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Infiltrado en La Movida

Se dice que los ganadores siempre tienen la potestad de dotar a su visión de la realidad del dogma de la certidumbre. Nos dejamos cegar por las luces del triunfo y olvidamos que las vivencias de los plebeyos suelen ser más intensas que las de los patricios. Hablamos de vivencias menos edulcoradas e interesadas. La cruda realidad se desnuda ante los ojos de almas callejeras en búsqueda de la siguiente experiencia. Esa crudeza nos acerca a las épocas históricas de una manera más castiza que académica. Es así como la radiografía de la vida se torna más nítida en los labios de Pablo Arnaiz. Un testigo directo de lo que pasó en aquel singular Madrid de hace treinta años. Sus recuerdos no son más que la desmitificación de una leyenda mediante grandes dosis de verdad envenenada que Doze convierte modestamente en negro sobre blanco.

 Nacer en el Madrid de 1965 no es tarea fácil. Una tonalidad grisácea y triste envuelve la ciudad, a pesar de la tensa calma que supone la infancia feliz de un niño en mitad de una dictadura. Semana Santa es lo más parecido a un purgatorio dantesco. La orgullosa capital cierra las puertas de sus bares, centros de ocio y restaurantes para purgar los pecados de la ciudadanía en las antediluvianas procesiones que colapsan cada año el centro. Mis hermanos, afiliados al PC, se tiran de los pelos por su ausencia de libertad y la escasa oferta literaria a la que tienen acceso. En la radio se escuchan marchas militares intercaladas entre música de procesiones durante toda la semana. Algunos afortunados cruzan la frontera para visionar erotismo cinematográfico.

El barrio es otra cosa. Es donde los niños nos olvidamos de la esfera política y jugamos, experimentamos y cimentamos amistades duraderas. En el barrio puedo escaparmae a mi bosque particular: la Casa de Campo. Juego a construir presas que retienen el seductor líquido de los charcos formados por la lluvia. La Casa de Campo se encuentra a escasos metros del hogar familiar. No hay chicas ofreciendo su amor low cost aunque acechan enfermos intentando meter mano a los críos, nada de lo que no puedas escapar. Te suelen intentar tocar la polla aunque generalmente son inofensivos. Todo el mundo se conoce y cuenta con impaciencia los días que faltan para la Feria del Campo. El acontecimiento del año en el barrio y prácticamente en toda la ciudad: 3 días de septiembre en donde degustar los manjares y la cultura de las diferentes zonas de la península, conocer los animales más exóticos o fumar mate. Los mayores pueden esfumarse en el humo de un buen canuto. Los guardas forestales velan por la seguridad del bosque.

1975 es diferente. Es difícil de explicar el manto de intensa policromía que cubre el cielo de Madrid a la muerte de su dictador. Una explosión de color inunda como nunca la ciudad y la gente se cita en la calle para crear en libertad. Una liberación enorme explota al mismo tiempo que yo estreno mi adolescencia. A finales de los 70, junto a los carteles electrorales proliferan postales de la nueva cultura. Conciertos, performance salvajes, exposiciones de arte o de fotografía... Todo se fabrica para provocar reacciones y estimular cerebros.

Foto: Pedro Mate 

El Rastro tiene otro aroma en democracia. Es lo más. No es complicado obtener costo y colocarte hasta las cuatro de la tarde como previa a unas interminables cañas. Las cintas de casette ilegales pululan por las calles aledañas a Cascorro. Buscamos tendencias muy concretas. King Crimson, Emerson, Lake & Palmer, Genesis de Peter Gabriel, Bowie, Iggy Pop y en menor medida unos Pink Floyd que nunca me acabaron de convencer. Tengo 14 años. El país explora la felicidad de encontrarse en 1979 y en medio del despegue de nuestras oportunidades futuras. Cerca del rastro nos reunimos en nuestro punto de encuentro: La Babia.

El local es un hervidero de adolescentes con ganas de explorar. En la barra se vende hachís bastante bueno que se fuma cómodamente sentado ante lápidas customizadas como mesas. En Madrid abundan locales donde fumar y pillar unos canutos. Los primeros petas siempre tienen ese encanto especial de la inocencia disfrazada de impaciencia por ser mayor. Los quintos vienen y se van a gran velocidad. Charlamos sobre la calidad de las cintas que acabamos que comprar. Un visitante habitual del Rastro conoce bien a los suministradores de ambrosía acústica. Las pletinas no siempre hablan de la misma manera entre sí. La siguiente parada de nuestro psicotrópico recorrido nos conduce a la calle Santa Ana y a su imprescindible Mesón del Rastro. En su decorado interior nos afectan el humo consumido y las cervezas por beber pero hacemos propuestas de donde acabar la tarde o la noche. Yo no tengo tanto problema con los horarios como el resto de la panda.

