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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

Queridos lectores

El equipo de DOZE Magazine, tras cuatro años y medio en el sector editorial, se despide de todos vosotros entre sonrisas y lágrimas. Lágrimas porque dejamos de informaros diariamente y sonrisas porque esta experiencia ha sido una de las más gratificantes de nuestras vidas.

Corren tiempos difíciles y las oportunidades para seguir a flote son tan escasas que hemos decidido paralizar este proyecto para embarcarnos en otros cuya viabilidad sea, valga la redundancia, viable.

Queremos agradecer a nuestros lectores el apoyo incondicional y el cariño con el que nos habéis arropado durante todo este tiempo, y a todos los profesionales que han hecho de DOZE un medio de información cultural de calidad. 

 

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

Pereza clásica

Difícil es que engañemos a alguien: somos tan condenadamente cíclicos como un gusano de seda, camino del mariposeo espléndido. En cuestión de modas y tendencias, seguimos etapas que se repiten con el paso de los años: primero una cosa, luego la contraria, luego otra vez la primera y así sucesivamente.

El cine, cómo no, se ajusta al esquema. Hoy asistimos (porque toca) al estreno de películas que recuperan el estilo clásico, preciosista y antiguo. Es la moda contemporánea y nada podemos hacer al respecto. Ya se nos pasará.

Si no se nos pasa, corremos el riesgo de quedarnos estancados en una actitud pasivo-contemplativa nada buena; puede ser peligroso que lo que viene siendo arte en las próximas décadas se reduzca a la simple admiración por lo estéticamente bello y punto. Esperemos que así no sea e insistimos: se nos pasará.

Por no mezclar asuntos y puesto que otros ya lo han hecho antes con mucho acierto y sobrada sensatez, aquí lo dejamos invitando a abrir debates al respecto. Seguimos con lo nuestro.

Este año nos deleitan con una nueva versión de la “timeless” Romeo y Julieta, una historia que creíamos agotada pero a la que, por lo visto, todavía se le puede exprimir algo de zumo.

Atrás queda la espléndida imaginada por Franco Zeffirelli (1968) y la más reciente y preferida de esta que firma el artículo, Romeo + Juliet (Buz Luhrmann, 1996) propia de un tiempo en el que se llevaba hacer cosas modernas y macarras, sin olvidarse de la enjundia argumental fundamental.

Para ilustrarles con esto de la modernidad bien entendida, aparcaremos en una película cuya versión más reciente parece que no ha terminado de caerle bien a los espectadores (a pesar de la insistencia en el bicentenario del nacimiento del autor de la novela en que se basa y de lo aparatosa que se pretendía). Hablamos de Great Expectations (Mike Newell, 2012) un truño de algo más de dos horas de duración, empeñado en rodear el texto de Charles Dickens sin permitir que el camino quede abierto a lecturas actuales.

La Grandes Esperanzas dirigida por Alfonso Cuarón en 1998, con Anne Bancroft, Robert De Niro, Gwyneth Palthrow y Ethan Hawke como protagonistas, fue de las excepciones más bonitas que ha dado de sí el cine en sus variados reencuentros con un clásico literario. Se tomaban la novela y su significado (la persecución de una ilusión, el éxito en la vida no por lo que “ganamos” de forma material, sino por el lugar que alcanzamos y la persona que llegamos a ser siguiendo nuestros sueños e ilusiones) y se llevaba a los años 90 en los Estados Unidos, entre Florida y Nueva York.

Grandes Esperanzas se veía y entendía con la emoción que correspondía a esa historia; pese a contar con una banda sonora que comprendía demasiados temas de demasiados grupos sólo reconocidos entonces, la magia le llegaba al espectador directamente por los ojos, porque toda ella era de color verde esperanza.

No sólo los dibujos de Francesco Clemente servían para ilustrar los pensamientos del personaje protagonista, aunque es cierto que eran impresionantes y tremendamente expresivos. A ellos se sumaba la dirección de fotografía de Emmanuel Lubezki y lograba que uno viera la película y adquiriera, sin apenas darse cuenta, el sentido “orgánico” de lo que le estaban contando. Todo verde, todo ilusión.

Pero no solo si se ambienta una historia antigua en el contexto contemporáneo, se logra aprehender mejor el contenido general de la misma o su sentido. Veamos otro ejemplo: Kenneth Branagh, un experto en llevar a terrenos imprevisibles las comedias y tragedias que William Shakespeare pensó y desarrolló en el siglo XVI. Mucho ruido y pocas nueces (Much Ado About Nothing, 1993) o Hamlet (1996) constituyen dos magníficas representaciones de dos clásicos indiscutibles que ayudan, cada uno a su manera, a comprender mejor al dramaturgo más famoso de todos los tiempos sin necesaria precisión contextual.

Aún pendiente de llegar a nuestra cartelera, se ha hecho una versión de la primera con fotografía en blanco y negro y una banda sonora bien calentita: Joss Whedon, el autor de la serie Buffy cazavampiros (que nadie se asuste, que de todo hay que hacer en esta vida) se lanza a contar otra vez y en clave hipercontemporánea los enredos shakesperianos de Mucho ruido y pocas nueces. Por aquí dejamos el tráiler de ambas y que cada uno opine a su parecer:

Se puede ser riguroso en cuanto a la veracidad de lo contado, siguiendo al pie de la letra las formas y las épocas en que aquello fue escrito, pero lo verdaderamente valioso en esto de contar historias en una pantalla, es llegar al receptor, hacerlo partícipe de la película y meterlo en la idea de aquello que está pasando de manera ficticia con imágenes y sonidos. De modo que no importa el contexto sino el entendimiento. Más contenido que continente, digamos.

Aunque también se dan fiascos, cuando aquello que viaja en el tiempo se cuenta sin demasiado respeto por el conjunto original. Hay cosas que mejor dejarlas como están. Vean el caso de Carta de una desconocida (Letter from an Unknown Woman, Max Ophüls, 1948) y su adaptación contemporánea y oriental tan fuera de tiesto (Yi ge mo sheng nu ren de lai xin, Xu Jinglei, 2004). Si Stefan Zweig, autor del libro en que se basan ambas cintas levantara la cabeza, es más que probable que diera las gracias al primero y se acordara de todos los muertos del segundo. Aquella mujer enamorada que seguía a su amante desde la sombra y sin que él lo supiera, ese apoteosis musical y esa emoción que tan bien comunicaba el clásico de Ophüls, se perdían en un lacrimógeno relato sin gracia ni matices. No olvidamos a Joan Fontaine haciéndose mayor y siguiendo enamorada del mismo hombre que cuando era una niña, pero apenas logramos recordar qué fue de la versión china del clásico de Zweig.

Se nos pasará.

Texto: María López Villarquide