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“Chuck Palahniuk tiene un ejemplar de mi cómic”

Ocho, nueve, diez… ¡Chof! Esta sería la conclusión más lógica si las tiras de Chico Suicida tuvieran un final, pero el personaje, creado por el dibujante Miguel Martínez (Barcelona, 1981), permanece en un vuelo perpetuo que aprovecha para plantearse reflexiones de toda índole y condición. Y lo hace, casi siempre, con humor, por más que haya saltado desde la cornisa de un edificio y esté a punto de esparcir sus sesos a lo largo de toda la calle.

Publicadas originalmente en la revista online Underbrain, estas tiras se recopilan ahora en un libro que incluye abundante material inédito y una colaboración de Juan Manuel López, “Juarma”.

DOZE Magazine: Me inquieta mucho el personaje de tu tira. ¿Quién es el Chico Suicida? ¿Estudia? ¿Trabaja? ¿Tiene novia (o novio)? ¿Familia? ¿Amigos? ¿Aspiraciones en la vida?
Miguel Martínez: La gente que ha leído Chico Suicida siempre me hace las mismas preguntas: ¿quién es?, ¿por qué un heavy? Bueno, pues la verdad es que el personaje de Chico Suicida existe. Se lo debo a mi colega Sebas, que vive en el Barrio Chino de Barcelona. Me inspiré en su físico, su personalidad, su vestimenta…

Y respondiendo a tus preguntas, Chico Suicida es un joven sin mucho futuro. Estudió un FP de administrativo donde tuvo sus primeras peleas de heavies contra pelaos; siempre está en el paro o intercambiando trabajos cutres; es soltero, aunque cuando puede se arrima a alguna chica; es hijo único y no tiene amigos, pero sí muchos colegas, la mayoría de bar. Y aquí es donde está el quid de la cuestión: no tiene más aspiraciones en la vida que tomarse otra birra mientras deja pasar el tiempo.

Ciertamente, es un personaje triste que nunca ha tenido demasiada suerte en la vida, pero no le importa y siempre lleva una sonrisa en la cara.

DM: Y le gusta AC/DC.
MM: Al igual que Sebas, Chico Suicida es un fan incondicional de AC/DC. Yo tengo alma de heavy y también los adoro, pero personalmente prefiero a Black Sabbath y Ozzy. Por cierto, I am Ozzy (confieso que he bebido) es uno de los libros más desternillantes que he leído en los últimos años.

DM: ¿Cómo se te ocurrió el escenario de la tira? Es decir, el protagonista también se podría haber sentado en la vía del tren y esperar a que le aplastara una locomotora…
MM: Llevaba tiempo buscando una situación que me permitiera desarrollar una tira cómica. Quizás alguien chateando, o metido en su coche en mitad de un atasco, o un taxista en plan “tengo debilidad por Taxi driver”… Y al final todo surgió de manera casual: una noche estaba pescando con mi colega, que ya se habría bebido unas doce birras, y sin venir a cuento me soltó que había estado pensando en la muerte y que tenía planeado cómo quería morir: “Si algún día me detectan una enfermedad terminal o algo parecido, he estado pensando que yo siempre he querido hacer paracaidismo, así que la mejor idea sería subir a lo alto de un edificio y saltar”.

De repente empezó a reírse, “jajajaja”, y yo: “¡Cojonudo, vas pedo! Recoge las cañas y vámonos para casa”. A partir de esa noche me puse a perfilar la idea y todo salió bastante rodado. ¡Ya tenía tira!

DM: ¿Qué tipo de reflexiones te puedes plantear en una caída de… no sé, pongamos diez segundos?
MM: Supongo que de cualquier tipo, claro. Imagina que dentro de diez o veinte segundos todo te dará igual: a la mierda la hipoteca, las deudas, los malentendidos con las personas con quien te relacionas, el curro, el imbécil de tu jefe, el mamón de tu vecino… ¡Todo a tomar por saco! ¿Qué puedes hacer entonces? Pues disfrutar del viaje, de las vistas o, como hace Chico Suicida, pensar en las cosas más o menos intracentales que se te pasen por la cabeza, generalmente pequeñas reflexiones sobre lo cotidiano de la vida. Y siempre con buen humor, porque para qué te vas a cabrear si todo es una mierda y apenas te quedan unos segundos.