En el fervor de la juventud todos nos encontramos muy implicados con nuestros dogmas políticos. Las sedes de las Juventudes Comunistas y de la Falange Española se encuentran en este momento de mi vida muy cerca de mi casa, tanto en el sentido geográfico como en el vital. Los puños y las navajas claman al cielo viejas heridas de guerra encarnadas en nueva sangre comprometida. La Falange se pelea con las JONS y viceversa. En ocasiones, con nuestra ayuda. A veces, aparece alguna pistola procedente de los padres militares de los instruídos cachorros fascistas que operan en nuestra zona.

Punkis en Madrid, años 80. Foto: María Arribas, El País.

Pertenezco a una panda bien avenida y nutrida de los estereoptipos de la calle. Macarras provenientes de hogares desestructurados, hijos de obreros del PC, hippies e integrantes de la, por entonces, pujante clase media. No hay estandarización en nuestro aspecto, cada cual se viste como puede o como le dejan sus padres, aunque las melenas y la ropa de cuero empiezan a ser una constante. Las pandas se enfrentan por motivos políticos. Nuestros rivales de Fuerza Nueva o Cristo Rey son partidarios de resolver a golpes sus diferencias ideológicas con las pandas de izquierdas. A nosotros también nos encanta zurrarnos con los fachas. Nuestra banda sonora se nutre de Quilapayún, Lluis Llach o Víctor Jara y sus ideales prenden fuego a nuestro cerebro.

Coqueteamos con las drogas en un romance perverso. Comienzo a salir del barrio y veo otras realidades diferentes. La droga se llevará por delante a muchos de mis amigos y recuerdos de aquel tiempo lejano. En el albor de la década de los ochenta, los psicotrópicos escasean y se engalanan únicamente para la gente adinerada. No obstante, en los Cine Estudio Griffin vuelan las litronas y los canutos al ritmo de los ciclos de Pasolini o Fellini. Los estragos psicodélicos de las sustancias consumidas nos conducen a estados histriónicos donde el arte se funde con lo onírico. Durante la emisión de 2001: Una odisea en el espacio tengo la maravillosa oportunidad de disfrutar del film entripado. Una experiencia sobrenatural en la que el mismísimo Kubrick parece optar por un final adaptado a los efectos del LSD. En la filmoteca, ubicada por entonces en la cuesta de San Vicente, también dimos buena cuenta de ese veneno audiovisual.

Toda esta explosión de color y la apertura hacia una libertad absoluta desde una represión total generan una expectativa y una reacción diferente en las tres diferentes tipologías de madrileños ochenteros. Por una parte, están los que yo identifico con mis hermanos mayores. Estudiantes universitarios. Fuertemente comprometidos políticamente. Demandan libertad de expresión y derechos civiles. Pose intelectual un tanto conformista. A lo largo de la década no serán partícipes de los eventos y actividades que la ciudad ofrecerá puesto que su vida está asentada en torno a los nuevos aires políticos y a sus familias e hijos. Aún por delante de nosotros se posiciona un grupo híbrido en cuanto intenciones en la década. Más ideologizados que nosotros pero con el impulso necesario para ser parte de la noche y sus encantos recién descubiertos. Por último, el grupo de edad en torno a los 16 años nos encontramos con una fiesta sin fin ante nuestras inocentes mentes. Nos deslumbra ese aroma a nuevo y esa libertad desenfrenada que te arrastra hacia los rincones más inhóspitos de la ciudad y de tu propia mente.

García Alix y amigos. Fuente: www.piklive.com

Algo que fascina a cualquier crío es la connivencia de la sociedad con el consumo juvenil de drogas o alcohol. En los primeros 80 no tenemos más que algún canuto que fluye por el barrio tras una bajada al moro de algún amigo. La gente afortunada viaja a Amsterdam para traer anfetas y los comparte con alegría entre los suyos. La alternativa madrileña se pone en práctica en diferentes farmacias y localidades. El veraneo en Gandía nos sirve para abandonar la agobiante sinfonía de la capital y observar el azul cristalino del Mediterráneo. La panda se reúne en torno a una farmacia. Ponemos cara de chicos de bien e interpretamos la función infinitas veces. Le comentas al farmacéutico con voz sugerente: Mi tía se marcha a Alemania mañana y me ha dicho que necesita imperiosamente este medicamento. El diligente boticario observa el encargo y tuerce la cabeza. Chico, no puedo darte Dexidrina sin receta. En mi cabeza resuena Come on Eileen, el pegadizo e infumable hit de los Dexys Midnight Runners o los Corredores nocturnos puestos de Dexidrina. A pesar de la ausencia de una tía con sobrepeso o depresión, insisto en mi historia y en mi cara de niño idónea para lograr mi objetivo. Soy infalible. Las dos cajas de Dexidrina nos ofrecen una energía extra primordial para pasar buenos ratos en compañía de los miembros de la panda. Estos vuelos sin motor en nuestro inconsciente se repiten en Madrid, donde las farmacias de los pueblecitos colindantes a la ciudad son presa fácil para nuestras caras duras. Los 80 son un páramo de inocencia en cuestión de drogas. Hay que aprovecharlo.

