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Las invasiones bárbaras

Los pueblos de la Antigüedad solían mirar con presunción y sospecha a sus vecinos próximos, por lo que una visita repentina de un pueblo extranjero no se consideraba una situación afectuosa y, menos aun, celebrada. 
Con este título, a parte, no quiero referirme a la película canadiense 'Las invasiones bárbaras', dirigida por Denys Arcand en el año 2003 y donde la pretensión invasora debatía sobre las desavenencias intelectuales de un personaje próximo a la muerte. Aunque con coincidencias, tampoco me refiero al filme del español Fernando Colomo, 'Los años bárbaros', dirigida en 1998 para revelar, de forma ficticia, un hecho real de la historia del pasado siglo XX. Dos largometrajes que entienden, con diferentes sutilezas, las simultáneas acepciones del término barbarie.

Podemos empezar, pues, por aquí: invasiones bárbaras, invasiones germánicas, época de las invasiones o periodo de las grandes migraciones son las distintas denominaciones que la historiografía propone para el periodo histórico comprendido por el éxodo masivo de los pueblos denominados “bárbaros” por el Imperio Romano, que llegaron a invadir grandes extensiones ocupándolas con crueldad, siendo la causa directa de la caída del Imperio de Occidente. Se desarrollaron aproximadamente entre el siglo III y siglo VIII, afectando a la práctica totalidad de Europa y a la cuenca del Mediterráneo, marcando la transición entre la Edad Antigua y la Edad Media -denominada por algunos manuales con el nombre de Antigüedad tardía-. Los clásicos dieron el nombre de “bárbaros” a todos los extranjeros de las regiones fronterizas con el Imperio Romano. Estos pueblos formaban cuatro grupos: el de cultura turco-mongola, como los ávaros y hunos; el de cultura eslava, como los vendas (en el territorio de la actual Polonia); el de cultura irania, los sármatas (entre el Danubio y el Tisza) y los alanos (a orillas del mar Negro); y el de cultura germánica: como los godos, francos, vándalos, burgundios y un largo etcétera.

Suele hablarse de varias fases en esas invasiones, correspondiendo el protagonismo de las primeras a los pueblos germánicos (del siglo III al siglo VI), mientras que las últimas corresponden a los vikingos nórdicos y a los magiares del este, así como a los árabes -protagonistas de la invasión musulmana del siglo VII y VIII, que incorporó a su civilización la ribera sur del Mediterráneo-, acarreando un período de inestabilidad que favoreció la descentralización política del feudalismo.
Durante la decadencia del imperio fueron muchos los pueblos bárbaros o extranjeros que, aprovechando las disidencias internas, se aproximaron a sus fronteras y se establecieron en ellas, presionando de forma permanente para entrar. Los bárbaros lograron penetrar lentamente entre los siglos I y IV, y establecerse en el interior hasta que, finalmente, empujados por otros pueblos, lo hicieron bruscamente.
Los germanos eran indoeuropeos, como los griegos y latinos. En ellos, las aficiones bélicas se muestran muy asimiladas antropológicamente, así como el estatus civil, familiar y político del que había muchos paralelismos con la identidad de estado que existía en Roma.

Precisamente, sin disidencias internas y después de la parrafada contextual, pruebo hacer arqueología de los fenómenos buscando singularidades, agarrando mi pequeño bidón de aluminio lleno de agua fresca, y haciendo excursiones expositivas. Para evitar así insolaciones, deshidrataciones o cualquier pesadumbre producida por la resaca pasajera de la experiencia estética.

Fachada del Centro de las Artes de Sevilla

El Centro de las Artes de Sevilla vuelve a rezumar a través de unos poros de una epidermis artística novel, joven e inédita, como punto de partida a una temporada que se presupone difícil, dadas las circunstancias que nos rodean.
"Que vienen los bárbaros” es el ocurrente título que los comisarios Ignacio Tovar y Sema d'Acosta han elegido para romper una lanza a favor de esos emergentes, y otros no tanto, que desean visibilidad y escribir algún párrafo más a sus lozanos currículos para actuar cómo extranjeros, o bárbaros, de un futuro próximo menos punzante y pulido.

