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“Picoteo aquí y allá para forjar un estilo lo más personal posible”

 

Habla de forma reposada y tranquila, con un aplomo inusual para alguien de su edad. Será cuestión de una madurez impuesta a base de golpes, el resultado de una herencia familiar peliaguda y que le obligó a convertirse en un adulto cuando aún no estaba preparado para asumir las obligaciones que eso conlleva. Hoy, alejado del mundanal ruido en un pueblecito del Pirineo catalán, Arnau Sanz invierte sus días en dibujar fanzines y cómics que desprenden un aroma singular, marcado por estados emocionales que bailan entre el humor, el cinismo, la nostalgia o la ternura.

En una entrevista que se extiende por espacio de dos horas, Sanz (Barcelona, 1984) charla con DOZE Magazine sobre sus múltiples proyectos gráficos y musicales y detalla las características de Tito, un fanzine que ha publicado a través de su propio sello editorial, L’Astronauta Edicions.

DOZE Magazine: ¿Cómo es tu día a día?
Arnau Sanz: Me levanto a las 8.30 y, como trabajo en casa, me pego una ducha y empiezo a dibujar. Ahora mismo estoy haciendo un proyecto de cómic, así que me siento a la mesa y no paro hasta la hora de la comida. A las 15.00 me vuelvo a poner, ya sea para seguir con el cómic o para hacer algún diseño, y a eso de las 19.00 intento dejarlo. Por la mañana estoy muy activo, pero por la tarde me cuesta mantener el mismo ritmo; procuro hacer cosas para las que no necesito tanta concentración, porque la cabeza me empieza a fallar.

DM: ¿Cuánto se parece tu rutina a la de Tito?
AS: El fanzine es bastante autobiográfico, pero yo trabajo más que Tito. El hecho de estar en casa da pie a hacer muchos juegos y coñas, y eso me viene bien a la hora de exagerar determinadas situaciones que no resultan tan graciosas en la vida real.

DM: Y puestos a describir cómo es tu vida en un día normal y corriente, ¿por qué cambiar el nombre del personaje?
AS: "Tito" es un mote cariñoso que me pusieron mis amigos y, de alguna forma, genera más empatía que Arnau, que suena más frío o serio. Y a nivel físico, aunque sea un dibujo muy simple, me parezco bastante al personaje.

DM: ¿Cómo se convierte la rutina en algo que merezca la pena narrar?
AS: Tito lo dibujé sin guión previo; a veces apuntaba algunas ideas, pequeñas cosas que me pasaban y que podían tener cabida en la historia, pero luego improvisaba. Hacía los dibujos sobre la marcha y usando lo menos posible la goma de borrar, porque así conseguía un estilo más inmediato. A su vez, el texto lo escribí de una forma parecida: lo primero que se me ocurría. Creo que a la gente le ha gustado esa manera tan pancha que tengo de hacer las cosas, porque el tebeo se ha vendido muy bien.

El objetivo no era buscar la risa del lector, sino contar anécdotas que a mí me parecían cachondas. Este proyecto me ha servido para oxigenarme, porque normalmente suelo hacer historias dramáticas. Mis primeros fanzines eran escritos y tenían un rollo Bukowski; más tarde empecé a dibujar y, por una cosa o por otra, casi siempre me han salido historias muy duras. De hecho, ahora estoy preparando dos cómics, uno de ellos autobiográfico, que también resultan bastante dramáticos.

DM: ¿Qué tirada habéis hecho de ‘Tito’?
AS: Sacamos 300 ejemplares y ya sólo nos quedan veinte. Siempre he sido un poco raro a la hora de mover mis fanzines, por lo que me limitaba a tiradas de cien o 150 ejemplares. Sin embargo, con Tito decidí sacar más copias y, por otro lado, un amigo que trabaja en La Central me pidió diez ejemplares para ponerlos en la tienda; se vendieron muy bien y me han pedido más copias, que luego han llegado hasta Madrid. No soy nada bueno vendiendo mi trabajo, pero la gente ha respondido de fábula.