La ciudad bulle en torno a cientos de manifestaciones culturales que se solapan unas a otras. Impovisación y saturación, no existe el descanso ni el término medio. Nuestro principal entretenimiento es la música en directo. Con 16 años dejo los estudios con la educación elemental bajo el brazo y con ganas de experimentar y pasarlo bien. Acudimos a prácticamente todos los conciertos reseñables de Madrid y alrededores. Se agradece que la mayoría de ellos se organicen como festivales, con varios teloneros de igual calidad que el esperado cabeza de cartel. Para amortizar al máximo nuestra presencia en estos eventos vendemos bocadillos vegetales. Seguimos por media España a tipos como Leño y su Rock importado con señas de identidad castizas y a unos incomprendidos como Los Topo. También nos acercamos a ver a Triana y su incipiente rock duro andaluz. Nos apasionan las bandas que brotan sin cesar en un país en reconstrucción. Tabletom, Mermelada, Kiko Veneno, Lole y Manuel o Camarón retratan una nueva realidad repleta de libertad, descaro y mucho talento.

El verano es para los festivales. Es un placer recorrer el país de punta a punta degustando sus propuestas musicales. El norte es una delicia. El jazz es fiel compañero del verdor veraniego de la provincias norteñas. En Vitoria durante la Virgen Blanca disfruto en primera línea del virtuosismo de Herbie Hancock y de la magia de Chick Corea. El festival de Donosti nos aguarda. Tras sus endiabladas veladas de improvisación divina nos disfrazamos de Aste Nagusia. Desde Bilbao damos el salto a la Plaza Porticada de Santander, donde nos seguimos recreando los oídos con talento musical, buen hachís y siempre que se puede algo más. Siguiente parada: El Sella y su descenso internacional como excusa perfecta para beber al ritmo de buena música. Finalmente, el intercéltico de Ortigueira sirve como broche dorado al verano. Gwendall y compañía dan fe de ello.



Herbie Hancock

Vivo en una nube musical perpetua que eleva mi espíritu. Uno de mis hermanos mayores y su novia trabajan como road mánager de bandas como Alaska y Dinarama o Nacha Pop. Mi hermano se encarga de llevarles personalmente a cada uno de sus conciertos. Su chica comparte la propiedad del Moloko con Alaska y el mánager de ésta. La furgoneta que transporta a Nacha Pop hasta la plaza de toros de Algeciras es espaciosa y da cobijo a la banda, su séquito y a mí. Más de diez horas de travesía son una eternidad de recuerdos e historias. Antonio Vega trata de coinciliar un sueño imposible debido a su romance perpetuo con la heroína. Yo le presto mi brazo en su deseperado intento de abrazar su creatividad onírica. Sus delirios a medio camino entre el caballo y el sueño natural le conducen a susurrar su icónica Chica de ayer apoyado en mí. El dolor que me causa su cadavérico rostro se mitiga con la magia de un momento musical personal e intransferible. Las condiciones del viaje fomentan el consumo de estupefacientes aunque sobre el escenario, el colocado público únicamente contempla a unos excepcionales músicos en estado de gracia.

Es 1982. El país abandona la autarquía y se presenta al mundo orgulloso de su progreso y de su recién estrenada libertad. Durante los meses previos al Mundial de Naranjito se suceden los actos conmemorativos del evento. Hay hambre de nuevas experiencias y de ampliar fronteras espaciales y mentales. Hay ansiedad en la calle, se acerca el momento. Estadio Vicente Calderón. Las entradas de la panda están a buen recaudo desde el año anterior cuando nos gastamos entusiasmados 2000 pelas. Se palpa la magia de la noche salpicada por el consumo de un electrizante tripi. 7 de julio, San Fermín. El cielo se abre ante nuestras cabezas y escupe su rendición a las fuerzas del averno. Sus representantes en la tierra pisan suelo madrileño por primera vez. El sueño de varias generaciones se aproxima y los colores se hacen más intensos en mi mente. Un Calderón lleno ruge en plena efervescencia. El subidón del ácido coincide con la visión de Mick Jagger barriendo un escenario empantanado. Aquellos míticos globos gigantes de colores pueblan el resto del escenario y sobrevuelan mi impetuoso estado de ánimo. Poco a poco recobro los sentidos para recorrer aquella gira del Tatoo you, los últimos Stones bendecidos por las musas. Honky Tonk Woman, Jumpin' Jack Flash, Brown Sugar o Satisfaction se unen al single del momento, Start me up. Toca a su fin el directo que nunca olvidaremos. Queda una profunda resaca y una segunda fecha dos días después. Nunca había visto una expectación igual ni esas caras de ensoñamiento entre los que vivimos aquello. El segundo concierto se torna menos entusiasta en mi cuerpo y mente aunque no defrauda.