DM: ¿Por qué una tira? ¿Te apetecía el formato o te lo impuso la revista?
MM: Como te decía, llevaba un tiempo pensando en hacer una tira cómica y me fascinaba el reto planteado por David Lynch en The angriest dog in the world, la tira que dibujó durante un tiempo para un periódico yanqui. El protagonista es un perro paralítico que vive encadenado en un jardín, donde lo único que puede hacer en su miserable vida es oír los lamentos y estupideces varias que van soltando sus amos desde la ventana de la casa. Lynch utilizaba un plano fijo durante las cuatro viñetas en que desarrollaba la tira, incluyendo tan sólo los diálogos y pequeños cambios en el dibujo.

Cuando empecé Chico Suicida quise hacer lo mismo que Lynch, pero simplificándolo a una viñeta. También buscaba un proyecto que no me exigiera varias horas cada día, porque no disponía de mucho tiempo. Trabajando sobre una viñeta sólo tenía que pensar en algo ingenioso, lo que a menudo surgía cuando estaba en el curro, en el metro, con los colegas o viendo las noticias. Aparecía el chascarrillo y corría a apuntarlo, de manera que, cuando llegaba a casa, sólo tenía que pulirlo un poco para sacar el chiste.

Luego comencé a enviar las tiras por email a los colegas y conocidos, y fue así como me plantearon publicar de manera semanal en formato digital.

DM:¿De qué pretendías burlarte, o qué pretendías criticar, en las tiras de ‘Chico Suicida’?
MM: Sobre todo quiero aclarar que nunca he querido hacer apología del suicidio, pero sí pretendía quitarle hierro al asunto. Se puede hacer humor sobre cualquier cosa, incluida la muerte.

Aparte de eso, estaría bien que la gente dejase de mirarse tanto el ombligo y de rasgarse las vestiduras y se tomara la vida un poco menos en serio. Todos tenemos días malos, pero hasta en esos días malos eres capaz de sonreír con cosas tan tontas como ver tropezar a alguien o que un bebé te mire desde su cochecito y te salude. No hay por qué ser trágico.

DM: De los materiales recopilados en el libro, ¿cuánto hay de inédito y cuánto de previamente publicado?
MM: No lo recuerdo con exactitud, pero diría que las inéditas rondan sobre el cuarenta por ciento. Muchas de las viñetas publicadas online estaban relacionadas con temas de actualidad, como cuando hubo huelga de controladores aéreos. Esa semana Chico Suicida salía en su tira riéndose, porque él no necesitaba controlador aéreo para volar. Claro, ese tipo de viñetas no tenían mucho sentido fuera de la noticia, así que algunas se quedaron fuera. En todo caso, la viñeta de los controladores sí salió, ya que en su momento tuvo muy buena acogida y decidí incluirla.

Hice una selección de las que consideraba mejores, ordenándolas de forma más o menos coherente, y metí muchas nuevas o inéditas. Luego busqué un principio y un final, un colofón que cerrara el cómic de alguna forma, y así surgieron el ‘flashforward’ y el ‘flashback’.

DM: ¿Cómo se da la colaboración final de Juarma?
MM: Juarma es puro underground made in Spain.
Le conozco desde hace ya unos años, porque una vez contacté con él para comprarle un fanzine y hacerle una entrevista para un medio digital. Es un tipo genial, muy cercano, y no sólo respondió a todas mis preguntas, sino que me regaló el fanzine y tuvo el detalle de mandarme su parodia de Chico Suicida, lo cual me hizo mucha ilusión. Desde entonces soy un fan incondicional y, cuando tuve la oportunidad de publicar mi propio cómic, no dudé en pedirle permiso para incluir su dibujo.

Le he comprado todo los fanzines que ha ido sacando y últimamente se está superando. Tiene un mundo interior muy rico, lleno de yonquis, ratas, pueblos incendiados y smilies al estilo nazi. Se lo recomiendo a todo el mudo.

DM: ¿Sigues dibujando tiras de ‘Chico suicida’?
MM: Ahora mismo tengo otros proyectos, como por ejemplo llegar a fin de mes. Pero en serio, Chico Suicida quedó aparcado tras la publicación del libro. No descarto recuperarlo en un futuro, porque me ha dado muchas satisfacciones y me ha permitido darme a conocer. ¿Sabes que Chuck Palahniuk tiene un ejemplar de Chico Suicida con traducciones al inglés enganchadas en cada viñeta? Se lo hicieron llegar en una visita que hizo a Barcelona para presentar una de sus novelas.

DM: ¿En qué estas trabajando ahora mismo?
MM: Actualmente colaboro con El cuaderno del Yeti, un fanzine online que estuvo nominado a Mejor Fanzine en el último Salón de Barcelona. De hecho, me parece que ha sido la primera vez que se nomina a una publicación digital, y me enorgullece haber puesto mi granito de arena.