DM: Y teniendo en cuenta tu falta de espíritu comercial, ¿cómo te metes en el fregado de montar L’Astronauta Edicions?
AS: Cada año hacía un nuevo fanzine con un nombre distinto: Gorilas, Perro… Eran cositas especiales que luego no volvía a reeditar. Cuando me puse a trabajar en Tito pensé que me gustaría darle un poco más de seriedad a mi trabajo, que todos mis fanzines estuvieran bien editados y ordenados. Lo hablé con mi novia, Helena Matamala, y nos lanzamos a crear la editorial.

DM: Pero no es una editorial uniautoral, sino que también vais a publicar obras de otros artistas, como el Preguntas y respuestas de Aidan Koch.
AS: Empezamos con la idea de publicar mis trabajos, pero luego nos dimos cuenta de que podíamos sacar cosas de otros artistas que nos parecen interesantes. En todo caso, somos una editorial familiar y hacemos tiradas muy pequeñas. En abril publicaremos otro de mis fanzines, Tito va al campo, y uno que ha hecho Helena, Habitar mi cuerpo como si fuera un bosque

DM: Aparte de ese nuevo fanzine, ¿cuáles son los otros dos proyectos de cómic que tienes entre manos?
AS: Uno es La selva negra, que trata sobre un grupo de exploradores atrapados en Siberia; me faltan diez páginas y aún no me he puesto a moverlo. El otro es Albert contra Albert, un cómic sobre mi padre; estoy negociando con una editorial, pero el acuerdo todavía no está cerrado. También tengo Gallopinto, un cuaderno de viaje en el que plasmo mi experiencia dando clases de dibujo en Nicaragua; lo estoy maquetando, pero como siempre sale algún encargo, me resulta difícil sacar tiempo para terminarlo.

DM: En ‘Tito’ has trabajado sin guión. ¿Es algo habitual?
AS: Con mis trabajos suelo hacer nudos de acción: llegan al pueblo, cenan con el jefe, uno se escapa… Me apunto esos detalles, hago un ‘storyboard’ muy sencillo para desarrollar la trama y, cuando la página está terminada, pongo los diálogos; me cuesta hacerme una idea precisa de lo que dicen los personajes hasta que no los veo dibujados.

DM: Más que humor puro y duro, lo tuyo es ironía y sarcasmo.
AS: Pensaba que el humor de Tito era más de mi círculo de amigos, porque tenemos una serie de códigos que todos conocemos y que ya sabemos que funcionan entre determinadas personas. Te ríes con un gesto o una frase, pero esa misma frase, fuera del contexto de nuestro grupo, seguramente no le haga gracia a nadie. Solía ponerme en el lugar de ese tío de Sevilla que no me conoce y que, al leer mis historias, podía pensar: “El Arnau este es gilipollas”.

DM: Es decir, que tiras mucho del mundo que te rodea.
AS: ¡Totalmente! Son las mismas bromas y las mismas paridas que hago con mis colegas. Quería un fanzine que resultara muy inmediato y, en este caso, lo más cómodo era tirar de mi entorno cercano.

DM: Pero también juegas con historias universales, como la de las coletillas que se escapan a tu control o la de equivocarte varias veces a la hora de comprar una tableta de chocolate.
AS: A veces me siento muy torpe. Lo del chocolate me sigue pasando, porque el otro día le compré una tableta a Helena y me volví a confundir. Pero luego resulta que no eres el único, lo cual te quita presión; no dejas de sentirte ridículo cuando pasa, pero como le ocurre a tantísima gente… Te crees muy gracioso y original, cuando en realidad esas mismas situaciones les pasan a muchísimas personas todos los días. La gente también se identifica mucho con lo de tirarte todo el día sin hacer nada: miro el correo, me hago una pajilla, entro en las redes sociales… Luego llega tu chica y te pones en plan: “Buff, todo el día currando sin parar, estoy reventado”. Es algo muy chorra y típico, y por eso a la gente le hace tanta gracia.

