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NADA ES PARA SIEMPRE
Categoría: ARTE

NADA ES PARA SIEMPRE

Queridos lectores

El equipo de DOZE Magazine, tras cuatro años y medio en el sector editorial, se despide de todos vosotros entre sonrisas y lágrimas. Lágrimas porque dejamos de informaros diariamente y sonrisas porque esta experiencia ha sido una de las más gratificantes de nuestras vidas.

Corren tiempos difíciles y las oportunidades para seguir a flote son tan escasas que hemos decidido paralizar este proyecto para embarcarnos en otros cuya viabilidad sea, valga la redundancia, viable.

Queremos agradecer a nuestros lectores el apoyo incondicional y el cariño con el que nos habéis arropado durante todo este tiempo, y a todos los profesionales que han hecho de DOZE un medio de información cultural de calidad. 

 

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.
Categoría: TV

DAVID CATÁ. Todo en esta vida es efímero.

Dentro de la feria Jääl Photo, DOZE Magazine tuvo la oportunidad de entrevistar a una de las jóvenes figuras que están dibujando el nuevo retrato del arte español. David Catá ha conseguido abrirse hueco en el circuito del arte y lo que es más significativo, invitarnos a la reflexión mediante una poética personal afinada. 

 
 

“En una época de mi infancia le pillé el gusto a darme tortazos con otros niños”

De las paredes cuelgan originales de Miguel Mihura, Josep Coll, Antonio Mingote o Javier Olivares, mientras que en el salón se agolpan ejemplares de Vapor (Max), La novela gráfica (Santiago García), Little Nemo (Winsor McCay) o Esto es… Londres (Miroslav Sasek). Más allá, en el estudio, diferentes utensilios de pintura y unas cuantas estanterías repletas de cómics y libros de ilustración. No hay duda, estamos en la casa de un dibujante, aunque hasta ahora el anfitrión es Tati, un gato cariñoso y juguetón que debe su nombre al inolvidable actor francés. “Antes tuve una gata que se llamaba Molly, por Molly Malone”, apunta Juan Berrio (Valladolid, 1966), que en una fría tarde de diciembre recibe a DOZE Magazine para hablar de su primera novela gráfica, Miércoles, una obra que ha visto la luz después de que su autor se proclamara ganador del V Premio FNAC/Sins Entido.

DOZE Magazine: ¿Cómo es un miércoles en la vida de Juan Berrio?
Juan Berrio: Por desgracia, se parece mucho a cualquier otro día. Mi vida es bastante monótona y tengo la mala costumbre de trabajar en fin de semana. Lo que ocurre en el libro no lo puedo trasladar a mi terreno, porque mis miércoles no tienen nada de especial. De hecho, son bastante aburridos.

DM: ¿Cuál es tu rutina en un día laborable?
JB: Suelo darme un paseo antes de empezar a currar, normalmente por la zona del Templo de Debod. Como trabajo en casa, ese rato supone la oportunidad de pisar las calles, de ver los coches, de cruzarme con el personal, de escuchar las frases que luego anoto en mi cuaderno… En definitiva, me carga las pilas, porque el resto de la mañana lo dedico a dibujar o a contestar correos, que a veces también me lleva un buen rato. A mediodía suelo comer más bien tarde, así que no retomo el trabajo hasta las seis o las siete. Lo malo de este horario es que luego, por la noche, nunca termino antes de las diez o las once.

DM: A nivel narrativo, ¿te alimentas mucho de ese paseo matutino?
JB: En esa horita surgen un montón de historias. No todos los días, pero sí con mucha frecuencia. Aprovecho para pensar en proyectos y, en ocasiones, también me llegan ideas de manera espontánea. Para mí es un rato especial. Lo recuerdo especialmente productivo durante la etapa en que colaboré para El Periódico de Catalunya, donde se publicó La tirita, que más tarde fue recopilada en un libro. Solía pensar varias tiras a la vez, para resolver el trabajo de unas cuantas semanas, y casi siempre las encontraba en mis paseos. La prueba más clara es que mis dos personajes, Pau y Ona, siempre estaban en el parque. Hay muy pocas tiras de interior porque todo se me ocurría mientras andaba por la calle.

