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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

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DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

Carretera y cine

Puede que ver a Jack Kerouac con la cara del mismo actor que también (y tan bien) había prestado rostro a Ian Curtis en Control (Anton Corbijn, 2007) la desoriente a una un poco. Es natural, nada de lo que alarmarse, pero después de ver la adaptación que Walter Salles se ha marcado para el cine de la novela icónica y generacional On the Road, nos quedamos un poco extrañados por otras varias cosillas.

Para empezar, que se trata de una road movie, ya saben: peli que gira en torno a un recorrido por carretera y que transcurre durante el tiempo que éste dure, real o figuradamente.

Como todo largometraje de estas características, On the Road debería alentar al espectador que la ha escogido a seguirla con interés porque quiere ver hasta dónde son capaces de llegar sus personajes, real o figuradamente. On the Road, la verdad, lo desanima a uno bastante ya desde el comienzo.

Una película que se arriesga a contar una historia que a tantas personas influyó tanto durante una época y con una cierta edad. El retrato de la generación beatnik (para los que la criticaron) o beat (para los que la siguieron) diluido en imágenes como puestas en remojo, aflojadas y desaladas.

La novela de Kerouac conformó la mentalidad de muchos que, después de leerla, se animaron a comportarse como sus protagonistas, más bien “pasando de todo” pero con mucha ambición de conocimiento, sexo y experimentación con sustancias psicoactivas (anfetamina y hachis, concretamente).

Pero viendo la película, uno se siente decepcionado porque no es posible que semejante plantel de actores y actrices -¡están todos!-  se desaproveche tanto, y porque también cuesta creer que semejante material argumental, a la hora de plasmarse en la pantalla, quede convertido en mera conversación y algún que otro pecho descubierto, como de refilón.

Así que retomando el asunto de las road movies aquí les dejamos una buena selección: ninguna de ellas les dejará con la sensación de pérdida de tiempo.

Para abrir boca, proponemos el clásico noir de Edgar G. Ulmer, Detour (1945) una exquisita lección de cine que ubica a sus personajes en la carretera y a la deriva, hasta un destino fatal del cual ninguno escapa por mucho que conduzcan su coche.

Y es que, en muchas ocasiones, las road movies contienen un mensaje implícito de fatalidad y, cuando sus protagonistas alcanzan la meta, lo único que consiguen es conocerse un poco mejor a sí mismos y alucinar con el resultado.

En 1939, La diligencia (Stagecoach) de John Ford, toma un relato de Ernst Haycox inspirado en otro cuento de Guy de Maupassant y lo convierte en una road movie del salvaje Oeste.

Los contextos de las películas que viajan por carretera pueden ser muy diferentes. Autopistas y caminos hay por todas partes, pero la cultura de cada sitio puede variar. Aunque esta lista se centra en historias que cruzan los Estados Unidos, también las hay que se desplazan por otros continentes, como Carreteras secundarias (Emilio Martínez Lázaro, 1997) que contaba los meses para la llegada de la Transición y en ese ambiente tan gris, nos hablaba de un padre y un hijo que, viajando por España, conocían a gente, se enamoraban, huían de la justicia y conducían un Citroën DS.

Y también en castellano, aunque esta vez moviéndose por México y sus luminosos caminos de asfalto, Y tu mamá también (Alfonso Cuarón, 2001) acercaba a su público a las experiencias postadolescentes de dos chicos que descubrían hasta dónde les podía llevar su amistad, de la mano de una atractiva mujer con más de un secreto en la maleta. Una road movie bien “padre” y con una banda sonora perfecta para llevarse de viaje, por cierto.

Pero hay veces en que estas historias de automóvil, adonde verdaderamente conducen es a los rincones oscuros de la mente de una mala persona, de un asesino por ejemplo. Eso pasó en la visualmente estresante Asesinos natos (Natural Born Killers, Oliver Stone, 1994) una excusa para abrir la puerta de las inquietudes y razonamientos más viscerales de dos asesinos por naturaleza.

Otro ejemplo claro de un asesino que viaja y un poli que lo persigue es No es país para viejos (No Country for Old Men, Joel y Ethan Coen, 2007), que adaptaba una novela del autor de The Road (Cormac McCarthy) y ponía los pelillos de punta gracias a la entrega interpretativa de nuestro macho más ibérico, Javier Bardem.