Estos nuevos indómitos que, bajo la batuta del experimentado artista y exdirector del antiguo Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla, Ignacio Tovar, y de esa nueva figura del comisariado andaluz, Sema d'Acosta, invaden silenciosamente uno de los espacios del citado centro, ubicado en el Monasterio de San Clemente y a través de la obra de los artistas Francisco Reina, Celia Macías, Rafael G. Forcada, Manuel León, Ismael Lagares, Rafael López-Bosch, Alejandro Botubol y Simón Arrebola (recientes ganadores de la beca 'Sevilla es talento'), Juan Isaac Silva, Luz Marina Baltasar, Álvaro Escriche, Ana Barriga, Gloria Martín, José Carlos Naranjo, Fran Ramírez, Virginia Herrera, Aurora Perea, Paola Villanueva, Julia Llerena, Sonia Espigares y Jorge Thuillier (ganador del último Premio de Pintura de la Universidad de Sevillla).

Catálogo de "Que vienen los bárbaros"

El nexo, y punto partida, de esta recurrente selección de nuevos talentos, o no tan nuevos, tiene cierto paralelismo con la exposición celebrada en 1985 denominada “Ciudad invadida”, como bien se cita en la hoja de sala y en el catálogo. Una muestra tutelada por el maestro Tovar en el antiguo Museo de Arte Contemporáneo de Sevilla -que, como hemos referido, él mismo dirigía- donde se pudo ver obras de unos jóvenes o, como menciona Félix Machuca para Abc, de unos “párvulos” de la pintura como Miquel Barceló, Moisés Moreno, Salomé del Campo, Rafael Agredano, Curro González, Patricio Cabrera, David Padilla, Abraham Lacalle, Pedro G. Romero, José María Larrondo, María Teresa Morales, Juan Francisco Isidro, Pedro González, Guillermo Paneque y Federico Guzmán.
Esta muestra de arte emergente del momento fue considerada un catalizador del esperanzador potencial de la pintura andaluza y nacional, con un objeto tan divergente como disperso ya que, entre los años 1984 y 1986, Tovar reconoce que se encontró aislado en la soledad del propio museo (ubicado primeramente en el Salón de San Hermenegildo y más tarde en la calle Santo Tomás), lo que le obligó a derrochar la tenacidad necesaria para levantar la pinacoteca de un plausible ostracismo, según palabras de Clara Zamora en el libro “La tradición abstraída: Ignacio Tovar y su obra”.

"El futuro, como tantas otras veces… acaba llegando” es el resto del encabezado que, a modo de titular, subtitula y subraya lo que supuestamente debe pasar. Un lema inspirado en un poema del griego Constantino Petrou Cavafis, extraído de su obra "Esperando a los bárbaros", algunas de cuyas frases han pasado a ser proverbiales y se acumulan en los muchos cajones de sastre de los aforismos más populares.
En ese sentido, el tiempo es una marca imborrable, lineal y fácilmente manipulable y, como el espacio, puede presentarse de una forma poliédrica y reversible sin atenerse al albedrío de nuestras fantasías, aunque la Teoría de Cuerdas intente minimizar, bajo un criterio de demarcación, las grandilocuencias de lo físicamente tangible.

Gloria Martín

Centrándonos en la muestra y en su travesía, observo oscuridad: la ambientación se antoja lúgubre, a pesar de la buena iluminación, expandiendo la anulación del clásico cubo blanco a favor del cubo negro.
Igualmente neutral, la elección del 'no color' por excelencia me invita a recordar esa exposición celebrada en el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM) sobre la obra del metafísico Giorgio de Chirico, en el último suspiro del año 2007, donde también se sustituyó el modus y el orden convencional de las paredes blancas, a favor de una narración espacial que se adaptaba a las pretensiones enigmáticas del recorrido. La única duda que antepongo es simplemente por pragmatismo: no se puede cambiar el discurso, o parte de la forma de un comisariado, porque la institución de turno no tenga dinero para poder pintar las paredes de blanco. El negro no ha sido un objeto deseado y, aunque pueda figurarse como una opción, nos da impresión que deja inconforme saltando la liebre de la complacencia.