 

El Madrid de Tierno es diferente a todo lo que se haya concecibo jamás en la política occidental. El alcalde es el filántropo de todo lo que sucede en su ciudad. Consiente, fomenta e institucionaliza las trangresiones de una juventud en búsqueda constante de una nueva identidad y con ganas de coquetear con sustancias prohibidas. En la antigua Feria del Campo se instalan anualmente las fabulosas fiestas de un PC recién legalizado. Por su escenario pasan Aute, Serrat, Quilapayún, Kiko Veneno o Sabina. Diversión y compromiso político se abrazan en mi barrio, en mi jardín. Tierno Galván nos obsequia cada San Isidro con actuaciones soñadas como las de Tina Turner, Frank Zappa o Genesis a 200 pesetas. Aquel escenario en el Rocódromo sirve de lanzadera o consolidación en Madrid de bandas como Alaska y Dinarama, Radio Futura, Parálisis Permanente, Derribos Arias o un jovencísimo Loquillo.

Existe una gran tolerancia institucional ante las drogas. La falta de información y de preparación de los medios policiales provocan que puedas subir de Algeciras un cuarto de kilo de costo tras haber sido detectado en la aduana. La pregunta infantil de aquella Guardia Civil tan cateta y fascista siempre es: ¿Qué es eso? La respuesta es igual de simple. No lo sé. El guardia reflexiona y permite continuar al vehículo. En el interior de los coches te puedes drogar ante la mirada del agente de turno que acepta amablemente esperar a que finalices el proceso para darte una charla y dejarte ir libre. La presencia policial en la noche es residual. No hay suficientes medios ni intención de interferir en algo como el ocio nocturno. Una policía politizada es lo que tiene, nos deja vivir la fiesta y se especializa en manifestaciones o huelgas.

La noche es muy divertida porque carece de reglas preestablecidas ni de intencionalidad previa. Es un campo inexplorado tanto por los cuerpos de seguridad como por la ciudadanía. Nadie dirige la escena madrileña, todo transcurre en una continua efervescencia creativa que no termina. Surgen planes, conciertos, exposiciones, performance o estrenos por doquier. No existen élites artísticas y los llamados artistas se dejan ver en los templos de la movida. No son muy conocidos fuera de aquí, aunque algunas como Alaska actúen como mamarrachas dándose importancia. Se sale casi todos los días. No es necesario trabajo o dinero cuando conoces los entresijos de la noche y a sus protagonistas. Los jueves suelen ser días intensos. Uno de los mejores días para inspeccionar la ciudad insomne. Se hace bote. Alguien busca una cabina y unas pelas sueltas para llamar al dealer. Dejarse seducir por unos gramos de costo es, sin duda, una buena manera de empezar una noche de juventud y desenfreno. Las drogas no son accesibles por su escandaloso precio, pero siempre nos queda el cannabis. Unas Voll-Damm, la cerveza del momento, nos insuflan renovados ánimos para asistir al concierto de un amigo o de una banda potente.

Tras el espectáculo, la farra continúa en compañía de los músicos o sin ellos recorriendo los locales de Malasaña: el Penta, la Vía Láctea o el Baby Cube. Tras lo cual, saludos al alba desde alguna casa destrozada por una buena fiesta. Impovisación nocturna. Nunca falla cuando se busca recorrer los extremos de la noche. Ninguna madrugada se parece. Alcalá 20 siempre me parece tan angosto y agobiante como un ataúd, con sus cinco desafiantes bloques de escaleras. Es un 17 de diciembre de 1983. Mi amigo Jesús se encuentra en su interior aguardando nuestra llegada tras algo más de 30 minutos encerrados en la ratonera de las escaleras. Una vez dentro se antoja difícil el noble arte del baile y decidimos salir de aquel recinto abarrotado. Dos horas más tarde, Jesús y otras 81 personas arden en aquel infierno.

