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Visto y no visto

Qué pereza da posar para una foto: sentir ese grado de agotamiento físico e intelectual por unos instantes cuando uno está quieto ante el objetivo de una cámara, esperando, observando para ser observado, conociéndose objeto y deseando oir el clic que lo libere y devuelva al mundo real del movimiento libre. Esa situación la vivíamos a menudo todos en un pasado que ya es histórico. Hoy, en tiempos de la imagen digital y el teléfono 4G, se reserva ese ritual para los profesionales, a quienes por otra parte, casi es seguro que no les molesta posar. Lo hacen a diario.

Nos encontramos en el cine con tres buenas piezas de colección, que plantean las tres posibles formas de afrontar esta “circunstancia visual”: la del que observa, la del que se siente observado y la de aquello que se observa.

Para el primer caso, el de la persona que está, cámara en mano, buscando algo que retratar y que, en función de lo que capta con su lente, desarrolla una conducta u otra (más sensata o menos, dependiendo también de la cordura del sujeto en cuestión), tenemos el film Monogamy (2010) del novelista y realizador norteamericano, Dan Adam Saphiro.

Monogamy  plantea las dudas de un hombre comprometido y a punto de casarse, que se gana la vida como fotógrafo de bodas y retratista “oculto” (le pagan por fotografiar en lugares públicos, en ocasiones concretas y mientras él está escondido) que se obsesiona con las peculiares peticiones de una clienta y que ve, al fin y al cabo, lo que quiere ver en todo momento. Una cinta que visualmente se carga de claroscuros y ambientes tenebristas en maravillosos lofts iluminados por velas y decorados con descuido cuidadísimo, en ese Brooklyn que todos conocemos sin haberlo pisado nunca (o sí, los más suertudos).

Como curiosidad más que rescatable del baúl de los recuerdos patrio es la experimental Morbo (Gonzalo Suárez, 1972). Con esta película, además recordársenos que Ana Belén y Víctor Manuel tienen un pasado juntos en pantalla, se ilustra esa segunda circunstancia visual de la que hablábamos antes: la del que se siente observado.

En ella, una joven pareja de recién casados que pasa la Luna de Miel en una roulotte en medio del campo, empieza a notar cosas raras en cuanto ella asegura que hay alguien que la mira desde algún rincón oculto del bosque.

Pese a que en el primer vistazo uno pueda sentirse animado a considerarla como un cruce aberrante entre los mejores planos de El graduado (Mike Nichols, 1967) y la banda sonora de Love Story (Erich Segal, 1970) lo cierto es que Morbo regala interesantes aportaciones al cine de la época, y no nos referimos a los slips hiperceñidos de Víctor Manuel, sino a ese punto de vista de personaje que duda de su propia cordura, pero que siente claramente la presencia del voyeur

Por último, el gran clásico del cine sobre fotógrafos, modelos y estilazo London-swing: Blow-up (Michelangelo Antonioni, 1966) la versión libre y variable del cuento de Cortázar “Las babas del Diablo”, en la que un hombre capta con su cámara algo que, a vista natural y con ojos naturales, no se había percibido. Es por tanto la historia de aquello que se observa.

Blow-up sirvió para que el mundo apreciara un poco mejor la belleza de Jane Birkin y para dejar pensando en materia filosófica a muchos de sus espectadores. Ver o no ver el valor exacto de las cosas, que la realidad se ajusta a las percepciones de cada uno y que lo que el ojo no ve, bien puede registrarlo una inocente cámara de fotos.

El protagonista de Blow-up, toma unas instantáneas de una pareja en un parque y la mujer, al darse cuenta, corre a reclamar el carrete. Más tarde, en el momento del revelado, parece descubrirse la escena de un asesinato, en un segundo plano de esas misma fotografías de la pareja. Mediante la ampliación del detalle (blow-up) el fotógrafo pretende dilucidar si es cierto o no que se trate de un crimen, pero la calidad de la imagen no es buena, debido al grano del analógico (¡qué tiempos!) y la pregunta flota en el aire hasta el desenlace, en una secuencia tan disparatada e inexplicable como original.

Ahora digan pa-ta-ta…

Texto: María López Villarquide