DM: ¿Es cierta la historia del ‘holy shitta’?
AS: Es una coletilla que tengo con unos amigos, la típica cosa tonta que de repente se sale de madre. Me he encontrado con personas a las que no conocía de nada y que hacen la misma broma, y un chico estadounidense que vive en Madrid ha realizado una tesis sobre el uso del lenguaje en Tito. Me pasó un pdf de 19 páginas en el que le da un sentido mucho más técnico al ‘holy shitta’ y al sufijo ‘-irrix’, otra broma que tengo con mis amigos.

DM: Las historias basadas en la cotidianidad suelen recurrir a determinados clichés, como dibujar a los tíos de manera muy canónica: guarros, sin tacto, simplones… En ‘Tito’, sin embargo, has huido bastante de esos tópicos.
AS: Me gusta pensar que no he caído en lugares comunes y que mis historias resultan más personales, pero no ha sido premeditado. En realidad, me limitaba a dibujar lo que se me ocurría en cada momento.

DM: ¿A qué responde la ausencia de viñetas?
AS: Me gusta mucho Lewis Trondheim, que ha sido mi influencia básica para hacer Tito. Salvando las distancias, el fanzine tiene un estilo parecido al de Mis circunstancias. Quería olvidarme de las viñetas y dejar que las historias respiraran, y luego he probado otras cosas que me han servido para mejorar, como poner al protagonista siempre en la misma postura.

DM: Tu dibujo resulta muy crudo, sin florituras, y eso encaja muy bien con los relatos cotidianos del fanzine.
AS: Diría que es inmediato, pero, al mismo tiempo, también es muy redondo. Buscaba la mínima expresión del personaje y, si te fijas, lo único que cambia es la posición de la boca. La gente que lee mis historias no emplea mucho tiempo en mirar los dibujos, sino que se centran en los textos.

Soy lector de novela gráfica y de cómic alternativo, donde los dibujos casi siempre son muy sencillos. Con Trondheim, por ejemplo, llega un momento en que te olvidas de la parte gráfica y el peso de la trama recae casi exclusivamente en la historia. Me interesaba hacer algo de consumo rápido, que se pudiera leer de una sentada.

DM: Aparte de Trondheim, ¿qué otros autores te han influido?
AS: He copiado muchísimo a Christophe Blain y también me gusta la paleta de colores que utilizan Philippe Dupuy y Charles Berbérian. A su vez, Gipi me parece el mejor autor de cómic de los últimos diez años. De los americanos siempre me han encantado Daniel Clowes y el Charles Burns de Agujero Negro, al que también he imitado un montón en el tratamiento de la historia y en el uso de la tinta. Picoteo aquí y allá para forjar un estilo lo más personal posible.

DM: ¿Has podido leer ‘Quai d’Orsay’?
AS: Hace dos años estuve en el Festival de Angoulême y aproveché para comprarme el primer tomo, que se acababa de publicar en francés. Me sentí el más chulo del mundo, pero luego, cuando por fin pude echarle un vistazo en el autobús de vuelta a Barcelona, me di cuenta de que era todo diálogo. No me enteré de qué iba la historia hasta que miré en los foros y las redes sociales (risas). En Navidad me regalaron el segundo tomo y me ha parecido un trabajo sobresaliente: me encanta el movimiento, el dinamismo y la expresividad de los personajes. Pero Isaac el pirata es el trabajo que más me gusta de Blain: una historia de aventuras, mayor despliegue de dibujos... Cuando no sé qué hacer, me releo los cinco tomos del tirón.

DM: ‘Tito’ no es ni mucho menos tu primer fanzine.
AS: Antes había escrito Bugwheer’s, Gorilas y Bodega, que eran todos de texto. Un día pensé: “Joder, he estudiado cómic, debería hacer algo dibujado”, y así salió Perro. 

DM: Ese fanzine lo preparaste de cara al Salón de Barcelona de 2012.
AS: Era una manera de obligarme a respetar una fecha de entrega. Muchas veces, al estar encerrado en casa, corres el riesgo de relajarte; al imponerme esos límites, me acostumbro también a un ritmo de trabajo más regular.

