hit counter joomla
NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

Queridos lectores

El equipo de DOZE Magazine, tras cuatro años y medio en el sector editorial, se despide de todos vosotros entre sonrisas y lágrimas. Lágrimas porque dejamos de informaros diariamente y sonrisas porque esta experiencia ha sido una de las más gratificantes de nuestras vidas.

Corren tiempos difíciles y las oportunidades para seguir a flote son tan escasas que hemos decidido paralizar este proyecto para embarcarnos en otros cuya viabilidad sea, valga la redundancia, viable.

Queremos agradecer a nuestros lectores el apoyo incondicional y el cariño con el que nos habéis arropado durante todo este tiempo, y a todos los profesionales que han hecho de DOZE un medio de información cultural de calidad. 

 

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

Limpiando el polvo

La idea de poner ante nuestras narices a dos (o tres, o cuatro…) personas en pleno meneo íntimo cuando estamos viendo una película que trata otros muchos asuntos (por lo general, más interesantes que esa escena en sí) no es más que un aspecto del séptimo arte al que muchos tienen alergia: el sexo en el cine. Existe en la película de Gaspar Noé Irreversible (2002) una escena que levantó ampollas y provocó largos comentarios por mostrar, en plano secuencia y durante cerca de ocho minutos, una violación.

Cierto que era excesiva y, aunque argumentalmente era el punto de partida en las conductas de los personajes, también era una secuencia sin más razón para existir que su repercusión en el público una vez terminada la proyección; una excusa para recordar esa cinta en vez de otras acaso no tan originales pero seguro que con muchas menos carencias: se habló largo y tendido de esa historia de violencia y venganza precisamente por enseñarnos todo aquello que podían haberse ahorrado. No sólo al personaje encarnado por Mónica Bellucci siendo forzado en plena calle, también un asesinato a golpe de extintor en la cabeza de un cliente del “Rectum”, local de intercambio sado-maso-gay, todo en tiempo real, cámara fija y sin cortes.

En un sentido menos “accesorio”, que asienta su razón de ser en el hecho mismo de mostrar cómo se comportan sus personajes cuando practican el intercambio de fluidos, encontramos por ahí perdido algún que otro retal de “cine sobre sexo” aunque es poco, muy poco, verdaderamente, digno de mención.

Por ejemplo, el argumento del reciente y conmovedor retrato de dos enfermos mentales que es Shame (Steve McQueen, 2011) que se le escurre al espectador como el mercurio entre los dedos sin que ello importe lo más mínimo. Shame expone a su protagonista en toda su crudeza física, como un personaje que arrastra carencias básicas y las compensa mediante sexo incontrolado, obsesivo y extenuante. Nada es pasional en la vida de Brandon (Michael Fassbender), desde la decoración de su apartamento en acabados de vidrio y acero inoxidable, lacados blancos y sábanas azules, hasta el gris con el que se viste para ir a trabajar. La cámara lo sigue en su periplo diario, en su búsqueda de dosis que alivien sus necesidades básicas, todas de tipo sexual.
No se sabe a qué responde su comportamiento, por qué es incapaz de relacionarse íntima y sentimentalmente con una compañera ni cohabitar con su hermana pequeña (Carey Mulligan) sin acabar la jornada metiéndose en la cama con tres prostitutas contorsionistas y vaciar sus frustraciones dentro y encima de ellas, en una secuencia cuya complejidad en el montaje de los planos hace que se pierda la perspectiva, que uno olvide que está asistiendo a una escena de sexo explícito y se centre sólo en el rostro afligido de ese pobre desgraciado que es Brandon.

Por su parte, en Elles (Malgowska Szwamowska, 2011) una periodista, madre de familia acomodada (Juliette Binoche), recibe los testimonios de dos adolescentes que se venden sexualmente a hombres mucho mayores que ellas y con eso escribe un artículo. Del afán investigador profesional que motiva a la periodista en un principio, se pasa a la curiosidad morbosa de saber exactamente qué hacen las chicas en sus encuentros, cómo son sus clientes y cuáles las preferencias y peticiones de cada uno. La mujer recibe “sexo narrado” en cada entrevista y el espectador, de paso, comprende en una perspectiva de cámara que simula estar escondida entre los rincones de esas casas que visitan las estudiantes, hasta qué punto llega la entrega y degradación de sus jóvenes cuerpos.

Hubo en el año 2006 una explosión de idealismo sexual contado con la película Shortbus (John Cameron Mitchell). Con un acabado de filmación digno de un videoclip de la MTV, la cinta venía a proponerles a los cándidos espectadores que el sexo libre (sin complejos ni restricciones, sin limitación de género o edad) era posible en un entorno mágico y divino llamado Nueva York; concretamente, en el local “Shortbus”. Como si los hippies no hubieran existido treinta años antes, Shortbus pretendía ser original mezclando diferentes historias y personajes con problemas sexuales concretos y los resolvía como quien se come un hongo, luego pinta un cuadro psicodélico con cuatro acrílicos y dice que es un artista. Los actores no eran profesionales y de eso se deduce que cada escena de sexo explícito era real, sin montajes. Curioso dato, aunque más allá de la simpática primera secuencia, en la que un fornido muchachote pretende practicarse a sí mismo una felación, la película carecía de interés.

Las que sí se reconocieron reales fueron las escenas entre Margo Stilley y Kieran O’Brien durante el rodaje de 9 Songs (Michael Winterbotton, 2004) o cómo evocar nueve memorables conciertos junto a la que fue tu fogosa novia mientras sondeas la superficie de la Antártida. Y es que eso es lo que hace el protagonista de 9 Songs: recordar, mientras trabaja en la nieve, que hubo un año que disfrutó del sexo y la música como tal vez nunca volvería a hacerlo. Para muchos una tragedia cotidiana, para otros el encadenado visual y sonoro digital perfecto de orgasmos y rock indie con Primal Scream, the Von Bondies, Black Rebel Motorcycle Club, Franz Ferdinand, Super Furry Animals, the Dandy Warhols, Elbow y Michael Nyman, ni uno menos.

Y si nos remontamos hasta 1996, aparece la genuina Crash (David Cronenberg) que, adaptando la novela homónima de J. G. Ballard (1973), narraba el proceso de conversión al fetichismo sádico de un matrimonio poco convencional, entre accidentes de coche, infidelidades y prácticas homosexuales. Entre nieblas que pesaban sobre las imágenes, a sus protagonistas parecía perseguirles la humareda de los tubos de escape y el metal ardiendo de los coches que escogían para sus prácticas y experimentos sexuales; pocas atmósferas más cargadas se han reproducido en una pantalla de cine. Sexo mecánico y repulsivo.


Por último, dando de lleno con el mundo de las series de televisión que tanto nos entretienen, hay que recordar que Girls (HBO, 2012) es una de las primeras en contar con diáfana honestidad cómo aceptan su sexo (y el de los demás) las veinteañeras cool del siglo XXI. Aunque técnicamente no deja de ser un tipo de narración convencional, entre decorados de interiores de apartamentos desaliñados y calles que parece que sólo existan para que alguien ruede películas en ellas (así debe ser Nueva York) Girls demuestra, con un punto de vista de “vouyeur colega”, que no hay pelos en la lengua de Lena Dunham, su creadora, guionista, ocasional directora y por supuesto, protagonista fundamental.

Hay muchos más ejemplos que aquí no caben y no se comentan. Quizás les apetezca buscarlos, pero vayan con cuidado porque casi todo lo demás, lamentablemente, es porno.

Texto: María López Villarquide