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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

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DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

Soñando el cine en España

Año de gracia del futuro, uno cualquiera lo suficientemente lejos de este presente que nos ahoga y nos nubla el sentido, que nos lo pone todo negro como la noche. Negro como una pantalla de cine justo antes de que comience la película. Decía que era el futuro y que en ese momento las cosas, en lo relativo al cine español, eran maravillosas. Eran posibles.

Uno se sentaba a desayunar y abría el periódico comenzando por la sección de cine, se leía las reseñas con curiosidad y respeto, creyendo en sus contenidos porque eran auténticos y uno se los podía tomar en serio; la persona que los escribía era un buen escritor, un buen conocedor de los cines de diversas culturas y épocas y un sensato comunicador. Sus textos se podían leer y uno entendía lo que en ellos se decía.

Después de leer, uno decidía la película que quería ver y se compraba la entrada, cuyo precio era asequible, un precio normal para ir una vez a la semana, por eso iba y hasta invitaba a su acompañante.

En ese día del mañana, ver películas hechas en España era como asistir a ocasiones diferentes de conocer buenas creaciones, creaciones atrevidas y en continua renovación del género. Daba gusto ir al cine.

Igual de gustoso era charlar sobre cine en España, sobre actores y realizadores españoles, pero también sobre directores artísticos, compositores de bandas sonoras, montadores… Gente conocida y reconocida, valorada justamente por sus esfuerzos y resultados. Las películas españolas en ese ambiente futurista lucían orgullosas una identidad propia, sin complejos ni frustraciones, porque eran plenamente conscientes de su sitio dentro de su espacio, que no era el de otros más poderosos y prolíficos.

Ese era el cine español de un futuro imaginario.

Sin embargo, al cine español del presente real le sucede como a los gatitos callejeros. La comparación suena algo extraña a priori, pero no es difícil de entender, no es lo imposible. La manera de evitar que nos den pena esos tiernos animalitos asomados tras un cubo de basura, en una calle poco transitada de nuestro barrio (o del de otros) no es llevándolos todos a casa, ni alimentándolos a diario con sobras de comida para que crezcan y se reproduzcan. No señores, estas criaturas deben buscarse la vida ellas solas, deben sobrevivir con lo que hayan aprendido, con lo que sepan y puedan encontrar; si no lo hacen será porque nuestras calles (o las de otros) no son lugar para que ellos existan, al menos no lo son para todos, quizá sólo para los más fuertes y sabios. Así de simple y natural todo.

De nada sirve alimentar a nuestro cine con subvenciones desmedidas (tiempos de bonanza que quedaron atrás) ni regalarle críticas favorables que no son sinceras. Hay que dejarlo que avance por sí mismo y que sobreviva como pueda. Las buenas historias y los buenos profesionales deberían ser los que llegaran a algún sitio decente.

Pero en nuestro barrio cada vez hay más gatitos hambrientos, criaturas indefensas que maúllan bajo los coches implorando atención y cuidados. Sus madres no pueden alimentarlos porque ellas mismas están desnutridas: ya no hay ratas ni ratones a la vista en las calles de nuestro barrio, hay que ir a buscarlos a otro sitio.

Como en España hay crisis, la gente no va al cine, así que ¿quién va a querer pagar por hacer una película que no va a dar beneficios? Entonces se invierte en chorradas. Las televisiones privadas comienzan a producir “a lo loco”, copiando indiscriminadamente formatos norteamericanos, como si en España fuera posible lo que en Estados Unidos llaman blockbuster. No se engañen, no lo es. Aquí tenemos un estigma grabado a fuego llamado “españolada”.

Las españoladas existieron siempre en nuestras pantallas y son parte de nuestra cultura, antecedentes y orígenes de lo que hoy se fabrica con el sello de “cine español”. Pero no nos gusta reconocerlo y odiamos acordarnos de ellas.

Pero antes de J. A. Bayona y Rodrigo Cortés, antes de Fresnadillo, Fernando León, Enrique Urbizu, Amenábar, de Julio Médem o el Almodóvar de ahora, existieron Fernando Trueba, Montxo Armendáriz, Colomo, Saura, el Almodóvar de antes… Ellos hacían cosas que se identificaban con el cine español y que, erróneamente, en muchos casos se confundía con la temida españolada, a saber: tetas, chistes zafios, guerra civil y fritanga.

Hoy muchos siguen creyendo que las cosas siguen siendo así, ya no recuerdan el día en que Amenábar estrenó Tesis (1996) y cambió para siempre el rumbo de este sector de nuestra cultura. No porque fuera una buena película, ni tampoco porque la filmografía de este director siguiera un curso digno y positivo en trabajos posteriores, sino porque se atrevió a probar con otro estilo, uno que nada tenía que ver con la españolada y creó tendencia.

Lo malo es que los errores de aquella modesta producción de los noventa los seguimos pagando en el siglo XXI: Tesis copió impúdicamente y, a su vez, los que la siguieron copiaron a Tesis como quien sigue un dogma de fe, sin cuestionarlo. Y así nos va.

Nos va bastante mal y nos dedicamos a maullar bajo los coches, a ver si alguien se apiada de nosotros.

El cine en nuestro país, igual que el cine en cualquier otro sitio, ha evolucionado y sigue haciéndolo, es un ente vivo y no puede hacer otra cosa. Recibe influencias e influye sobre los demás, despunta en algunos aspectos y es abominable en otros, naturalmente. Pero, por favor, dejen de menospreciarlo. Dejen de alimentar a ese gatito a escondidas (y si les ve la poli, de paso les cae una multa). Dejen que los que merecen la pena salgan adelante sin lacras ni complejos.

Porque nosotros lo valemos; también.

Texto: María López Villarquide