DM: ¿Qué tal llevas la soledad del dibujante?
AS: Pues muy bien. A veces me molaría compartir estudio con más gente, pero creo que al final me acabaría perdiendo, porque me pondría a hablar o machacaría a los demás con mi música. Si una canción me gusta, puedo escucharla sin parar durante todo el día, y eso acaba volviendo loco a cualquiera. De vez en cuando, Helena viene y me dice: “¡Quita eso de una vez!”. Me encuentro muy a gusto en casa y no necesito el contacto con más gente para trabajar bien.

DM: Has definido ‘Tito’ como la evolución de ‘Perro’. ¿En qué sentido?
AS: Perro era una prueba y, como todas las pruebas, tiene cosas buenas y cosas malas. Hay partes que no tiran ni hacia un lado ni hacia otro: tiene drama, pero también algo de humor. Tito es un paso más porque tiene un personaje definido, un aire general más sencillo y ligero; al principio también tenía algunas partes más serias o dramáticas, pero luego las quité para darle una mayor homogeneidad.

DM: ¿Hacia dónde te vas a dirigir en ‘Tito va al campo’?
AS: Helena y yo estábamos viviendo en un pueblo de veinte habitantes y quise dibujar un fanzine ambientado en ese paisaje. Me hice un listado de varios puntos que podía tratar en la historia, pero entonces nos tuvimos que volver a Barcelona y, si te digo la verdad, en el fanzine hablo poquísimo del campo y de nuestra experiencia en ese pueblo del Pirineo. No me acuerdo de nada de lo que apunté. Al final va a ser una pequeña broma, porque el título no tiene nada que ver con el contenido.

DM: Como sigas por este camino, Tito se va a terminar pareciendo a Paul, el personaje de Michel Rabagliati.
AS: No sé si tanto, pero sí es verdad que me resulta muy cómodo tener un personaje recurrente. De hecho, en su momento medité la posibilidad de que Perro tuviera brazos y funcionara como una representación de mí mismo, pero luego me recordaba demasiado a Trondheim, cuyo personaje también es un animal.

Al principio empezó como una broma: “Venga, ahora Tito va a la playa, más tarde al campo…”. Sin embargo, me ha quitado mucho peso a la hora de hacer fanzines, porque me permite contar lo que quiero sin tener que preocuparme por el personaje, que es una parte muy importante del proceso. En todo caso, con Tito nunca podría hacer una historia como las de Paul; creo que funciona muy bien para fanzines de unas cincuenta páginas en las que, más allá de unas cuantas anécdotas, no cuento absolutamente nada.

DM: ¿Cómo fue ese viaje a Nicaragua del que más tarde surgiría ‘Gallopinto’?
AS: En 2011 pasamos dos meses en Somotillo, un pequeño pueblo pegado a la frontera con Honduras, y luego estuvimos un mes viajando por Costa Rica y Panamá. Todo fue gracias a Helena. Ella había estado un año antes para dar un taller de cine y se había comprometido a volver; acabábamos de empezar a salir y no queríamos estar dos meses separados, así que me lancé a la piscina.

En Somotillo dábamos clases a niños e intentábamos que desarrollaran su creatividad, porque están muy encasillados en dibujar a Sandino, la bandera y cuatro cosas más. También nos invitaron a extender los talleres a otro pueblo que estaba en mitad de la selva. Íbamos dos veces por semana en una especie de triciclo y, de repente, llegabas a una escuelita con sesenta niños que flipaban al verte: yo tenía una barba importante, los ojos azules, muchísimos tatuajes... Digamos que no están acostumbrados a ver gente así.

Por otro lado, Gallopinto ha sido muy importante porque ahí empecé a definir el estilo que luego he plasmado en Tito. Está prácticamente maquetado y lo he mandado a varias editoriales españolas, pero ninguna ha mostrado interés. Dentro de unos meses lo intentaré mover por Francia, donde sí existe una mayor tradición de cuadernos de viajes.

DM: Pero en España también se están publicando obras de ese estilo, como los libros de Guy Delisle, Alfonso Zapico o Antonia Santolaya.
AS: Y Liniers, que hizo Conejo de viaje. Gallopinto no deja de ser un proyecto que tengo en la recámara y, si algún día suena la flauta, quizás alguna editorial se interese. Está hecho con acuarela y me gusta mucho, pero de momento lo he aparcado todo para centrarme en la historia de mi padre.

