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La historia tras el mito de la casa Farnsworth

Mies Van der Rohe y Edith Farnsworth se conocieron en un evento social en Chicago en el año 1946. Él ya era entonces un arquitecto popular, llamado por los críticos “el máximo representante del Estilo Internacional junto con Gropius y Le Corbusier”, era decano de la Escuela de Arquitectura del Instituto de Tecnología de Illinois (IIT) y estaba diseñando los principales edificios del Campus Universitario, dos rascacielos de uso residencial a orillas del Lago Michigan y el mayor proyecto gubernamental de Chicago en décadas: la Plaza Federal, con la Corte de los Estados Unidos, la oficina de correos central y el edificio administrativo federal. Edith era una prestigiosa doctora de Medicina de Northwestern University especializada en el sistema nervioso y nominada al Premio Nobel en varias ocasiones por sus investigaciones con esteroides. La doctora poseía un terreno a orillas del río Fox, en la localidad de Plano (a unos 80 kilómetros al sureste de Chicago) y decidió que quería un retiro para pasar los fines de semana, un refugio o guarida que le permitiera privacidad y relajo. Mies aceptó el encargo y de esta unión nació la casa Farnsworth, una de las residencias más famosas de la historia de la arquitectura. Sin embargo, detrás del icono hay una historia desconocida.

Mies diseñó un contenedor elevado sobre una plataforma grande y otra de acceso, con paredes de vidrio pulido a mano y con un único espacio interior. En una primera etapa, desoyó las peticiones de su cliente y tomó las decisiones que le dio la gana. Su criterio consistió básicamente en suprimir todo aquello que no fuera estrictamente necesario, formalizando el lema que le mantiene vivo: Less is more. Pero su creciente autoritarismo desencadenó varios problemas que se volverían un quebradero de cabeza para su clienta durante los años posteriores. Entre ellos, quizás el más importante fue la ausencia total de privacidad. Antes de terminarse, la vivienda ya congregaba a curiosos deseosos de fotografiar un proyecto nunca antes visto y seguir los movimientos de una mujer en una caja de cristal. No es de extrañar que la doctora solicitara la instalación de cortinas para proteger su privacidad, a lo que el arquitecto se negó rotundamente alegando que el objeto central de la vivienda era la transparencia total entre interior y exterior. Precisamente esta trasparencia fue la responsable de que cada noche acudieran incontable número de insectos atraídos por la luz. Mies, consciente de estos problemas, eliminó la iluminación artificial de la casa, que se quedó sin luz nocturna exceptuando las lamparitas que se puedan enchufar en las tomas de corriente.

Edith Farnsworth, encerrada en una casa de cristal, rodeada de mosquitos y con los precursores de los paparazzi haciendo fotos desde su jardín, añadió a su lista de preocupaciones la imposibilidad de poder tener objetos personales. Mies se negó en un primer momento a realizar armarios para sus pertenencias, argumentando que un mueble de gran tamaño rompería la continuidad visual de la casa, que perdería de este modo la transparencia y la sensación de vivir en plena naturaleza, y añadiendo que al ser un refugio de campo ella no necesitaría vestidos para sus reuniones sociales. No obstante, hay que decir que Edith Farnsworth vivió varios años en la casa, aunque no  sabemos con certeza en qué condiciones de felicidad. Lo que sí se sabe es que modificó varios aspectos del diseño original: colocó mosquiteras por toda la terraza cubierta para protegerse de los insectos, colgó cortinas tras los paneles de cristal para resguardar su privacidad (diseño de Dunlop) e instaló un gran armario de madera donde colgar sus vestidos.

La casa Farnsworth no se puede entender sin detallar la batalla legal que acompañó su edificación. A medida que las obras se retrasaban y que el presupuesto se disparaba (de $60.000 a $73.000 en 1947, cerca del medio millón de euros hoy), la doctora añadió una nueva preocupación: al estar construida en terreno inundable, su casa se sumergía en las profundidades del río Fox cada cierto tiempo. Edith dejó de sufragar los costes, motivada por su creciente desilusión y consciente de que Mies le estaba entregando un producto que ella no quería. La doctora alegó que los costes de la calefacción eran impagables y que no se podía vivir en aquella vivienda, obra del arquitecto y “punto central de la arquitectura objetiva y universalista” según los críticos de la época. Mies contestó demandando por impago e incumplimiento de contrato en la Corte del Estado de Illinois y presentando a la doctora como una mujer despechada por su rechazo.

En la batalla legal, Farnsworth se defendió con una contrademanda en la que acusaba a Mies por incumplimiento del contrato, al ignorar sus deseos y excederse del presupuesto contractual. Farnsworth compareció ante los jueces para decir: Less is nothing, según reflejan los periódicos de la época. Por otro lado, Beautiful Home, la principal publicación de arquitectura americana en ese momento, entró en la polémica publicando un artículo para afirmar que Mies era un dictador y comunista peligroso, puesto que obligaba a sus clientes a vivir en cajas de cristal sin armarios ni propiedades y a exponerse en un escaparate en medio de la nada y sin ninguna pertenencia, despojándoles de su privacidad. En medio de la batalla legal, saltó el personaje que faltaba. Frank Lloyd Wright, gran arquitecto norteamericano, afirmó que desconfiaba de Mies y del Estilo Internacional porque ambos buscaban la destrucción de los valores americanos y la imposición de totalitarismos. En palabras de Wright, “la arquitectura de Mies Van der Rohe está desprovista de sentimiento y degrada al ser humano”. Remataba su opinión crítica diciendo: Less is more when more is no good. Al final, la justicia falló a favor de Mies y Edith Farnsworth se vio obligada a pagar las facturas restantes de la casa.

No había desaparecido el eco de esta polémica cuando surgió un nuevo problema: el Estado de Illinois quería expropiar parte de la finca para construir un puente sobre el río Fox y una autopista. La doctora volvió de nuevo a la Corte para perder otra batalla legal y tras años de lucha, en 1972, una Edith Farnsworth con una dolorida cuenta corriente, vendió la propiedad por 120.000$ al magnate de la construcción inglés Lord Palumbo. Fue con este propietario cuando la vivienda sufrió las inundaciones más dañinas, que acabaron prácticamente con todo el mobiliario y causaron serios problemas en los paneles de madera de los armarios. El nuevo dueño gastó 250.000$ en reparar los daños, pero esta cifra se queda pequeña si se tiene en cuenta que en el año 2006 Lord Palumbo vendió la residencia a través de la casa de subastas británica Christie´s por 7.6 millones de dólares. La casa y los treinta y nueve acres de terreno de la parcela fueron adquiridos por el grupo conservacionista de Illinois que la gestiona en la actualidad. Palumbo regaló una beca a la señora Farnsworth para que estudiara en Italia, donde ella pasó el resto de su vida, puede que para relajar el estrés que le había causado su retiro de campo.

Texto: Gillermo Aroca