Día nueve: Empiezo a sentir calambres en el estómago


Acompañado por el silencioso Fred, me dirigí a la calle para comprar un vestuario que hiciese creíble mi incursión en la secta de las barbas hirsutas.

Leer más...

Día ocho: El detonante químico del amor


Mientras tanto, a centenares de quilómetros de distancia, un grito desgarrador retumbaba entre las paredes de lo que parecía un antiguo castillo.

Leer más...

Día siete: En busca de la secta de las barbas hirsutas


Nunca me había considerado un hombre atractivo, ni tampoco un adefesio, la verdad. Sabía, como todo el mundo, reforzar las cosas de las que estaba orgulloso y esconder como una comadreja todo aquello que me sobraba, que no era mucho pero lo suficiente como para molestar.

Leer más...

Día seis: Nunca debe uno fiarse de la vitalidad germánica



Abrí los ojos dentro de una bañera, cubierto de agua hasta el cuello y con las manos atadas. El contundente golpe del libro de autoayuda, además de haberme llevado a un extraño viaje en el tiempo, me había dejado un diente un poco flojo y una brecha no demasiado profunda en la frente.

Leer más...

Día seis: Nunca debe uno fiarse de la vitalidad germánica (2)



Abrí los ojos dentro de una bañera, cubierto de agua hasta el cuello y con las manos atadas. El contundente golpe del libro de autoayuda, además de haberme llevado a un extraño viaje en el tiempo, me había dejado un diente un poco flojo y una brecha no demasiado profunda en la frente.

Leer más...