DM: ¿Qué puedes avanzar de ese proyecto?
AS: Tendrá unas 150 páginas, que es lo máximo a lo que me he enfrentado, pero tampoco ha sido muy difícil desarrollar la historia, porque se trata de algo muy personal y ya lo tenía en mi cabeza. He vivido todas las situaciones y conozco a todos los personajes, así que no me está costando mucho darle un orden narrativo.

DM: Y respecto a la trama, ya apuntaste algunas pinceladas en 'Perro'…
AS: Mi padre tenía una enfermedad mental y era algo que yo no contaba nunca, pero en Perro decidí hacer una página sobre el tema y fue una sensación muy extraña, porque te estás abriendo a muchas personas que no saben nada de ti. Luego sucedieron una serie de cosas y me animé a dibujar el cómic, algo que antes ni tan siquiera me había planteado.

Siempre he sido muy crítico con la gente que cuenta aspectos personales y que, además, intenta dar pena. No me gusta nada ese rollo de “tengo un hermano que es esquizofrénico, mira qué triste es la situación”. Yo pensaba que tenía una buena historia, pero no quería caer en el “ay, pobrecito”. Con el proyecto de mi padre estoy trabajando mucho para que mi posición sea la de un espectador neutral y que el cómic se lea como una historia que le puede pasar a cualquiera.

DM: A determinada edad, aceptar que tu padre o tu madre tienen una enfermedad mental puede ser un proceso tremendamente complicado.
AS: Te da vergüenza y rabia. La situación de mi padre fue como una película: la forma en que se marchó de casa, los malos momentos que nos hizo pasar… Le tenía mucho rencor. Durante cuatro años estuve viviendo en Málaga, tratando de escapar, pero hace un par de años empecé a salir con Helena y me dijo: “Tu padre es así y, en el momento en que lo aceptes, todo irá mejor”.

En ese momento hice clic, me quité un peso muy grande de encima y decidí hacerle un homenaje a mi padre. Dibujé algunos bocetos y presenté el proyecto a las becas Alhóndiga Cómic y FNAC / Sins Entido; no me dieron ninguna de las dos, pero eso no me desanimó y seguí trabajando en la historia.

DM: ¿Te ha resultado muy difícil?
AS: Más bien raro. No quería cargar el cómic de drama, sino alejarme de ese concepto del hijo que sufre en silencio los problemas de su padre. Parecerá una tontería, pero estuve meses pensando cómo iba a dibujar el tebeo. Quería dar un paso más en mi trabajo, así que abandoné ese estilo tan suelto de mis fanzines anteriores y prescindí de las viñetas; los personajes, por su parte, sólo tienen el borde, líneas de color y un poco de acuarela en las caras. Todo eso me ayudó a separar el trabajo de mi experiencia personal.

Como el dibujo ya no tenía esa carga dramática, sólo quedaba trabajar el texto, y el reto era contar aspectos personales que no me dejaran como el hijo perfecto. Era uno de los grandes riesgos, ponerme como el bueno de la película: yo no estuve siempre ahí ni acepté la situación de buen grado. Quería reflejarme como el niño inmaduro que era y que se vio superado en muchas situaciones.

DM: Las novelas gráficas de enfermedades se han convertido en un género en sí mismo, pero, por lo que comentas, debe haber muchas obras que no te han terminado de convencer.
AS: Hace unos tres años hubo un 'boom' de novelas gráficas sobre enfermedades y parecía que todo el mundo escribía el mismo tipo de historia: el hijo, el tío, el abuelo o la madre que estaba sufriendo más que nadie.

Por otro lado, me parecía interesante dibujar un cómic sobre mi padre desde la perspectiva de mis 28 años, porque la mayoría de tebeos de ese estilo los hace gente más mayor. El arte de volar es cojonudo, pero lo dibujó alguien que tiene la edad de mi padre y seguro que posee más recursos para narrar un tema tan delicado como el suicidio. Lo mismo pasa con Arrugas o con María y yo. Cuando hablas de tu padre y aún no has cumplido treinta años, las emociones son muy distintas a las que puedes sentir cuando tienes cuarenta y mucha más experiencia. Es el choque de la juventud contra una situación que te sobrepasa por completo, en una época en la que, además, tu cabeza está ocupada con muchas otras cuestiones, como por ejemplo buscar trabajo.