Nos encontramos con una selección, menor de 35 años, que se adelanta al futuro -esa edad que el sistema artístico contemporáneo estigmatiza para fragmentar la barrera de la juventud- donde muchos de los artistas convocados se aproximan a este arbitrario límite. Con un montaje muy cuidadoso, las obras de estos 'nuevos talentos' se regocijan bajo el nexo, o binomio, de frescura y expectativa (juventud y futuro) que imprime un éter de disparidad consecuente en este clásico tipo de enfrentamientos, lo que me obliga a pensar en el acto colectivo como algo divisible, rotatorio y no unívoco, donde cada obra habla por sí misma sin atender a las ecuánimes resonancias de la interacción.
Inevitablemente, he de acordarme de la exposición que comisarié en el año 2007 en la Fundación Aparejadores (llamada 'Sturm&drang'), donde los jóvenes reunidos también transpiraban deslumbramiento y fascinación, como tormento y empuje de la dificultades y opacidades artísticas (muchos de ellos, actualmente rondan desaparecidos por algunas partes de Europa, esperando un pródigo regreso), aludiendo a el componente esperanzador desde los prolegómenos del entusiasmo.

Julia Llerena

En otra dirección, delimito mis gustos con cierta neutralidad dejándome sorprender por la carga simbólica de los trabajos propuestos por Virginia Herrera, Francisco Reina o Simón Arrebola, hechos que discurren por un paradero arcano, consolidando las posibilidades que pueden encontrarse a través de la intimidad de la observación, o para que el discurso sea una excusa magnética infalible. En otra dirección, José Carlos Naranjo ofrece una visión urbana y marginal, a modo de súbita instantánea, desde un prisma apócrifo que se expande, de una forma más coherente, en su presente individual envuelta en la Galería Birimbao de Sevilla. Jorge Thuillier también nos ofrece unas bondades pictóricas muy halagüeñas mediante visiones con distinción de superhéroe cinematográfico y, Gloria Martín, consigue que sus atmósferas en bajo contraste hagan que me olvide, durante un instante, de sus recónditos interiores de revista y la perversión escondida en sus casas de muñecas, al ofrecernos una idea de objetos y chismes -o lo oculto del arte- que derivan en una pequeña instalación, como suele ser común en la artista.
Ismael Lagares, Alejandro Botubol y Manuel León siguen hostigando en sus andaduras habituales, como premeditación exclusiva de la maduración de un lenguaje, en cierta manera. El resto de los trabajos de los artistas agremiados esbozan muchas posibilidades, como es el caso de Luz Marina Baltasar, Rafael López-Bosch (que ya ha podido mostrar su trabajo en la Galería Fúcares de Almagro y la Galería Mecánica de Sevilla) o Álvaro Escriche.
El tiempo, los volverá a entrevistar con cronómetro en mano, aunque éste siempre acabe clamando su infinito y repetitivo: “Tic, tac”.

La gesta del bárbaro partía de la supervivencia y del sometimiento y aquí, los púgiles, ni llevan guantes ni espadas de acero, simplemente una visión iluminada para conquistar las contrariedades de un medio que, utópico en los contenidos e irónico en las formas, pronto se olvida de los nuevos profetas. Sabemos que la invención de un espacio autónomo para autogestionar nuestros propios horizontes, como el reloj, suele acabar en un balbuceo como recuerdo o, simplemente, en oscurantismo porque parece que nunca se ha hecho lo suficiente (me acuerdo, forzosamente, no sólo de The Richard Channing Fundation o de La Sala de eStar, también del Espacio Meteora, Zona Franca, Endanza o La Nave Spacial).
Esos obstáculos no dejan de ser, muchas veces, parte del atrezo incómodo que se ha de asimilar y, si es necesario, el uso de una piel camaleónica es altamente recomendable para no acabar escondiendo las lápidas, o modificar los epitafios, de los que se van quedando. Esos que se apartaron para no huir, mientras el pastel de la memoria se lo comían otros al grito de: “El futuro ha pasado, téngalo presente”.

Imagen de portada de Simón Arrebola

Texto: Marcos Fernández
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