Muchas veces las ideas surgen porque me cruzo con alguien que me sugiere un personaje o porque veo una determinada situación, pero otras veces no tiene nada que ver con mis experiencias. Es un estado de relajación, de desconexión de la rutina. En ese momento me encuentro como si flotara, lo cual me permite establecer las conexiones que necesito para crear una historia. En proyectos más recientes, concretamente con Miércoles, he tirado mucho de la grabadora del móvil, donde registraba las ideas para que no se me olvidaran. Era un poco raro, porque a menudo me veía hablando solo por la calle.

DM: ¿Te gusta más la grabadora que el bloc de notas?
JB: Es curioso, pero ahora que los cuadernos están tan de moda y todos los dibujantes tiene unos blocs maravillosos, yo he ido decayendo en mi interés. En mis cuadernos había más anotaciones de texto que dibujos. Los usaba más que nada para apuntar ideas, guiones, juegos de palabras, gags… Lo de la grabadora me sigue pareciendo un poco ridículo, porque es como el típico novelista de película que graba sus reflexiones en mitad de la noche, pero el caso es que a mí me ha venido muy bien.

Para mi Cuaderno de frases encontradas, por ejemplo, necesito dos cosas: la cita textual y la pinta de los personajes. La parte visual me resulta más fácil de memorizar, pero con las frases siempre existe el riesgo de cambiar alguna palabra. Antes tenía que volver corriendo a casa para apuntar lo que había escuchado, pero luego me di cuenta de que en mi móvil, que es un modelo bastante anticuado, había una tecla de grabar. Mi chica me puso un atajo en el teclado y, desde entonces, la captura de frases es mucho más cómoda.

DM: ¿Qué debe tener una frase para que te llame la atención?
JB: Me gustan las frases ambiguas, frases que muchas veces son incompletas. La última que he apuntado es muy sencilla, pero al mismo tiempo es muy fácil sacarla de contexto y darle muchas interpretaciones: “Pero los perros no se comen”. ¿De qué estarían hablando? ¿Por qué dijeron esa frase? Una vez, mientras cruzaba un semáforo, vi a un tío fuerte y algo mayor que caminaba cogido del brazo de una chica guapísima, estupenda, súper arreglada, más alta y más joven que él. Lo gracioso es que ella le iba diciendo cosas como “tienes que salir más” o “tienes que ver más a tu mujer”. Mi primera interpretación fue que se trataba de un mafioso ruso y su amante, pero también podía ser su hermana. Me gusta esa ambigüedad, el no saber lo que hay detrás de una frase suelta. Y en otras ocasiones ocurre todo lo contrario: escuchas la conversación completa y es tan típica, tan rutinaria, que no deja de tener su gracia.

DM: La gran mayoría de la gente suele ir por la calle a toda prisa, aturullada, pensando únicamente en llegar al punto de destino. En cambio, tú te detienes a observar.
JB: Lo intento, pero no es fácil. Me gusta cambiar de barrio o de ciudad, o escuchar lo que dice la gente cuando va en el Metro, porque me aporta frescura. Si sólo metiera frases escuchadas en el Templo de Debod, la cosa se volvería un poco aburrida. Además, me sentiría como un jubilado, porque el blog no deja de ser una especie de diario. Hay pocas frases recogidas en bares o en sitios donde hay mucho ruido, porque no son situaciones en las que me sienta cómodo. No suelo salir por la noche, y las pocas veces que voy de bares tampoco aprovecho para apuntar alguna frase.

DM: ¿De dónde surge esa curiosidad por lo cotidiano?
JB: Tengo una teoría y, de hecho, estoy trabajando en un guión sobre ese tema. Es como una especie de afirmación de mis propios intereses, de las cosas que me importaban de pequeño y que me han permitido conformar mi mundo gráfico. Para explicar esto parto de una negación: nunca entendí las historias de fantasía, ya fueran episodios de la Biblia, cuentos infantiles o cómics de superhéroes. Vivía tan pegado a la realidad que, al final, desconecté por completo de los seres alados.