DM: Hablemos de recuerdos más agradables: ¿qué ocurrió para que uno de tus dibujos se convirtiera en un sello de correos?
AS: Tengo un amigo que lleva un programa de radio en Sant Joan de les Abadesses, un pueblo cercano al nuestro. Le gustan mucho mis dibujos y me pidió que hiciera un cartel para el I Certamen de Cartas de Amor, un concurso para fomentar que la gente escribiera cartas románticas a mano.

Correos estaba metido en la organización del evento y, como les gustó mi dibujo, decidieron convertirlo en un sello postal. Me hubiera gustado hacer yo mismo la maquetación, pero al margen de eso, me parece cojonudo que alguien pueda mandar una carta con uno de mis dibujos. Es un detalle muy bonito y que jamás me habría imaginado.

DM: En algunos de tus trabajos ( Quién es monstruo, Gallopinto ) recurres a una paleta de colores más amplia, mientras que en otros ( Perro, Tito ) te inclinas por el blanco y negro. ¿A qué responde cada elección?
AS: Básicamente, al dinero. Para que la gente no tenga que pagar mucha pasta, nada mejor que el estilo fanzinero: blanco y negro y para adelante, lo cual permite ajustar el precio todo lo posible.

En el caso de Quién es monstruo tiré de bocetos, sin pensar en lo que estaba haciendo, y me parece que el resultado fue bastante cañero; el uso del color es decidido y creo que eso se nota a la hora de leer la historia. Mucha gente me ha dicho que le ha impactado, que esperaban algo más suave, pero al final quedó algo mucho más directo. Y eso es lo que estoy probando ahora con mis diferentes proyectos. En septiembre sacaré un cómic con Apa Apa y también tiraré por el color, porque en el fondo es lo que más me gusta.

DM: ¿Cómo surge ese trabajo para Apa Apa?
AS: Todo ocurrió el mismo día que anunciaron el ganador del premio FNAC / Sins Entido, que se lo dieron a Sento por un cómic sobre la Guerra Civil. Estaba picado de cojones, porque me había pegado un currazo de la leche y, además, el mío era un proyecto muy personal, sobre mi padre, y por eso duele más cuando no te lo reconocen. Helena, que tiene una forma muy suya de decirme las cosas, me soltó: “Oye tío, igual es que no has deseado ganar el premio con todas tus fuerzas”. Y yo le contesté: “¡No me jodas!”.

Esa misma tarde me escribió Toni Mascaró, el editor de Apa Apa, y después de “felicitarme” por ganar el premio me ofreció la posibilidad de publicar un cómic en la línea Grapa Grapa, que consiste en elegir a dos dibujantes para que cada uno haga 16 páginas del tebeo. Me explicó que sería a medias con Camille Vannier y que el tema era el sexo. Soy bastante tradicional, así que mi primera reacción fue: “A ver qué mierda cuento ahora”.

Entonces me acordé de una historia muy curiosa de un chico de Nicaragua: estuvo en Estados Unidos trabajando, robó un coche y le metieron en la cárcel. Allí compartió celda con lo que él llamaba “una mujer”. El tío no hacía más que hablar de la mujer, que si las piernas, que si los ojos, que si siempre estaban juntos… Yo me imaginaba una historia de amor preciosa… hasta que nos contaron que se trataba de un travesti. La sociedad nicaragüense es muy machista y a los homosexuales los tratan fatal, y tú veías a este hombre, lleno de de marcas de cuchillazos, un tipo peligroso que además tenía muchos hijos, contando cómo se había enamorado de un travesti. Me parecía una historia muy chula para hablar de sexo y, además, me permitía llevármela a mi terreno y alejarme de los tópicos asociados a esta clase de relatos.