Durante esa época me dispongo a trabajar en TVE. El ente público me abre las puertas de un nuevo mundo. No hace mucho que me emocionaba profundamente al contemplar un videoclip en televisión y ahora me dispongo a participar en esa revolución visual. A mi manera, desde luego. Durante tres meses trabajo en el estudio 2 en un programa dedicado a la artesanía tradicional de nombre Manos artesanas. Cada semana acercamos los conocimientos de un artesano a la audiencia. Muchos de estos personajes pisan la capital por primera vez, otros han vivido aislados de la civilización durante décadas. Alguno de ellos nos solicita animación nocturna extrema. Tras comentar los detalles de la solicitud con dirección, ésta nos facilita presupuesto para llevarlo a cabo. Nosotros siempre exageramos las virutas de tales actividades para granjearnos unas copas gratis mientras nuestros invitados disfrutan del amor de saldo. El dinero y sus vicios comienzan a surcar las venas de la España constitucional.

La grabación del programa se produce a la misma hora que La Bola de Cristal en el estudio 1, de mayor tamaño y contiguo a nuestro set. Lolo Rico es la artífice de aquella amalgama de talentosos desequilibrados. Lástima que terminaran despidiéndola de manera tan injusta. A veces la encuentro por La Latina, el castizo barrio madrileño en el que ambos residimos. Mato las horas muertas con los jóvenes que convierten la Bola en un referente mundial. Alaska, los chicos de Faemino y Cansado, Santiago Auserón, Loquillo o Pablo Carbonell recorren los pasillos sin percatarse del enorme futuro profesional que les aguarda. Como auxiliar de plató únicamente asisto a los rodajes en Prado del Rey, no he de bostezar en reuniones de producción o ensayos. La gente que trabaja en el espacio de La Bruja Avería son tres argentinos muy agradables, que interpretan con destreza los excepcionales guiones que les escribe Lolo. En ese mismo estudio se graban otros programas como Con las manos en la masa. Una mala tarde de rodaje Elena Santonja, bisnieta de un pintor de tronío como Eduardo Rosales, provoca un incendio demoledor que afortunadamente termina sofocado sin grandes pérdidas. Su programa se rueda con cierto olor a chamusquina. Es curioso, no recuerdo el personaje invitado en aquella esperpéntica noche. Son muchos rostros conocidos los que cocinan junto a Elena al tiempo que escuchamos la voz de su hermana en la sintonía del programa a cargo de Vainika Doble.

Estudios de TVE en Prado del Rey. Foto: Europa Press

Doy por finalizada mi ocupación en la televisión. Me muevo por Madrid con soltura y no me faltan amenos contactos vinculados con la música, la tele, la fama o la cultura. Madrid es un pueblo donde mi manera de ser me abre un sinfín de insospechadas puertas. Las noches se suceden entre los cardados de Alaska, la sexualidad ambigua de Bibi o las locuras de McNamara. A pesar de mis habilidades sociales, cualquiera puede acercarse a estos personajes que pueblan los bares más in de la ciudad sin exclusividad alguna. Los locales compiten por acoger al público más genuino de la ciudad. Respiran transgresión y personalidad.

La vida y la noche siguen. Una serie de empresarios con visión de futuro, comienza a transformar las antiguas salas de fiestas reservadas a caballeros trasnochados por discotecas con glamour kitsch. Terciopelo rojo, moqueta y cierto aire decadente son el afrodísiaco de la noche en Madrid. Brotan sin cesar salas con un estilo refinado y peculiar. La Riviera, el Star, el Biombo Chino, próximo a Gran Vía, la Sala Astoria y sobretodo, el Moloko de Alaska. Un Moloko repleto de leopardo y terciopelo. Surgen nuevos locales bajo los preceptos que fijan los anteriores. El conocido Rockola es un colorido local donde se reunen los New Wave. Los cardados brillan al son del Pop de vanguardia de mediados de los ochenta. Las ropas y las actitudes compiten entre sí por destacar en el entorno. Los colorines del Rockola contrastan con la sobriedad punk del Marquee, en la planta de abajo. Ambos se unen merced a una maltrecha escalera que marca el cambio de percepción entre el cielo Pop y el infierno Punk. La versión madrileña de la mítica sala londinense acoge a los incipientes Punks y a los Rockers de la zona. Los encontronazos entre grupos de modernos del Rockola y los Punks del Marquee son habituales hasta que un incidente marca la noche capitalina. Las drogas alteran los nervios de los asistentes y los puños hablan en voz alta. La gan reyerta que se forma alerta a unas instituciones más temerosas de la noche que en años anteriores. Las autoridades decretan el cierre del local alegando la presencia de drogas en su interior y constantes actos violentos en su exterior. El centro neurálgico de Madrid muere a comienzos de 1985. En su interior había visto a los Exploited, a AC-DC o a Saxon. La droga empieza a ser una compañera inseparable de los madrileños cuando cae el sol.