Siempre me pareció que la fantasía estaba sobrevalorada, sobre todo cuando se aplicaba a libros para niños. Para muchas personas es un género interesantísimo y con el que disfrutaron una barbaridad cuando eran pequeños, pero yo nunca pude conectar con esa clase de relatos. A mí me entretenía la observación de la realidad, lo que estaba delante de mis ojos, todo ese tipo de cosas que me han seguido gustando de mayor. Los adultos que estuvieran a mi alrededor debían pensar que yo era un niño raro, pero es que no me divertía en absoluto con los libros infantiles. En el momento en que un personaje se ponía a volar, la historia perdía todo el interés.

DM: Con la perspectiva que da el tiempo, ¿crees que eras un niño normal?
JB: Muy normal. Pertenecía a una familia numerosa en la que yo era el segundo de cinco hermanos, así que no destacaba mucho. En clase también estaba completamente integrado y me relacionaba bien con los demás niños. Quizás me veo como un chaval un poco más delicado, pero no era el rarito que se queda apartado en la esquina durante la hora del recreo. Se puede decir que era más sensible respecto a ciertas cosas, pero eso no quita para que, en determinadas ocasiones, también pudiera ser bastante bruto.

Aunque siempre fui el más bajito de la clase, en una época le pillé el gusto a darme tortazos con otros niños, porque me sentía fuerte y molaba lo de poder con otros tíos que eran más grandes. Es decir, lo físico tampoco me echaba para atrás. Y supongo que también participé en las típicas bromas al nuevo o a los internos del colegio, que solían venir de los pueblos.

DM: A quien te conozca le costará mucho pensar en Juan Berrio como un gamberro…
JB: También estuve apuntado a clases de judo. ¡Y se me daba bien!

DM: La fantasía ya no es un género limitado a los adolescentes, sino que ahora son muchos los adultos que se enganchan a sagas como Harry Potter o Crepúsculo, sin olvidar los cómics de Liniers, las tiras de Kioskerman o las películas de animación…
JB: Creo que todas las historias deben tener su punto fantástico. Me gusta forzar las cosas y, como autor, tengo el poder para hacer que uno de mis personajes eche a valor en un momento dado. No desprecio la fantasía, pero me cuesta. Una historia policiaca no puede estar llena de casualidades, porque entonces no funciona el relato. Por el contrario, esas casualidades sí pueden entrar en mis tebeos. Hay una parte de la magia que me parece muy interesante; lo que no me gusta es la fantasía por la fantasía, mundos de hadas y cosas por el estilo. Yo parto de lo cotidiano, de la realidad, y luego siempre puedo meter un pequeño detalle fantástico u onírico, que es un tema que me interesa mucho. Me apasiona Liniers y, además, le siento bastante cercano, porque él también juega mucho con la realidad. Luego le da una vuelta de tuerca, pero arranca desde lo físico.

DM: Miércoles ha sido tu primera novela gráfica y te ha llegado con 48 años.
JB: Hace muchos años le dije a un conocido que nunca haría una novela gráfica, porque no me veía capaz, y luego el tiempo te demuestra que nunca debes hacer esta clase de afirmaciones. Tú no eliges las historias, sino que son ellas quienes te buscan a ti. Se construyen solas, por más que tú quieras dirigirlas por un camino determinado.

Fui el primer sorprendido cuando me di cuenta de que Miércoles se estaba formando en mi cabeza. Iba juntando personajes, situaciones… y pensaba que estaba trabajando en nuevas historias cortas. Todo el mundo procede de una época determinada y, cuando yo era joven, nadie te publicaba una historia larga. Teníamos acceso a revistas y fanzines, casi siempre con relatos de dos, cuatro o seis páginas, y al final es el formato al que te habitúas. Si hubiera nacido unos años más tarde, con todas estas novelas gráficas en el mercado, seguramente habría apostado por seguir ese camino. Pero no reniego de las cosas que he hecho, porque sin ellas nunca habría llegado al punto en el que estoy.