DM: Aparte de tus cómics, ilustraciones, carteles y serigrafías, también tienes inquietudes musicales.
AS: He tocado desde que era un chavalín, siempre en grupos de punk o hardcore donde gritaba bastante. Mi última banda se separó hace año y pico y, como tenía mono, me compré una guitarra malísima y una tarde me fui al estudio de grabación de Víctor, nuestro guitarrista. Hice una demo, se la pasé a varios amigos y montamos un grupo indie, Naturalesa Salvatge. Cogimos esos temas, los rehicimos y grabamos un EP. Ahora estamos grabando nuestro primer disco.

DM: Vuestro estilo actual no tiene nada que ver con el punk.
AS: Para nada. De hecho, es algo bastante moñas. Al principio me sentía muy raro, porque a los conciertos venía gente que me había visto pegando gritos y se quedaban extrañados, pero también era un paso adelante para tratar de hacer cosas distintas.

DM: Ya sabes que, en esto de la industria musical, lo de traicionarse a uno mismo puede salir bastante rentable.
AS: Claro, ahora pillaremos una sinfónica como Metallica y… Pero oye, no tenemos ni un solo disco físico y el público está respondiendo de puta madre. Ha sido una sorpresa. Tenía ganas de cambiar, pero no sabía si a la gente le iba a gustar de verdad. Los amigos siempre te dicen que todo es maravilloso, pero su margen de crítica es muy bajo.

Nuestro EP, Una llum infinita, se componía de seis canciones, pero el disco tendrá diez temas nuevos. Ahora estamos empezando a grabar las guitarras y en un par de meses esperamos editarlo.

DM: ¿Autoedición o sello discográfico?
AS: Había un par de sellos, uno de Madrid y otro de Barcelona, que se mostraron interesados. Pero nuestra idea es grabar el disco lo mejor posible, moverlo todo lo que podamos y, si no hay nadie dispuesto a sacarlo, lo editaremos por nuestra cuenta o lo colgaremos en internet para que la gente pueda bajárselo gratis.

DM: Por si no tuvieras suficientes obligaciones, también presentas un programa de radio en una emisora local.
AS: Me lo ofreció Joan, mi amigo de Sant Joan de les Abadesses, y es un programa de música en el que pongo lo que me apetece. El 99 por ciento es indie y pop, pero de vez en cuando meto alguna horterada para hacer la broma. El otro día puse a The Cranberries, que es un grupo que lo petó hace diez años antes de pegar un bajón tremendo. También se me viene a la cabeza Hole, el grupo de Courtney Love.

DM: De Hole molaba 'Celebrity Skin'.
AS: A mí me animaba mucho Malibu. La metí en el programa y a la gente le hizo mucha gracia. Por un lado estás hablando de música actual, grupos de Pitchfork y cosas por el estilo, y de repente metes algo de los ochenta o de los noventa que casi nadie recuerda, grupos y canciones que tuvieron su momento y que nadie ha recuperado.

DM: Como 'My favourite game', de The Cardigans, o 'When I grow up', de Garbage.
AS: O el videoclip de Tonight, tonight, de los Smashing Pumpkins. Los pongo y me imagino a mis amigos: “¡Hostia, ya no me acordaba!”.

DM: Y aprovechando que hablamos de música, también participaste en el diseño del último álbum de Joe Crepúsculo, ‘Baile de magos’.
AS: Otra de esas cosas que ocurren de rebote. Llevaba unos meses que no me salía ni un curro, sólo mis proyectos. Estaba hablando con una amiga fotógrafa, le pregunté si no tenía algún colega que necesitara a un experto en diseño gráfico y me preguntó si quería ayudarle con las tipografías para el disco. Me lo dijeron un viernes y el lunes había que presentar el último proyecto. Me dieron libertad absoluta, lo cual era una presión de cojones.

Me pasaron un 'briefing' y yo pensaba: “¿Qué coño le hago a este tío?”. Además, sólo había escuchado una de sus canciones. Querían algo potente, así que le hice unas letras con un rollo black metal. Me la jugué y el tío compró; de hecho, le gustó tanto que he escrito las letras, los lomos…. Y todo a mano. Ha sido un curro de narices, porque las letras de las canciones son muy largas, pero me lo he pasado muy bien.

Texto: Julio Soria