En las fiestas privadas a las que asisto me encuentro con los protagonistas de las crónicas de sociedad y de las revistas musicales. Una amiga mía organiza grandes fastos en honor al descontrol nocturno. Vive en la colonia del Retiro en un chalet alquilado por unas inalcanzables 15000 pesetas mensuales. Una salvaje fiesta de cumpleaños es coronada por la actuación sorpresa del Gorila, batería de Gabinete Caligari e integrante de un proyecto paralelo llamado Malevaje. Sus tangos captan el aire decadente y castizo de Madrid de manera única. Las noches improvisadas se llenan de caras conocidas. Las fiestas de los estrenos cinematográficos suelen ser muy divertidas, mas si cabe si un histriónico y en estado de gracia Pedro Almodóvar es quien firma el film. Mi acceso ilimitado a estas esferas se lo debo a dos buenas amigas empleadas en el departamento de figuración de alguna productora importante. Gracias a ellas he conocido aquello que no está accesible para la mayoría pero que en definitiva es de lo más común.

Pedro Almodóvar y Fabio de Miguel (McNamara) fotografiados por Enrique Cano 

Durante un tiempo, se veta en esos eventos y en la vida social en general, a Alaska. No se le perdona su actuación delante de las Nuevas Generaciones del PP en la Complutense. La tolerancia política es alta aunque predomina un aire izquierdista muy leve al que le cuesta perdonar tal ofensa. En realidad, ella tiene en la segunda mitad de los ochenta varios puntos en contra para que se le considerase una artista lo suficientemente seria como ella hubiese pretendido. Sus pretensiones comerciales van a contracorriente de una escena musical donde alejarse del éxito artificial es sinónimo de integridad. Un ejemplo de ello pueden ser las trayectorias de Radio Futura, Sabina o Tam Tam Go involucrados en diversos proyectos poco convencionales. Gabinete Caligari es otra de las bandas sospechosas de vender su talento. No soporto a Jaime Urrutia a pesar de no conocerle personalmente.

El veto es realmente ejemplarizante. Por Kaká de Luxe y Pegamoides pasaron Ana Curra, que fundó la banda junto a Alaska en el Penta, el fallecido novio de Ana, Javier Benavente de Parálisis Permanente, el también fallecido Poch, genial creador de Derribos Arias, o Enrique Sierra, fundador de Radio Futura. Ellos junto a la maestría creativa de Carlos Berlanga y el saber hacer de Nacho Canut convirtieron a una joven mexicana en una estrella. Curiosamente el consumo de drogas une a Ana, Benavente, Carlos, descendiente directo del divino Berlanga, y a Poch. Todos menos Ana Curra sucumbieron ante la parca demasiado jóvenes. Nacho y Alaska siempre han tenido una imagen financiera de la música y curiosamente ninguno de los dos tiene en sus inicios ni idea de tocar un instrumento o templar una voz. Carlos y Ana comparten caballo y la misma visión de la música. A Carlos le interesa crear porque es una persona con profundas inquietudes artísticas. Entre ambas facciones surgen constantes tensiones que desembocan en la salida de Ana, que se marcha sin dirigirle la palabra a Alaska. Sin duda, la gran fortuna de la cantante mexicana ha sido rodearse de talento ajeno. Su divismo no es bien visto en un entorno en el que te puedes encontrar a Almodóvar o a McNamara cualquier noche y constatar su sencillez. Nadie va de estrella porque en realidad nadie lo es.

Collage: Pablo Olivares 

No existe glamour ni se pretende. Los conciertos son eventos que destacan por su naturalidad. En muchas ocasiones, el tipo que se encuentra encima del escenario es uno de tus amigos. A muchos de los clásicos pijos madrileños les fascina este estilo de vida y se dejan seducir por él. Se insertan sin problemas aunque siempre generan una sonrisa. Ellas suelen escuchar Tequila, la boy band del momento. Únicamente aptos para quinceañeras y unos horteras del tipo Dúo Dinámico. Una lástima porque teniendo Radio Futura, Triana, que se les comparaba en Europa con Pink Floyd, o Leño, escuchar Tequila es un desafío conceptual a la década.