DM: Hace veinte años no existía la posibilidad de publicar un cómic de cien páginas, pero  la novela gráfica, entendida como un trabajo más íntimo y personal, es más o menos lo que has venido haciendo durante toda tu carrera.
JB: Sí, pero aplicado en pequeñas dosis. De todas formas, no te creas que tengo muy claro lo que significa “novela gráfica”. Yo digo que Miércoles es una novela gráfica porque he ganado un concurso de novela gráfica, pero nada más. A muchos autores, sobre todo a los de mi quinta, no nos sale hablar de novela gráfica, sino de álbum, de cómic o de tebeo. Además, ciertos lectores me han dicho que este libro no es una novela gráfica, sino una recopilación de historias cortas. Pero el caso es que me da igual, no necesito saber qué es una novela gráfica, sino que seguiré haciendo mi obra de la misma forma.

Siempre le doy vueltas a lo mismo, me muevo en un entorno similar, pero luego me gusta cambiar de formatos. Ahora he empezado a trabajar en una historia de desamor y eso me exige un dibujo distinto, un color diferente, otro tipo de encuadernación… Muchos dirán que es una novela gráfica, pero para mí sólo representa la próxima historia en la que quiero trabajar. Con eso me basta.

DM: Vamos, que ni defensor ni crítico de la novela gráfica.
JB: He sacado de la biblioteca La novela gráfica, el libro de Santiago García, pero no porque esté muy interesado en el concepto, sino porque me apetece fichar material interesante para próximas lecturas. Supongo que, por el camino, me enteraré de qué es novela gráfica y qué no lo es, pero hasta ahora no me ha preocupado mucho.

Cuando me presenté al concurso tenía la sensación de que no ganaría, porque mi proyecto me parecía poco novelesco, pero si un jurado ha dicho que Miércoles es una novela gráfica… Lo que sí noto es un reconocimiento por parte de casi todos los autores, que hoy ven la novela gráfica como una fórmula que ha cuajado, permitiendo llegar a nuevos lectores y aumentando las cifras de ventas.

DM: ¿Percibes un aumento real en las ventas de cómics?
JB: En otros tiempos, cuando no había televisión ni ordenadores, los tebeos se vendían de otra manera, eso es evidente, pero yo sí que he conocido a nuevos lectores, gente que se sorprende al encontrar temas adultos y tratados por medio del dibujo. Les llama la atención un producto cultural que, además de interesarles, les permite conectar con algo que habían abandonado en su infancia o su adolescencia. Con todo, no deja de ser cierto que sigue habiendo pocos lectores de tebeos.

DM: ¿Te gusta difundir el cómic? ¿Aprovechas un cumpleaños para regalar tebeos?
JB: Sí, pero debe existir un mínimo interés por parte de la persona que lo va a recibir. Presto cómics y también los regalo, es algo que me gusta y lo practico. Luego me encuentro de todo: personas a las que les cuesta adentrarse en lo gráfico y personas que se enganchan inmediatamente. He profundizado poco sobre este tema, pero hay gente que tiene más facilidad para desentrañar las claves de algo construido con dibujos. Igual no todo el mundo puede ser lector de cómic, pero también hay muchos lectores potenciales a los que no se está llegando.

DM: ¿Cuántas páginas de proyecto tuviste que presentar para el Premio FNAC/Sins Entido?
JB: Pedían un mínimo de 16 y yo presenté 19.

DM: Y si no hubieras ganado, ¿qué habría ocurrido con Miércoles?
JB: Lo habría intentado vender en Francia, siempre como historia larga. La convocatoria me sirvió como excusa, porque yo ya sabía el tipo de obra que quería hacer. Tenía que preparar el dossier para el concurso, pero si mi cómic no hubiera sido elegido, habría retocado el proyecto y lo habría paseado por algunas editoriales. De hecho, mi gran preocupación radicaba en si me devolverían el dossier cuando me dijeran que no había ganado el concurso, porque no tenía ganas de volver a prepararlo de nuevo. Pero bueno, tampoco sé si habría sido capaz de encontrar un editor fuera de España que me garantizara el anticipo necesario para realizar una obra tan larga. Si no fuera por el premio, este proyecto seguramente se habría quedado en el fondo de un cajón.

