hit counter joomla
NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

Queridos lectores

El equipo de DOZE Magazine, tras cuatro años y medio en el sector editorial, se despide de todos vosotros entre sonrisas y lágrimas. Lágrimas porque dejamos de informaros diariamente y sonrisas porque esta experiencia ha sido una de las más gratificantes de nuestras vidas.

Corren tiempos difíciles y las oportunidades para seguir a flote son tan escasas que hemos decidido paralizar este proyecto para embarcarnos en otros cuya viabilidad sea, valga la redundancia, viable.

Queremos agradecer a nuestros lectores el apoyo incondicional y el cariño con el que nos habéis arropado durante todo este tiempo, y a todos los profesionales que han hecho de DOZE un medio de información cultural de calidad. 

 

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

El gran Luhrmann

Casi tan difícil es imaginarse una película de Baz Luhrmann sin estridencias, como un desierto sin arena o una nevera sin media cebolla en uno de sus estantes. Al director australiano le van los efectos visuales y sonoros y este año se atreve con una nueva versión del clásico de F. Scott Fitzgerald, The Great Gatsby (1925), aquél del que ya se había encargado Jack Clayton de volver inmortal en una película con Mia Farrow y Robert Redford como protagonistas en 1974.

Existen otras adaptaciones, como la producción televisiva del año 2000 con una Mira Sorvino algo descontextualizada, o la silente de Herbert Brenon (1926) pero todo parece indicar que la que anuncia Luhrmann no decepcionará a sus seguidores.

En Baz Luhrmann hay un estilo de filmación que no le abandona. Uno puede adorar sus ansias de plasmar en revoloteos de cámara y golpes de sonido, las historias románticas que hasta la fecha ha venido contando, o huir de tan molesto compendio de pirotecnia cinematográfica. O lo odias o lo amas, pero sólo si lo conoces.

Mark Anthony Luhrman apostó por utilizar la denominada “Trilogía de la cortina roja” (Red Curtain Trilogy) como su carta de presentación al mundo de la dirección de cine.

En su primera pieza Strictly Ballroom (El amor está en el aire) (1992) se contaban las “aventuras” de un grupo de personajes algo arquetípicos y bastante histriónicos (la patito feo que se quita las gafas y resulta “bellisísima”, la madrastra malvada, el guaperas de cartón…) en torno a los concursos de baile de salón; notablemente influido por las narraciones familiares (su madre daba clases de baile de competición) Luhrmann parece que no termina de desprenderse de esta tendencia al musical esperpéntico, ni en sus trabajos más recientes, fuera de la trilogía.

En 1996 llegaba la segunda película de esa cortina roja: Romeo + Juliet. Leonardo DiCaprio, que a punto estaba entonces de convertirse en empapelador oficial de carpetas de adolescentes gracias al éxito inusitado de Titanic (1997), se catapultó aún más lejos como protagonista del film, junto a la dulce Claire Danes. Esta versión de la tragedia romántica por excelencia puso los pelos de punta a más de un purista recalcitrante, porque la bella Verona se cambiaba por un México D. F. cargado de violento colorido, y porque los terciopelos medievales se habían convertido en camisas hawaianas y pantalones vaqueros.

Licencias estilísticas aparte, lo cierto es que la película seguía con sorprendente detalle el texto original de Shakespeare y sirvió para que mucho joven descolgado se enganchara al clásico para siempre.

La tercera entrega de la trilogía apareció en 2001, aderezada con los gorgoritos lánguidos de Ewan McGregor y Nicole Kidman, probablemente la pareja con menos química de la historia del cine. Moulin Rouge! quiso poner sobre el escenario otra fábula más de amores imposibles y destinos fatales, abusando de la confianza que su público le había dado respecto a los usos alternativos de imágenes y sonidos por encima de las historias. El recurso al anacronismo, poniendo a unos personajes de principios del siglo XX cantando T. Rex, Madonna, The Police, Queen o Fatboy Slim cuajó a las mil maravillas entre las nuevas generaciones, fue nominada al Oscar como mejor película de ese año y batió récords de taquilla.

Siete años hubo que esperar para ver un nuevo largometraje suyo. Entre medias se dedicó a la publicidad y, aprovechando el tirón de Nikole Kidman, organizó una mini peliculilla sobre cierto conocido perfume con nombre de número primo (año 2004):

De él se dijo que era el anuncio más caro de la historia.

De modo que en el año 2008 ya estábamos listos para recibir Australia, otra vez con Nicole Kidman y otra vez con romanticismos de pretensiones épicas, eso sí, mucho más contenido en esas maniobras visuales de tipo circense tan habituales en el portfolio del director.

El argumento de Australia repetía con descaro los conflictos clásicos de macho embrutecido y la aristócrata con complejo de superioridad, forzados a conocerse, convivir y amarse apasionadamente en territorios poco civilizados. Si Humphrey Bogart y Katherine Hepburn lo eran en la selva africana en La reina de África (John Huston, 1951), Meryl Streep y Robert Redford también en un rancho de la sabana del mismo continente (Memorias de África, Sydney Pollack, 1985), y Harrison Ford y Anne Heche tonteaban llenos de barro por la selva de una isla tropical en Seis días, siete noches (Ivan Reitman, 1998), ahora eran Hugh Jackman y Nicole Kidman los que se peleaban en el continente australiano, en 1939.

Y desde entonces, nada de supo de Luhrmann hasta hoy, que tenemos noticia del inminente estreno de The Great Gatsby, con Leonardo DiCaprio, Carey Mulligan y Tobey Maguirre en cabeza de cartel.

The Great Gatsby es mucho más que un romance atormentado, es una de esas reveladoras historias sobre la madurez  del adolescente y el reconocimiento personal, la ambición, la mentira y la muerte; es un fábula sobre el desengaño, que advierte de los peligros de la idealización extrema que todos hacemos de aquellos que nos fascinan.

Viendo el tráiler uno se figura mucha matraca y grandiosa selección musical para una historia que, por otra parte, no es que necesite de tanto andamiaje para sostenerse en pie… Aunque bien pensado: Shakespeare tampoco lo necesitaba.

Texto: María López Villarquide