo como para ganar el premio, la verdad, poco, aunque se puso en forma.

Ilustración: Anna Rettberg

Texto: María López Villarquide