DM: Tantos meses dedicado a una misma obra, ¿te ha resultado agotador?
JB: Lo viví con intensidad y vértigo. Me puse plazos muy estrictos, mucho más que en cualquiera de mis trabajos anteriores. Repartí la obra en diferentes etapas, como el guión o el primer lápiz, y luego me marqué fechas para terminarlas, porque quería cumplir con el compromiso del premio.

Según las bases del concurso, bastaba con hacer 96 páginas, pero muchas veces no eliges la extensión de lo que quieres contar. El primer desarrollo del guión me indicó que la historia, como mínimo, se iba hasta las 120 páginas. Además, soy un dibujante lento, metódico, tiendo a repetir muchas veces las mismas viñetas, y aunque he intentado simplificar esos procesos en la medida de lo posible, al final no me quedó más remedio que ponerme plazos muy rígidos para llegar a tiempo.

DM: ¿Tuviste dudas sobre tu capacidad para sacar adelante el proyecto?
JB: Completar la estructura o redondear el guión no me preocupaba demasiado, porque todo eso ya estaba en mi cabeza. Lo que más me quitaba el sueño era la ejecución de los dibujos, resolver todas las viñetas. En abril, cuando por fin tuve el primer borrador, sentí cierta tranquilidad. Ya lo tenía todo y sólo era cuestión de echarle horas.

DM: Para muchas personas la ciudad, sobre todo la gran ciudad, se ha convertido en un lugar inhóspito, falto de humanidad. Miércoles es una obra que, entre otras virtudes, tiene la cualidad de reconciliarnos con el ambiente urbano.
JB: He intentado transmitir todas las emociones que me suscita la ciudad. Es inspiradora y entretenida, aunque a veces también la sufro. Llevo muy mal el ruido, la suciedad… esas cuestiones que todos maldecimos y que yo he omitido en el cómic, donde me apetecía más centrarme en la cara agradable.

En mi obra hay una cierta evolución hacía ese lado amable; años atrás, mis historias eran más ásperas, con más desencuentros, la rutina era más triste y gris. No sé por qué, pero me he ido sintiendo más cómodo a medida que me situaba en ese lado amable de las cosas. Miércoles, evidentemente, es un reflejo de todo eso. Suelo escuchar música muy triste, deprimente incluso, pero durante los meses que estuve liado con el cómic sólo me apetecía oír canciones alegres.

DM: ¿Qué grupos o cantantes escuchas de forma habitual?
JB: Me gustan mucho las voces lánguidas, femeninas, desde Mazzy Star a Cat Power. Cualquier chica triste consigue engancharme con bastante facilidad. Vivo la música con avidez y cierta necesidad de novedades; tengo algunas voces favoritas, pero siempre estoy buscando nueva música que llevarme al oído. Nunca me he puesto el mismo disco cinco veces seguidas. Gracias a páginas de Internet como Lastfm o Spotify, ahora puedo hacer listas que me permiten profundizar en esa investigación permanente. La voz más deprimente que se me ocurre es la de Marissa Nadler.

DM: ¿Cuál ha sido tu último gran descubrimiento?
JB: Tendría que acudir a mis listas, porque tengo muy mala memoria. Las herramientas digitales te permiten descubrir muchas cosas nuevas, pero también tienen su parte negativa: metes los discos en una carpeta y ya no los vuelves a escuchar, así que se te olvidan los nombres de los grupos y cantantes.

DM: ¿Hasta dónde llega tu grado de implicación en las historias que dibujas?
JB: Si nos grabaran a los dibujantes mientras trabajamos… Ponemos las caras de los personajes y, de algún modo, interpretamos sus gestos y emociones. Lo haces de manera absolutamente inconsciente, pero al final te acaba afectando. También puedes darte cuenta y tomar distancia, pero siempre se cuela algo.

Cuando he trabajado en historias más tristes y me he acompañado de música ad hoc, el proceso ha tenido un efecto devastador sobre mí. Me he sentido hundido en la miseria, pero no era capaz de entender por qué estaba tan jodido. Luego lo piensas y claro, llegas a la conclusión de que tanta pena no es recomendable. Con la historia que quiero hacer ahora, que va por ese camino amargo, intentaré que no me perjudique tanto, pero en las primeras sesiones me he sentido invadido por la tristeza.