En los templos donde nacen Los Ronaldos, Toreros muertos o Def con 2 se cuece a fuego lento una nueva ola musical. En locales como Agapo o el Revólver los directos alcanzan niveles próximos al paroxismo ante mis atónitos ojos que anteriormente han podido encontrarse con un sinfín de amigos, que me permiten vivir la noche casi sin saber lo que es el dinero. Durante esa época nos transformamos en neo-punks, en contraposición de los New Romantics.

Jóvenes en la entrada de la discoteca madrileña Rock-Ola. EFE

Las bandas, al contrario que sus seguidores, no suelen reconocer el consumo de drogas aunque resulte evidente. Las sustancias no están estratificadas por tribus urbanas y empiezan a fluir libremente por las calles de Madrid a un precio muy competitivo. Una furibunda e insólita crisis sacude las calles. Mi trabajo sin contrato con un mísero sueldo de 1000 pesetas refleja la imposibilidad de vivir de alquiler, drogarse o disfrutar la vida desahogadamente en este país. Los acontecimientos internacionales cambiarán por completo la situación de la ciudad para siempre. La caída del Sha de Persia propicia el desembarco de los primeros dealers en Madrid. Jomeini se encarga de enseñar la puerta de salida a miles de iraníes que abandonan su país cargados de contactos y amapolas. Nadie es capaz de prever las consecuencias de semejante suceso. Los aledaños del 2 de mayo se comienzan a poblar de unos tipos con acento exótico y sustancias tóxicas. La heroína barata recorre la ciudad a un precio imbatible inferior al de la cocaína.

En San Vicente Ferrer un amable iraní es capaz de vender 100 gramos de caballo en cinco minutos. Las bolsas vuelan a alta velocidad a la luz de los faroles o del sol de Malasaña. La gente empieza a gustarse esnifando, inyectándose o fumando heroína. El nivel de adicción en la ciudad crece a niveles de pandemia desatada. Turcos e iraníes se disputan la hegemonía de la calle. Los hijos de la medialuna son los suministradores de la mercancía de los gitanos. Éstos no tienen capacidad ni infraestructura para obtener la mercancía en los países de origen. Esta relación se prolonga a día de hoy. La heroína pasa de ser un artículo vetado por su precio y residual en la noche madrileña a emperador absoluto. Sin información acerca de sus estragos ni temor hacia el SIDA, la gente se abandonaba a su calor diabólico sin pensar en las consecuencias.

La Corredera baja, una calle de Malasaña. Fuente: www.gentedigital.es

Durante el apogeo de la droga en Madrid me encuentro en Rentería, enclave esencial para entender el País Vasco. En Euskadi se entiende que el gobierno español difunde la heroína por las calles vascas para debilitar a ETA. La propia banda terrorista actúa contra los locales que venden droga para asegurarse su supervivencia. No obstante, en los barrios periféricos de las urbes vascas se localiza una verdadera epidemia de yonkis de una sustancia casi regalada, prácticamente subvencionada. En Indautxu o Santutxu, el índice de drogadicción es elevadísimo en gran parte de los ochenta. La permisividad de las autoridades ante este gran problema de salud pública produce una generación de adictos.

De regreso a Madrid me encuentro una ciudad poco reconocible. La fiesta se ha esfumado en mi ausencia. La heroína hace mella en la noche y mucha gente prefiere la soledad de sus apartamentos, donde poder chutarse a su antojo, que los locales de moda. No existe aquel buen rollo que te hacía partícipe de todo. Es otra realidad presidida por la violencia y el caballo. Se lleva por delante mucho talento confundido por una aguja. Es en ese momento cuando se apaga la estela y los fundamentos de los ochenta. Una noche con poco dinero en el bolsillo me lleva drogado a una fiesta casera altamente nociva y salvaje donde me encuentro con el gran Fabio McNamara. Aún recuerdo su concierto junto a Almodóvar en La Riviera años atrás. Me pide 500 pesetas para una pastilla. Está muy débil y colocado. Casi no puedo negarme ante su estado. Le encargo el material y Fabio se acerca a Ópera para encontrarse con su dealer. Cuando regresa se hace la loca y confiesa no tener pastilla alguna. La noche termina con una sonrisa.