Y dos que no eran malas personas pero que se querían mucho también a golpe de pistola y en plena Depresión americana: Bonnie and Clyde (Arthur Penn, 1967) contaba con dos guapos con todo el glamour de Hollywood (Warren Beatty y Faye Dunaway) y los ponía a dar tiros y atracar bancos.

Las que tampoco se cortaban un pelo en disparar sus armas eran Thelma y Louise (Ridley Scott, 1991) una emocionante película sobre la eternidad de la amistad y el orgullo de dos fugitivas que tan sólo querían disfrutar de un fin de semana al volante de su Ford Thunderbird azul cielo, pero se les torció un poco el plan a medio camino del Gran Cañón del Colorado.

En la misma época que Bonnye and Clyde se ambientaba Lolita (Stanley Kubrick, 1962), sin duda la mejor versión que se ha hecho del clásico de Nabokov, tan maltratado por tendencias de moda y directores de cine desaprensivos. Lolita, entendida también como una road movie en la que el protagonista retrocede mentalmente en el tiempo para contar qué fue de su amada menor de edad, mientras va de camino a reencontrarse con ella, en un presente nada idílico ni romántico, es un viaje y realiza diversas paradas. Todas por carretera.

Dos en la carretera (Two for the Road, Stanley Donnen, 1967) también apuraba el sentido nostálgico, en aquel caso de un matrimonio que vuelve sobre sus propios recuerdos, cuando parece que ya no hay nada que hacer por salvar la relación presente. Audrey Hepburn y Albert Finney viajaban por la Riviera francesa y el periplo les servía para hacer balance y tomar una decisión.

Se cuentan por toneladas los ejemplos de películas de amantes que viajan en coche y se redescubren con cada curva y cada peaje, pero alguna hay que trata el tema de una forma un poco más original. Sirva de muestra Paris, Texas (Wim Wenders, 1984) que con todo el dramatismo posible, apoyándose en silencios infinitos bien propios del desierto, contaba como un hombre va en busca de su mujer a quien hace tiempo que perdió la pista, sin decir ni una palabra. Normal que no hable, si a quien se encuentra cuando la encuentra es a Natassja Kinski.

Flores Rotas (Broken Flowers, Jim Jarmusch, 2005) acusaba un romanticismo bien distinto. Su protagonista, Bill Murray, un don Juán ya algo caduco, se dedicaba a visitar a las que fueron las amantes que en su vida, por aquello de saber cuál de ellas es la madre de un hijo recién descubierto. El viaje en este caso era de colores gris y rosa, al cincuenta por ciento.

Para acercar al espectador a la idea de aquél que disfruta haciendo un viaje porque sabe apreciar tanto los lugares que atraviesa como las personas a las que se va encontrando, hay dos road movies nada desdeñables: Una historia verdadera (David Lynch, 1999) y My Blueberry Nights (Wong Kar Wai, 2007). La primera, y gracias a una monumental banda sonora original de Angelo Badalamenti, a todos nos pareció tierna y emotiva, un viaje con un sentido claro: la familia es lo primero, incluso llegados al final. La segunda aportaba luz a los espacios interiores de los bares y de las cafeterías de carretera. Nora Jones comía todo el pastel de arándanos que le servía Jude Law y viajaba mucho, en coches comprados de segunda mano, con dinero ganado en timbas de póker y con la ayuda de Natalie Portman. Una muy bonita historia de recorridos bien rodados.

Y quedan cuatro para rematar la selección.

Una para los amantes del terror inexplicable: El incidente (The Happening, M. Night Shyamalan, 2008) un viaje al que conviene darle un vistazo aunque sólo sea por descubrir que a la pizpireta Zooey Deschanel también le van los papeles de sufridora, y porque arrastra consigo más de una interpretación posible.

Otra para bohemios descarrilados: Hacia rutas salvajes (Into the Wild, Sean Penn, 2007) que lanzaba a la aventura y camino de Alaska a un inconsciente niñato egoísta con un sentido desviado de la filosofía hippie, además basado en el relato autobiográfico de dicho personaje.

Y dos para pasar el rato y echarse unas risas, algo que siempre se agradece en los viajes largos: The Mexican (Gore Verbinski, 2001) y Pequeña Miss Sunshine (Jonathan Dayton, 2006).

Buen viaje y conduzcan con cuidado.

Texto: María López Villarquide