DM: Tienes un estilo muy cálido, agradable, y supongo que te debe costar mucho dibujar a una persona completamente odiosa.
JB: Claro que me cuesta. De pequeño, mi hermano solía decirme que yo nunca podría ser un buen dibujante, porque no sabía dibujar a una vieja o a un hombre gordo. Es verdad que, durante una época de mi carrera, sólo dibujaba a personas bellas, pero ahora me gustan los personajes de todas las edades y condiciones físicas. También es cierto que no me veo dibujando una historia de terror, tendría que hacer un esfuerzo muy grande. Dentro de mis registros, de mi capacidad como autor, puedo contar otra clase de historias que me resultan más interesantes, como las de amor y desamor. Quizás ha sido en los últimos años cuando me he acercado a algunos relatos que, sin llegar a ser cómicos, sí pueden catalogarse como más amables. Pertenezco al terreno de los sentimientos humanos, la casualidad, los encuentros y los desencuentros.

DM: De hecho, Miércoles es ante todo una historia de casualidades, de azar.
JB: Siempre he interpretado mi vida como una pura casualidad. A veces, incluso, rozando el disparate. Pero es que en la vida hay mucho de eso. En mi día a día tropiezo mucho con la casualidad, quizás porque tengo unas antenas que me hacen más sensible a estas clase de situaciones.

Una vez viajé en tres vagones distintos de Metro con la misma pareja; se lo conté a un amigo y me contestó que él nunca se habría dado cuenta, pero yo, en cambio, sí me fijo en estas cosas. A muchos hombres les ocurre que, cuando su pareja se queda embarazada, sólo ven embarazadas por la calle; o cuando tienes un familiar con la pierna escayolada, de repente te ves rodeado por personas que llevan una escayola. Es decir, que el ser humano tiene facilidad para centrar sus sentidos en algo concreto. A mí me ocurre algo parecido, pero de una forma más rutinaria y con muchas situaciones distintas.

Pero más que con las casualidades o los encuentros, a mí me gusta mucho trabajar con las estructuras. Siempre me han gustado las matemáticas y la geometría, y creo que esas dos disciplinas también se encuentran presentes en mis cómics. Muchas veces me han salido historias circulares, triángulos amorosos, tangencias entre personajes… Y también me gustan los juegos de palabras, que suelen tener una presencia destacada en las estructuras de mis guiones.

DM: ¿Cómo se construyen tus personajes? ¿Partes de una idea muy concreta o es la propia historia quien los define?
JB: Muchas veces responde a exigencias de la historia, pero en Miércoles ha sido diferente, porque por primera vez he podido perfilar unos personajes distintos, con más recorrido. Hasta ahora, salvo excepciones como La tirita, mis protagonistas resolvían su historia en cuatro o cinco páginas, así que no era tan importante profundizar en ciertos aspectos de su personalidad. En el caso de Miércoles, al tratarse de un relato muy coral, quería que cada personaje tuviera el espacio suficiente para desarrollarse.

Una cosa muy importante era que, al no haber un protagonista único, los personajes tenían que ser distintos, que no existiera confusión entre ellos, ya fuera en el plano físico o en el emocional. Para que la historia fluyera, los personajes debían ser muy reconocibles. El resto era cuestión de tiempo y cariño.

DM: En Miércoles hay un amplio catálogo de seres humanos: la parejita atolondrada, el jubilado que lleva una vida más contemplativa, las amas de casa que se ponen verdes a la menor ocasión, los adolescentes que pasan el día en el parque, el matrimonio madurito… ¿Querías hacer un cómic en el que todo el mundo se pudiera sentir reflejado?
JB: Eran los personajes que me pedía la historia. A priori, nunca habría pensado que iba a tener a un policía como protagonista, porque no forma parte de mi fauna habitual. Las conexiones se establecen solas en mi cabeza y, de repente, un personaje tiene que ser policía. No es algo que decida de manera consciente, así que la identificación entre personajes y lectores no es algo que me planteara mientras hacía el cómic.

