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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

Queridos lectores

El equipo de DOZE Magazine, tras cuatro años y medio en el sector editorial, se despide de todos vosotros entre sonrisas y lágrimas. Lágrimas porque dejamos de informaros diariamente y sonrisas porque esta experiencia ha sido una de las más gratificantes de nuestras vidas.

Corren tiempos difíciles y las oportunidades para seguir a flote son tan escasas que hemos decidido paralizar este proyecto para embarcarnos en otros cuya viabilidad sea, valga la redundancia, viable.

Queremos agradecer a nuestros lectores el apoyo incondicional y el cariño con el que nos habéis arropado durante todo este tiempo, y a todos los profesionales que han hecho de DOZE un medio de información cultural de calidad. 

 

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

Empatía por el demonio

Tengo 23 años y 50.000 pesetas y estoy solo en el Mundo. Intentaré ser un buen marido para ti y un buen padre para tus hijos”, dijo un buen día Antonio Banderas delante de la cámara de Pedro Almodóvar. Pena inmensa que nos dio a todos. Aquel Ricky que secuestraba a Victoria Abril y la forzaba a enamorarse de él, atándola bien atadita, dio la vuelta a gran parte del mundo e inscribió a la película ¡Átame! (1990) en la enorme lista de largometrajes que cuentan con un malo que no es tan malo como él cree y que, por eso mismo, nos da tanta penita a los que lo vemos.

Inspirado por el suceso real que tuvo lugar en un banco de Brooklyn, en 1972, Sydney Lumet desarrolló el guión y la dirección de la pieza de colección Dogday Afternoon (Tarde de perros, 1975) una impresionante y patética historia de dos muchachos (porque el tercero se rajó a los cinco minutos de iniciar la faena) que tratan de robar un banco sin tener ni idea de cómo hacerlo y sin que nadie llegue a sospechar –sin duda es uno de los momentos más conmovedores de toda la trama- con qué fin. Al Pacino encarnaba a Sonny Wortzik con la intensidad de siempre, con sus ojos y con su boca, poniéndonos a todos al borde del llanto por estar haciéndolo todo tan mal desde el principio; que robar dinero no debe de ser tan complicado… al menos hoy en día.

Y viajando un poco más atrás en el tiempo, en plan Nacho Vigalondo con sus Cronocrímenes (2007) -peli que, por cierto, tampoco dejaba muy bien parado a ese amago de asesino de tijera en mano con que se coronaba el propio cartel-, en serio, ¿alguien sintió miedo alguna vez de la Bruja del Oeste? Nos referimos a esa señora enana con la cara pintada de verde y las uñas como patatas fritas que se reía tan molestamente ante Dorothy y su troupe estrafalaria durante algunas memorables escenas de El mago de Oz (1939). Era una mala bien cutre, más bien antipática, pero aterradora, lo que se dice aterradora, casi que no.

Para miedo del bueno, el que nos dio a todos Hannibal Lécter en El silencio de los corderos (The silence of the Lambs, 1991) aquel psiquiatra caníbal con la cara de Anthony Hopkins y una especial debilidad por masticar las caras de los guardias de seguridad de su celda, sin embargo, nos caía simpático, o al menos nos parecía respetable que fuera tan sabio y buen consejero.

Han sido muchos los malos a los que les tomamos cariño en el cine de todos los tiempos y podemos seguir citando casos como el de aquel Joker al que prestó su físico el fallecido Heath Ledger en El caballero oscuro (The dark Knight, 2008), aunque si somos sinceros, los papeles póstumos siempre le ablandan a uno más de la cuenta y, a pesar de ser un malvado con bastante sorna y desparpajo, si nos causaba ternura no era por lo que decía sino porque para cuando se estrenó la película, el actor ya no estaba entre nosotros.

Generando en la audiencia un matiz de compasión diferente, los dos secuestradores de Fargo (1996), en la piel de Steve Buscemi y Peter Stomare, se dedicaban a marear la perdiz y a volver loco al protagonista, a todo menos a ejercer su trabajo. Los veíamos huir y sobornar hasta matarse entre ellos por medios más propios de la charcutería tradicional, pero sustos, ninguno.

Se da también el caso de un malo malvado, que no deja de serlo durante el tiempo que dura la película y que, pese a todo, al espectador le dan ganas de sentarse a tomar una cerveza con él. Hablamos de Christoph Waltz y su oficial del SD Hans Landa en Malditos Bastardos (Inglorious Basterds, 2009), un cabrón con todas las letras que de tan bien que lo hace hasta nos creemos que puede ser simpático. Las paradojas de los grandes actores, suponemos.

Sin olvidarnos de Almodóvar, con quien comenzábamos este artículo, porque fue él quien nos regaló al personaje del violador más inocente que recuerda una pantalla de cine: Javier Cámara como Benigno en Hable con ella (2002), no hacía más que beneficiarse de una Leonor Watling en coma y dejarla embarazada, pero siendo tan delicado y sensible que nadie sospechaba de sus ocultas intenciones, sus deseos y su soltura a la hora de abusar de los incapacitados.

No vamos a terminar estas líneas sin dos menciones de honor al universo televisivo, en lo que a asesinos bondadosos y malas personas majas se refiere: Dexter (2006) y Breaking Bad (2008) plantean dos casos de corrupción moral y social que, cada uno en un tono bien distinto, consiguen que el espectador siga al malhechor de turno y hasta sufra por él y por sus desgracias personales.

Da igual que Dexter Morgan, el especialista forense del cuerpo de Policía de “Miami Metro” se dedique a descuartizar a señores y señoras para lanzarlos luego al mar, metidos en bolsas de basura, porque tiene sus propios problemas personales y familiares que uno llega a comprender. Sus víctimas son todos criminales, eso es cierto, pero el “chico de la sangre” no es mejor persona por ello, lo que pasa es que nos gusta.

Por lo que a Walter White y Jessie Pinkman se refiere, hagamos constar que los dos son personajes con una redondez excepcional, dados los tiempos tan prolíficos que corren en lo que a series y televisión se refiere: no es fácil dotar a estas dos personas de ficción de la humanidad que se merecen, siendo profesor y alumno, convertidos en fabricantes de metanfetamina. Los protagonistas de Breaking Bad son gánsters en toda regla pero pocos buenos hay que nos atraigan tanto como ellos.

Texto: María López Villarquide