También he estado trabajando en mi primer cómic largo y debo confesar que, después de redibujar unas tres veces las cuarenta primeras páginas, he fracasado. Aún no estoy preparado para afrontar este proyecto y no acabo de estar a gusto con el estilo de dibujo, entre otras cosas. Ahora estoy preparando algo más sencillo para desquitarme, Borderline, una serie de historietas sin ningún nexo de unión y donde la única regla será que se desarrollen en cuatro viñetas a modo de tira cómica. Empezaré a publicarlas dentro de poco en mi página de Facebook

"Borderline"

DM: He podido ver el corto que hiciste con Bouman, 'El misterio del reloj'. ¿Cómo nace ese proyecto?
MM: Todo parte de un concurso que se realiza cada año en el pueblo de Bullas (Murcia). Es un maratón de 24 horas tras el que tienes que presentar un corto relacionado con el tema que desvelan al inicio de la prueba. Ese año el tema era la torre del reloj, así que buscamos en Internet y descubrimos que ese edificio se construyó en Bullas para marcar las horas de vendimia en una época en la que apenas existían relojes de bolsillo.

Rápidamente escribimos un guión; Bouman se encargó de la animación y yo del diseño de los personajes, y el resultado fue un producto con aspecto amateur pero bastante decente, aunque tampoco importaba mucho, porque lo que primaba era la originalidad del guión y no la calidad del dibujo o la animación. No quedó nada mal para ser un corto escrito, dibujado, animado, doblado y presentado en un tiempo límite de 24 horas. Y, para colmo, ganamos el primer premio. ¡Éxito total!

Los garabatos son mi especialidad. La verdad es que no dibujo bien, pero me lo paso genial. Soy el típico tío que dibuja en los bordes del diario lo primero que se le pasa por la cabeza; a menudo mis dibujos se inspiran en gente que conozco y, aunque no se parecen del todo, siempre hay algún detalle que los delata. En mi curro juego a poner tippex encima de las tiras cómicas de los periódicos, cambiándoles el sentido por completo. Todo muy bizarro y bestia. Conmigo, Calvin y Hobbes huyen de un pederasta, mientras que Charly Brown comete fraude fiscal y cosas por el estilo. Muy divertido.

DM: ¿Te interesa el mundo audiovisual? ¿Tienes alguna idea para ese ámbito?
MM: El cine me ha gustado desde pequeño. Mi primera película fue El oso y recuerdo que me marché de la sala fascinado. Luego, con el boom de los videoclubs, aproveché los años siguientes para devorar toda clase de películas y leer todo tipo de libros.

Con 19 años escribí mi primer guión de cine y lo presenté al concurso de una revista. Se titulaba Una familia casi perfecta, contenía partes autobiográficas y pretendía ser una tragicomedia al uso. Como es lógico, no gané el premio; hoy lo leo y me da risa de lo tonto e ingenuo que es. Abandoné toda idea de triunfar como guionista y me dediqué a currar en un taller, a sacarme el carnet de conducir y ese tipo de cosas.

Años más tarde decidí escribir otro guión, porque había encontrado una historia que valía la pena contar: Sangre por sangre, una trama clásica de cine negro a lo Mean streets, con tintes de Romeo y Julieta, ambientada en Barcelona. Lo pulí durante varios meses y quedé muy satisfecho, tanto que ni siquiera lo presenté a un concurso. Me gasté una fortuna en fotocopias, encuaderné quince o veinte copias y me pasé seis meses enviándolo a todas las productoras de cine que conocía.

Con el tiempo empezaron a llegarme las contestaciones, casi siempre del tipo “no es lo que buscamos, pero gracias”. Y también hubo muchas devoluciones, como en el caso de la productora de Almodóvar, El Deseo, que me lo devolvió sin abrir y con una nota que decía: “No aceptamos guiones”. A partir de ahí, me olvidé definitivamente del cine y me centré en los cómics. Tampoco está tan mal. Al fin y al cabo, creo que fue Jean Renoir quien dijo: “El cómic es el cine del pobre”.

Para rodar una escena íntima necesito la colaboración de varias personas, tanto delante como detrás de las cámaras, mientras que para dibujarla me basta con tener papel y lápiz. Rodar una escena de acción me exigiría un presupuesto astronómico, pero para dibujarla sólo requiero papel y lápiz. ¿Pillas por dónde voy? No descarto nada, pero creo que mi futuro está muy ligado al cómic.

Texto: Julio Soria