DM: En Miércoles has trabajado sólo con dos tintas.
JB: Es una idea que viene de mi experiencia con Treseditores, donde publiqué los libros ilustrados de la plaza de Oriente, la puerta del Sol y la plaza de Cibeles. Me apetecía imponerme esa limitación y, además, consideraba que se podía convertir en un elemento distintivo. Hay muchos autores que dibujan de puta madre, pero noto cierta uniformidad en el tratamiento del color que se hace en el cómic. Las prisas, el photoshop, la obligación de hacer no sé cuántas páginas a la semana… Todo eso deviene en un color un poco soso. Por eso me apetecía recurrir a las dos tintas y mezclarlas para darle a Miércoles un toque especial. El otro día le eché un vistazo al Catálogo de novedades ACME y aluciné con el uso que Chris Ware hace de las dos tintas; lo lleva a cabo de una manera muy sencilla, pero consigue resultados brillantes.

DM: Ese uso de las dos tintas le ha dado a tu cómic un aire taciturno, otoñal, casi se podría decir que de otra época.
JB: Quería que mi historia fuese lo más neutral posible. Hay rincones de la ciudad en los que mucha gente puede reconocer Madrid, pero yo no he querido dibujar Madrid. No hay edificios singulares ni nada por el estilo. Me gusta pensar que Miércoles puede transcurrir en cualquier sitio y que todos los lectores pueden ver una ciudad como la suya en las páginas del libro.

Por el contrario, luego sí tuve que hacer frente a algunos condicionantes. Necesitaba que la historia ocurriera en un momento de cambio, que el paisaje se moviera a través del viento o la lluvia. De esa forma, también cambiaba la manera de comportarse de los protagonistas.

A pesar de esa neutralidad buscada, la historia ha querido asentarse en el otoño. Y el color, a su vez, estaba condicionado por la estructura de una historia que sucede en un solo día. Necesitaba empezar en un amanecer y terminar en la noche siguiente. Eso también influye en las elecciones cromáticas.

DM: Teniendo en cuenta que es otoño y que la acción transcurre en un miércoles, ¿no te parece extraño que en el libro sólo trabajen el policía y la quiosquera?
JB: Bueno, se supone que la portera también curra… No cabe duda de que mis personajes pueden ser un poco ociosos, porque si les tengo que poner a trabajar no suceden historias. Necesito que paseen, que anden por la calle, y por eso me venían bien los jubilados, la turista… Mis protagonistas deben tener movilidad y tiempo disponible (risas).

DM: El cómic tiene un epílogo bailongo que cierra muy bien toda la historia. ¿Cómo se te ocurrió ese final melódico?
JB: No soy capaz de identificar el momento en el que surge. En general me cuesta mucho saber cuándo se me ocurre una idea, porque a lo mejor la última conexión te llega en un instante determinado, pero también puede ocurrir que ya existiera una idea previa flotando por el aire. Digamos que esas páginas extra, esos minutos musicales que hay al final de Miércoles, es algo que ya había practicado alguna que otra vez, como en AEIOU, un fanzine que publiqué hace varios años y donde dibujé un tema de The Cure.

There is no if..., de The Cure, interpretada por Juan Berrio.

Las canciones son muy tentadoras, porque en dos minutos incluyen la estructura completa de toda historia: planteamiento, nudo y desenlace. Reflejar eso en viñetas es una posibilidad que siempre me ha gustado. Y, en el caso de Miércoles, nace a partir de una banda sonora que había construido para mí; eran las canciones que escuchaba mientras hacía el cómic, pero luego he relacionado algunas de esas piezas con los personajes.

Por un lado, me apetecía desmelenar a los protagonistas, sacarlos de la coreografía que les marca la historia, y por otro, quería que el lector pudiera compartir un poco más de tiempo con los personajes, porque cuántas veces nos pasa que estamos leyendo un libro y, de repente, llegas a la última página y te quedas con ganas de más. Todo eso he tratado de lograrlo por medio de un epílogo que, al principio, surgió como una idea graciosa, pero que luego se convirtió en una auténtica necesidad. Había que conseguir las licencias y pagar los derechos de las canciones, así que el tiempo corría en mi contra, pero no podía soportar la idea de llevar el libro a imprenta y que esos momentos musicales no estuvieron incluidos. Por suerte, todo acabó saliendo bien.