Pedro Almodóvar fotografiado por Pablo Pérez Mínguez

A finales de la década poco queda de lo que iniciamos. Una vez que nos acostumbramos a la libertad todo se vino abajo. El contacto continuo con las drogas y el tema del SIDA asesinan la inocencia. La droga se estratifica. La destructiva heroína se consume entre los pobres y la cocaína se reserva para los tipos con dividendos. El dinero recorre la ciudad y se introducen nuevas sustancias y vicios. La gente se desplaza a antros más refinados y pretenciosos como el Pachá, el Budha o el Archy. Drogas de diseño se intercalan entre rayas de cocaína. Noches improvisadas sin destino claro. Por contra, los desheredados pululan por Chueca buscando un gramo. Un barrio en vilo en medio de atracos con jeringas, tráfico de estupefacientes, homicidios... Barrio de yonkis con su propio centro neurálgico. Lo más similar al averno que se puede encontrar en ese Madrid es la plaza de Chueca donde se pueden comprar papelinas a buen precio. La fuente de la plaza sirve para limpiar las jeringuillas. En el entorno se palpa la drogadicción. No apto para nadie alejado de ese oscuro mundo. A pesar de todo aquella inmundicia, unos iluminados proyectan sobre el barrio una nueva visión de futuro.

Bares de ambiente y tiendas de diseño comienzan a asomar por la zona. Es en ese momento cuando radicalizo mi visión sobre la lucha por los derechos de los homosexuales y me integro en la Radical Gay, gracias a mi pareja. Trabajamos intensamente para recuperar el barrio y pelear por nuestros derechos. Mucha gente nos agradece el esfuerzo que hacemos. Un grupo que trabaja en la zona es COGAL, un colectivo de gays y lesbianas donde trabajan personas como Pedro Zerolo, al que conozco de vista aunque no es muy santo de mi devoción. El trabajo de estos colectivos se hace latente en un barrio que año a año sale del oscurantismo yonki hacia un arcoiris de libertad sexual. Lástima que con el paso de los años haya descendido el nivel de combatividad en la zona y en los colectivos.  

 

Foto: Heidi Vilppola

Ya entrados los noventa trabajo durante un año en Palma. La gente con la que convivo en la isla es bastante incrédula con respecto a los relatos de mi vida. Me percato de un concierto de Rosario en la ciudad. Compro las entradas correspondientes, disfrutamos de un gran espectáculo y me cuelo en el backstage preguntando por Kiko, representante de la cantante e íntimo mío. El abrazo de mi amigo y los dos achuchones que me mete Rosario dejan boquiabiertos a mis acompañantes. Kiko me pregunta por coca animadamente y me incita a una noche de fiesta en compañía de la troupe de la vocalista. Mis amigos deciden retirarse y yo a regañadientes acepto su decisión. Siempre habrá otra noche.

Continuo vinculado a la música en cierta medida en los siguientes años. Trabajo en el Festimad donde lidio con las bandas y sus divos. Robe Iniesta tiene una peculiar visión sobre los suelos del backstage que comparte airadamente conmigo. Con un calor asfixiante, el líder de Extremoduro exige moqueta en lugar de madera. La discusión se prolonga pero mi mano izquierda es más poderosa. Conozco a HIM, a los Red Hot Chili Peppers o a Manic Street Preachers, entre otros. Siempre es fascinante conocer la visión peculiar de la realidad de los grandes músicos. Compagino este trabajo temporal con otro muy similar en las Ventas. En el coso municipal es Ricky Martin y una jeringuilla con sangre encontrada en el camerino la que desencadena uno de los reproches más justificados de mi vida. ¿No eres capaz de comprender que puede pincharse alguna limpiadora? Su reacción es sumisa.

A día de hoy miro hacia atrás con una mezca de nostalgia y orgullo. Ya no frecuento la noche pero no olvido lo que en ella sucede ni quiénes la habitan. Lo vivido ha sido muy intenso y diferente. Ni lo cambio ni lo comparo con la actualidad. No creo que nuestras vivencias en este siglo XXI sean la decadencia de lo que yo he vivido en aquel albor de la democracia. Cada época es distinta y tiene unos condicionantes que la hacen irrepetible. Ahora vivimos una etapa con gente muy comprometida y tan activa culturalmente como nosotros lo estábamos en la llamada Movida. La Movida, ese movimiento cultural al que se le han intentado poner muchas caras cuando en realidad no tenía ninguna, es un collage de artistas e inquietudes que coincidieron en el mismo espacio temporal. No se puede hablar de una Movida porque hubo cientos cada noche. No es la Movida de Alaska o de Nacha Pop, ni la Movida de Tierno ni la de Rockola o Leño, ni siquiera la de García Alix o Álvaro Villarrubia. La explosión fue tal que aglutinó todos los ámbitos desde la política o el cine hasta la moda o la televisión. Es un hermoso acto coral de transgresión sin ningún tipo de pretensión. Toda la ciudad ha participado en ella y por ello es tan injusto que se reduzca a unos cuantos nombres famosos. Lo que suele suceder en este país es que no comprendemos que lo correcto es mirar siempre al futuro recordando pero nunca mitificando el pasado.

Foto: Pablo Olivares

Texto: David Arias
Foto de portada: Pablo Olivares