DM: Al margen de cómic e ilustración también haces fotografía, y me resulta muy curioso que, mientras tus dibujos son muy limpios y definidos, tus fotos son borrosas, movidas…
JB: No reniego de mis fotos, pero ya no les dedico mucho tiempo. Antes me dedicaba a hacer fotografías en movimiento, buscando efectos pictóricos y atmósferas; en una etapa posterior utilicé esas fotos como fondos para mis dibujos, un escenario para mis personajes. Era una idea que me gustaba, porque el fondo no competía con los protagonistas de las historias.

En algún momento de mi vida he visto muy clara la explicación a tu pregunta, por qué mis dibujos tenían un perfil tan claro y las fotos, en cambio, resultaban tan difusas. Pero ahora no soy capaz de explicarlo.

DM: Has sido tu propio editor en varias ocasiones. ¿Cómo ves esta posibilidad en la actualidad con una herramienta como Internet?
JB: La autoedición tiene una cara buena y una cara mala. La veo como una opción factible para trabajos más experimentales, alejados de formatos clásicos. Yo llegué a la autoedición a partir de varias premisas. Por un lado, me interesaban las artes gráficas y adquirí conocimientos de preimpresion y fotomecánica; por otro, empecé en una época en la que no había editoriales dispuestas a publicar determinados trabajos, como mis Ejercicios de ilustración sobre textos de ortografía práctica. Además, soy una persona tímida, me cuesta vender mis proyectos, y me planteaba por qué le iba a decir a un editor que se gastara el dinero en una de mis obras cuando yo podía pedir un crédito y publicarla por mi cuenta. En realidad, era una lógica un poco estúpida.

Todas mis experiencias han sido buenas hasta el momento de la edición, y algunas han sido malas a partir de ese punto. Se me da fatal la promoción, la distribución, he llevado mis obras a una librería y luego no he ido a cobrarlas, he hecho cosas y ni siquiera las he distribuido…

La autoedición es una herramienta y no la descarto de cara al futuro, por ejemplo para un libro sobre mis frases encontradas. Pero autoeditarte pensando que vas a ganar más dinero… Lo veo complicado, la verdad.

DM: Cada año, más o menos por estas fechas, publicabas un calendario que a veces estaba dedicado a los palíndromos o a los monosílabos, o que también podía salir en forma de pequeños cuentos. Sin embargo, creo que en 2013 se rompe la racha…
JB: Me da mucha pena renunciar a esa cita, pero era una pieza muy poco práctica. Aunque en los últimos años traté de simplificar y hacer cosas más sencillas, al final siempre me complicaba la vida con juegos de palabras, juegos visuales… Le dedicaba mucho tiempo y me daba muchas satisfacciones, pero el calendario quedaba desfasado en apenas dos o tres meses. Además, la gran mayoría de las veces lo terminaba sacando en enero, lo cual no tiene mucho sentido. En estos días prenavideños aún me viene la tentación de hacerlo, pero tendría que simplificarlo tanto que ya no sería mi calendario.

DM: Por la forma en que lo dices, no parece que la ausencia de tu calendario vaya a ser puntual.
JB: Podría volver a hacerlo, pero me lo tendría que plantear de otra manera, con más tiempo y una cierta capacidad de distribución. Los calendarios me resultaban piezas agotadoras, muy estresantes, y no quiero que me vuelva a suceder. Los ilustradores somos temporeros y yo me ponía a hacer el calendario en unas fechas de muchos encargos. Es cierto que las empresas ya no te piden felicitaciones, catálogos u otro tipo de piezas promocionales, porque ahora todo eso se ha quedado muy parado, pero antes eran días muy difíciles para sacar adelante el calendario.

Quizás sea una manera triste de acabar la entrevista, pero creo que estamos en unos momentos en los que se impone la practicidad y el calendario, lamentablemente, no lo era en absoluto.

Texto: Julio Soria